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	<title>El rincón de Kyra &#187; Relato</title>
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	<description>Poesía, emociones, deseos y sentimientos</description>
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		<title>Cuando anochece en el parque</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Jan 2010 03:59:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gotico]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Montague Rhodes James]]></category>
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		<description><![CDATA[Era la hora tardía y la noche clara. Me había detenido no lejos del Sheep&#8217;s Bridge, meditando sobre la quietud que tan sólo rompía el murmullo de la presa, cuando sonó encima de mí un aullido trémulo y prolongado que me produjo un sobresalto. Siempre resulta molesto recibir un susto, pero yo siento una gran [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_3065" class="wp-caption alignright" style="width: 386px"><a  href="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2010/01/JohnTucker_blackmoonrising.jpg" class="thickbox no_icon" rel="gallery-3064" title="Cuando anochece en el parque"><img class="size-full wp-image-3065" title="Cuando anochece en el parque" src="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2010/01/JohnTucker_blackmoonrising.jpg" alt="JohnTucker_blackmoonrising" width="376" height="243" /></a><p class="wp-caption-text">Cuando anochece en el parque</p></div>
<p style="text-align: justify;">Era la hora tardía y la noche clara. Me había detenido no lejos del Sheep&#8217;s Bridge, meditando sobre la quietud que tan sólo rompía el murmullo de la presa, cuando sonó encima de mí un aullido trémulo y prolongado que me produjo un sobresalto. Siempre resulta molesto recibir un susto, pero yo siento una gran simpatía por los búhos. Y éste, evidentemente, estaba muy cerca; miré a mi alrededor. Allí estaba, gordo como una pelota, posado sobre una rama, a unos doce pies de altura. Le apunté con mi bastón y le dije:</p>
<p>—Conque has sido tú.<br />
—Baje eso —dijo el búho—. Ya sé que no es más que un bastón, pero no me gusta. Sí, por supuesto, he sido yo. ¿Quién iba a ser, si no?</p>
<p>Figuraos mis exclamaciones de asombro. Bajé el bastón.</p>
<p>—Bueno —dijo el búho—, ¿qué pasa? Si se le ocurre a usted venir aquí en una noche veraniega como ésta, ¿qué espera?<br />
—Pues perdona —dije—, debí haberlo tenido en cuenta. Y permíteme decirte que considero una suerte haberme encontrado contigo esta noche. ¿Te importaría que charláramos un poco?<br />
—Bueno —dijo el búho con desdén—; no tengo nada especial que hacer esta noche. Ya he cenado, y si no prolonga usted demasiado la conversación&#8230;, ¡aahhh!<br />
<span id="more-3064"></span><br />
De pronto soltó un sonoro chillido, batió furiosamente las alas, se inclinó hacia delante, y se agarró con fuerza en la rama donde estaba encaramado sin parar de chillar. Evidentemente, algo tiraba brutalmente de él desde atrás. Pero la fuerza que le atenazaba le soltó de improviso, y estuvo a punto de caerse; luego empezó a aletear, agitando el follaje a su alrededor, y asestó un torpe picotazo a algo que yo no alcanzaba a ver.</p>
<p>—¡Oh!, cuánto lo siento —dijo una leve vocecita en tono solícito—. Estaba convencido de que la tenía suelta. Espero no haberle hecho daño.<br />
—¿Que no me has hecho daño? —dijo el búho con acritud—. ¡Pues claro que me lo has hecho! De sobra sabías, jovencito desaprensivo, que no tenía suelta ésa pluma.<br />
-¡Verás como te coja! No me extraña que me hayas hecho perder el equilibrio. ¿Es que no puedes dejar en paz a una persona dos minutos seguidos sin venirte a ella solapadamente y&#8230;? ¡Bueno, de ésta no pasa! Voy a ir a la comisaría y les voy a decir — se dio cuenta de que estaba hablando al vacío—&#8230; ¿Cómo, dónde te has metido ahora? ¡Ah, lástima!<br />
—¡Válgame Dios! —dije—. Parece que no es la primera vez que se meten contigo de ese modo. ¿Puedo preguntarte qué ha pasado exactamente?<br />
—Claro que puede —dijo el búho, escrutando aún mientras hablaba—, pero tendría que estarle contando hasta finales de la semana que viene: ¡Figúrese, venir a arrancarle a uno las plumas de la cola! Me ha hecho ver las estrellas. ¿Y por qué, quisiera saber? ¡Contésteme! ¿Por qué razón?</p>
<p>Todo lo que se me ocurrió fue murmurar:</p>
<p>—«El búho alborotador aúlla nocturno y se asombra de nuestros espíritus curiosos» —no creí que captara el sentido, pero me contestó con aspereza:<br />
—¡Cómo! Claro, no necesita repetirlo. Ya lo he oído. Y le diré qué es lo que hay en el fondo, y tenga usted en cuenta mis palabras —se inclinó hacia mí y me susurró, haciendo muchos movimientos afirmativos con su cabeza redonda—: ¡Orgullo! ¡Reserva obstinada! ¡Eso es lo que hay! No te acerques a nuestra hermosa reina (esto lo dijo en tono de amargo desprecio). ¡Ah, no, amigo mío!, nosotros no somos lo bastante buenos para el gusto de ellos. Nosotros, que durante tanto tiempo hemos sido los mejores cantores del campo, ¿es cierto o no?<br />
—Bueno —dije yo dubitativamente—, a mí particularmente me encanta escucharte; pero ya sabes, mucha gente prefiere a los tordos y a los ruiseñores y demás; lo has debido de oír por ahí, ¿no? Además, quizá (por supuesto, yo no lo sé), pero como decía, quizá tu estilo de cantar no sea exactamente el más adecuado para acompañar sus danzas, ¿no?<br />
—Confío en que así sea —dijo el búho irguiéndose—. Nuestra familia nunca ha sido muy dada al baile, ni creo que lo llegue a ser jamás, ¡pues qué se ha creído! —prosiguió con creciente mal humor—. Bonita cosa, ponerme yo a canturrear para ellos —calló y miró precavidamente en torno suyo; luego, elevando la voz, prosiguió—: para esas señoritingas y esos señoritingos. Si a ellos no les resulta agradable, le aseguro que a mí tampoco. Y —añadió, de mal humor otra vez— si esperan que yo me quede sin chistar sólo porque bailan y hacen tonterías, se equivocan completamente, y así se lo he dicho.</p>
<p>A juzgar por lo que había pasado antes, me temía que fuera ésta una determinación imprudente, y tenía razón. No había acabado de hacer su último movimiento enfático de cabeza, cuando le cayeron de las ramas de arriba cuatro formas delgadas y menudas, y en un abrir y cerrar de ojos, una especie de soga aprisionó el cuerpo del desdichado pájaro, y fue llevado en dirección al estanque entre ruidosas protestas por su parte. Mientras corría, oí los chapoteos, gorgoteos y chillidos de risas despiadadas. Algo me pasó por encima de la cabeza, y al detenerme a escrutar, junto al borde del estanque, vi que llegaba a la orilla, trabajoso y fuera de sí, un búho desgreñado, el cual, después de detenerse a mis pies, se sacudió y batió las alas y resolló durante varios minutos sin decir nada que yo pueda repetir aquí.</p>
<p>Se me quedó mirando a continuación, y dijo con voz tan cargada de rabia reprimida que me apresuré a retroceder uno o dos pasos:</p>
<p>—¿Ha oído eso? Dicen que lo sienten muchísimo, pero que me habían confundido con un pato. ¡Ah, si no es para hacerle perder a uno la cabeza, y coger y despedazarlo todo en varias millas a la redonda!</p>
<p>Y era tal su apasionamiento en lo que decía que empezó arrancando de un descomunal picotazo un puñado de hierba que, ¡ay!, se le metió en el gaznate, formándole un tapón capaz de reventar una vasija. Pero, tras dominar su paroxismo, se incorporó parpadeando sin aliento, aunque indemne.</p>
<p>Me pareció que debía manifestarle lo mucho que lo lamentaba; sin embargo, no me decidí a ello, pues en su actual estado de ánimo el pájaro es capaz de tomar mis palabras mejor intencionadas por un nuevo insulto. Así que nos estuvimos mirando el uno al otro en silencio durante un espantoso minuto, hasta que surgió algo que nos distrajo. Primero fue la vocecita del reloj del pabellón, luego la voz más profunda de la torre de Lupton, que ahogó la de la torre de Curfew por su proximidad.</p>
<p>—¿Qué es eso? —preguntó el búho de repente con acritud.<br />
—Son las doce de la noche, me parece —dije yo, y consulté mi reloj.<br />
—¿Las doce? —exclamó el búho evidentemente sobresaltado—; ¡y yo aquí, empapado y sin poder volar una yarda! Venga, cójame y póngame en aquel árbol; no, yo treparé por su pierna, será más fácil. ¡Vamos, de prisa!<br />
Obedecí.<br />
—¿En qué árbol?<br />
—¡Hombre, en mi árbol, naturalmente! ¡En aquél! —movió la cabeza en dirección a la tapia.<br />
—De acuerdo, ¿se refiere a ese gris? —dije, echando a correr en aquella dirección.<br />
—¿Y yo qué sé cómo demonios le llaman ustedes? Ese que tiene como una puerta. ¡Corra más! ¡Dentro de un minuto estarán aquí!<br />
—¿Quiénes? ¿Qué ocurre? —pregunté mientras corría, con la mojada criatura entre las manos, y temiendo tropezar a cada momento y caer cuan largo era en la hierba.<br />
—Ya lo verá —dijo el pajarraco egoísta—. Usted sólo tiene que dejarme en el árbol. Eso es lo único que me interesa.</p>
<p>Supongo que así debía ser, porque trepó arañando a toda prisa por el tronco, con las alas extendidas, y desapareció por un agujero sin una palabra de agradecimiento. Miré en torno mío con inquietud. La torre de Curfew aún tocaba la tonada de San David por su tercero y último repiqueteo; pero las demás campanas habían terminado ya de pregonar lo que tenían que decir, y ahora reinaba el silencio, y nuevamente era el «murmullo armonioso de la presa» lo que lo turbaba&#8230;, no, lo que lo subrayaba.</p>
<p>¿Por qué había tenido tanta prisa el búho por meterse en su escondrijo? Naturalmente, eso era lo que me preocupaba ahora. Fuera quien fuese quien iba a venir, estaba seguro de que no me daba tiempo ya a cruzar el campo despejado; sería mejor disimular mi presencia ocultándome en el lado oscuro del árbol. Así que eso es lo que hice.</p>
<p>Todo esto sucedió hace algunos años, antes de los días más calurosos del verano. A veces, cuando la noche es serena, salgo al parque, pero me recojo antes de que den las doce. La verdad es que no me gusta la multitud que pulula cuando se hace de noche&#8230;, como en los fuegos artificiales del cuatro de junio, por ejemplo. Empiezas a ver caras extrañas —bueno, vosotros no; yo—, y los individuos a los que pertenecen esas caras dan vueltas extrañamente a tu alrededor y te rozan el codo cuando menos te lo esperas y se te echan encima para mirarte a los ojos como si anduvieran buscando a alguien&#8230;, y ya puede dar gracias a ese alguien de que no den con él. «¿De dónde salen?» Bueno, unos del agua y otros de la tierra. Al menos, eso es lo que parece. Pero es mejor hacer como que no los veo, y no tocarlos.</p>
<p>Sí; efectivamente, me gustan más los que pueblan el parque de día que los que acuden a él cuando anochece.<br />
<strong><br />
Montague Rhodes James</strong></p>

<div class="sociable">

<ul>
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		<title>El Ahorcamiento de Alfred Wadham</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Dec 2009 13:27:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Le estuve comentando al padre Denys Hanbuky sobre un la gran sesión de espiritismo a la que había asistido. La médium, en trance, había dicho cosas desconocidas para todos salvo para mí y un amigo mío que había muerto recientemente, y que según la médium, estaba presente. Naturalmente, desde el punto de vista científico, el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_3007" class="wp-caption alignright" style="width: 359px"><a  href="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2009/12/ahorcado.jpg" class="thickbox no_icon" rel="gallery-3006" title="El Ahorcamiento de Alfred Wadham"><img class="size-full wp-image-3007" title="El Ahorcamiento de Alfred Wadham" src="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2009/12/ahorcado.jpg" alt="El Ahorcamiento de Alfred Wadham" width="349" height="192" /></a><p class="wp-caption-text">El Ahorcamiento de Alfred Wadham</p></div>
<p style="text-align: justify;">Le estuve comentando al padre Denys Hanbuky sobre un la gran sesión de espiritismo a la que había asistido. La médium, en trance, había dicho cosas desconocidas para todos salvo para mí y un amigo mío que había muerto recientemente, y que según la médium, estaba presente. Naturalmente, desde el punto de vista científico, el único desde el que deberíamos abordar esos fenómenos, esa información no era una prueba de que el espíritu estuviera en contacto con ella, pues aquello ya lo conocía yo, y mediante algún proceso telepático pudo ser comunicado a la médium a través de mi cerebro, y no mediante la intervención del muerto.<br />
<span id="more-3006"></span><br />
Además ella no hablaba con su voz ordinaria, sino con una que se asemejaba a la de mi amigo. Pero yo también conocía su voz; estaba en mi memoria igual que las cosas que ella decía. Por tanto, tal cómo le comenté al padre Denys, había que descartar aquello como una prueba positiva de que la comunicación procedía del otro lado de la muerte.</p>
<p>-La teoría telepática es posible -le dije-, y tenemos que aceptar cualquier explicación conocida que dé cuenta de los hechos antes de concluir que los muertos han regresado y contactado con el mundo material. Aunque la habitación estaba cálida vi que él se estremeció ligeramente, y acercando un poco más la silla al fuego extendió las manos ante las llamas. Qué manos eran aquéllas: hermosas y expresivas, muy semejantes a las manos en oración de Alberto Durero: las llamas brillaban a través de ellas como si lo hicieran a través de un alabastro. Sacudió la cabeza.</p>
<p>-Es peligroso tratar de entrar en comunicación con los muertos. -me dijo- Si parece que entra en contacto con ellos corre el riesgo de establecer la conexión no con ellos, sino con inteligencias terribles y peligrosas. Estudie la telepatía, pues es una de las maravillas de la mente que deberíamos investigar, como cualquier otro secreto de la naturaleza. Pero le he interrumpido: dijo que sucedió algo más. Hábleme de ello.</p>
<p>Yo conocía el credo del padre Denys acerca de esas cosas, y lo deploraba. Tal como su iglesia le exige, sostiene que la relación con los espíritus de los muertos es imposible, y que cuando parece producirse, tal como indudablemente sucede, el investigador está en realidad en contacto con una especie de demonio que está tomando la personalidad del espíritu del muerto. Tal cosa me pareció monstruosa y carente de fundamento, y no he podido descubrir nada en las fuentes reconocidas de la doctrina cristiana que justifique dicho punto de vista.</p>
<p>-Sí, ahora viene lo extraño -proseguí-. Pues hablando todavía con la voz de mi amigo, la médium me dijo algo que al instante creí que era falso. Por tanto no pudo ser transmitido telepáticamente. Cuando la sesión terminó examiné el diario de mi amigo, que me había legado a su muerte. Encontré allí una entrada que demostraba que lo que había dicho la médium era absolutamente cierto. Algo -y no necesito entrar en ello- había sucedido exactamente tal como ella lo había dicho. Aquello no podía haber llegado a la mente de la médium desde mi propia mente, y no existe ninguna fuente en la que yo pueda pensar desde la que ella pudiera obtener ese dato, salvo de mi amigo. ¿Qué dice usted a eso?</p>
<p>-No cambio en absoluto mi posición -me contestó sacudiendo la cabeza-. Esa información, aceptando que no procediera de su mente, lo que ciertamente parece imposible, procedería de algún ser desencarnado. Pero no del espíritu de su amigo: venía de alguna inteligencia maligna y horrible.<br />
-¿Y no es eso pura suposición? -pregunté- Seguramente es mucho más simple decir que, bajo ciertas condiciones, los muertos pueden comunicarse con nosotros. ¿Por qué meter aquí al diablo?<br />
-No es demasiado tarde -contestó mirando el reloj-. A no ser que quiera irse a la cama, concédame su atención durante media hora y trataré de demostrárselo.</p>
<p>El resto de la historia es lo que me contó el padre Denys, y lo que sucedió inmediatamente después.</p>
<p>-Aunque usted no es católico, pienso que estará de acuerdo acerca de una institución que juega un importante papel en nuestro ministerio, me refiero a la confesión, por lo sagrado de ésta y su inviolabilidad. Una alma cargada por el pecado llega a su confesor sabiendo que éste está hablando con aquél que tiene el poder de darnos o retirarnos el perdón, pero que nunca, por razón alguna, repetirá o sugerirá lo que se le ha contado. Si existiera la más ligera posibilidad de que la confesión del penitente se diera a conocer a algún otro, salvo al propio penitente, con propósitos de expiación o de deshacer algún error, nadie se confesaría nunca. La iglesia perdería el más importante baluarte que posee sobre las almas de los hombres, y las almas de los hombres perderían ese consuelo inestimable de saber (no simplemente de esperar, sino saber) que sus pecados les han sido perdonados.</p>
<p>Evidentemente el sacerdote puede no dar la absolución si no está convencido de hallarse frente a un penitente auténtico, y antes de darla insistirá en que el penitente repare, en la medida en la que le sea posible, el mal que ha hecho. Si se ha beneficiado de su deshonestidad, deberá hacer el bien: cualquiera que sea el crimen que haya cometido deberá garantizar que su arrepentimiento es sincero. Pero imagino que aceptará que en ningún caso puede el sacerdote repetir lo que se le ha dicho con independencia de cuáles puedan ser las consecuencias de su silencio. Aunque repitiéndolas pudiera corregir o evitar un mal horrible, le sería imposible. Lo que ha oído lo ha oído bajo el sello de la confesión, y con respecto a lo sagrado de éste no hay argumentación concebible.</p>
<p>-Es posible imaginar qué terribles consecuencias resultan de ello. -intervine- Pero lo acepto.<br />
-Ya antes de ahora se han producido consecuencias terribles. -prosiguió- Pero no afectan al principio. Y ahora voy a hablarle de una confesión que me hicieron en una ocasión.<br />
-Pero ¿cómo va a hacerlo? Eso es imposible.<br />
-Por una determinada razón a la que llegaremos más adelante, comprobará que ese secreto ya no me incumbe a mí. Pero no es ésa la clave de mi historia: sino la de advertirle sobre los intentos de establecer comunicación con los muertos. Parecen llegar a nosotros, a través de ellos, signos y muestras, voces y apariciones: pero ¿quién los envía? Se dará cuenta de a qué me refiero.</p>
<p>Me puse cómodo para disponerme a escucharle.</p>
<p>-Probablemente no recordará con claridad, o no recordará en absoluto, un asesinato cometido hace un año, en el que encontró la muerte un hombre llamado Gerald Selfe. No había allí ningún misterio, ni accesorios románticos, y no despertó el interés del público. Selfe era un hombre de vida licenciosa, pero mantenía una posición respetable y habría sido desastroso para él que llegaran a ser conocidas sus irregularidades privadas. Antes de su muerte, durante algún tiempo, estaba recibiendo cartas de chantaje referidas a sus relaciones con una determinada mujer casada, y correctamente había puesto el asunto en manos de la policía. La policía había seguido determinadas pistas, y la tarde anterior a la muerte de Selfe uno de los oficiales del Departamento de Investigación Criminal le había escrito que todo indicaba que el culpable era su criado personal, quien desde luego conocía la intriga.</p>
<p>Era un hombre joven llamado Alfred Wadham: hacía relativamente poco que había entrado al servicio de Selfe, y su historia pasada era de lo más indeseable. Le habían preparado una trampa, de la que se incluían los detalles, y sugerían que Selfe se la mostrará, y consiguió hacerlo en una o dos horas. Esa información y esas instrucciones se transmitieron en una carta que tras la muerte de Selfe se encontró en un cajón de su mesa de escritorio, cuya cerradura había intentado ser forzada. Sólo Wadham y su amo dormían en el piso; todas las mañanas venía una mujer para preparar el desayuno y hacer la limpieza de la casa, pues Selfe almorzaba y cenaba en su Club o en el restaurante que había en la planta baja de ese edificio de apartamentos, y allí es donde cenó aquella noche. Cuando la mujer llegó a la mañana siguiente, encontró abierta la puerta exterior del piso, y a Selfe muerto sobre el suelo de la sala de estar, con la garganta cortada. Wadham había desaparecido, pero en el cubo del agua de su dormitorio había agua teñida de sangre humana. Fue apresado dos días después y prestó testimonio en el juicio. Según su historia sospechaba haber caído en una trampa, y mientras el señor Selfe cenaba buscó en sus cajones y encontró la carta enviada por la policía, que demostraba que así era. Decidió por ello fugarse y abandonó el piso aquella noche antes de que su amo regresara de cenar.</p>
<p>Como estaba en el banquillo de los acusados, fue sometido desde luego a un interrogatorio y se contradijo. Además estaban las pruebas de su habitación, y el motivo del crimen resultaba bastante claro. Tras una deliberación muy larga el jurado le encontró culpable y fue sentenciado a muerte. La apelación posterior fue rechazada.</p>
<p>Wadham era católico, y como mi puesto me lleva a ser ministro de los prisioneros católicos que hay en la cárcel en la que se encontraba él bajo sentencia de muerte, sostuvimos varias conversaciones y le rogué, por el bien de su alma inmortal, que confesara. Pero aunque deseaba confesar otras malas acciones, algunas de las cuales eran difíciles de transmitir, mantuvo su inocencia con respecto a esa acusación. Nada le conmovía, y aunque se arrepentía sinceramente de otros malos actos, me juró que el relato que contó en el tribunal era cierto, a pesar de las contradicciones en las que se había visto envuelto, y que si le ahorcaban moriría injustamente. Hasta la última tarde de su vida, en la que me senté con él durante dos horas, rogándole y suplicándole, se aferró a eso. Resultaba curioso que lo hiciera a menos de que realmente fuera inocente, si pensamos que de buena voluntad rebuscaba en su corazón para confesar otras graves perversidades; cuanto más pensaba en ello, más inexplicable me resultaba, y durante aquella tarde las dudas con respecto a su culpa empezaron a crecer en mí. Era un pensamiento terrible, pues él había vivido en el pecado y el error, y al día siguiente su vida se rompería como un bastón quebrado. Tenía que acudir de nuevo a la prisión antes de las seis de la mañana, y debía decidir si le daría los sacramentos. Si acudía a su muerte culpable de asesinato, pero negándose a confesar, no tenía yo derecho a dárselo, pero si era inocente, el negarle ese derecho era tan terrible como cualquier violación de la justicia. Al salir sostuve unas palabras con uno de los celadores, lo que me hizo dudar todavía más.</p>
<p>-¿Qué opina de Wadham? -pregunté.<br />
Se apartó para dejar pasar a un hombre que le hizo una señal de reconocimiento. De alguna manera supe que era el verdugo.<br />
-No me gusta pensar en ello, señor. -me respondió- Sé que fue considerado culpable, y que su apelación fue rechazada. Pero si me pregunta si creo que es un asesino, pues no, no lo creo.</p>
<p>Pasé a solas la noche: hacia las diez estaba a punto de irme a la cama cuando me dijeron que abajo estaba un hombre llamado Horace Kennion que quería verme. Era católico, y aunque había tenido amistad con él en otro tiempo, habían llegado a mi conocimiento determinadas cosas que me imposibilitaban tener más relación con él, y tuve que decírselo así. Era perverso&#8230; oh, no me mal interprete; todos cometemos perversiones constantemente; la vida de cada uno de nosotros es un tejido de malos actos, pero de todos los hombres que he conocido sólo él me pareció que amaba la perversidad por sí misma. Dije que no podía verle, pero volvieron con el mensaje de que su necesidad era urgente, y entonces subió. Me dijo que quería confesar no al día siguiente, sino en ese momento, y que su confesor estaba fuera. Como sacerdote no podía resistirme a esa petición. Y confesó que había asesinado a Gerald Selfe.</p>
<p>Pensé por un momento que se trataba de alguna broma, pero juró que estaba diciendo la verdad, y todavía bajo el secreto de confesión me hizo un relato detallado. Aquella noche había cenado con Selfe, y después había subido al piso de éste para jugar una partida de piquet. Con una sonrisa, Selfe le dijo que al día siguiente iba a atrapar a su criado por chantaje. Le dijo las siguientes palabras: Hoy es un hombre joven, guapo y activo, quizás mañana a esta hora haya perdido un poco de color. Tocó la campanilla para que viniera el criado a poner la mesa de juego, pero luego vio que ya estaba preparada y se olvidó de que no habían respondido a la llamada. Jugaron puntos altos y los dos bebieron mucho. Selfe perdió una partida tras otra y acabó acusando a Kennion de hacer trampas. palabras subieron de tono y acabaron en golpes, y Kennion, tras varios golpes y caídas, cogió un cuchillo de la mesa y le cortó a Selfe la yugular y la arteria carótida de la garganta.</p>
<p>A los pocos minutos había muerto desangrado&#8230; Kennion recordó entonces que nadie había contestado a la llamada, y sigilosamente fue hasta la habitación de Wadham. La encontró vacía; también estaban vacías las otras habitaciones del piso. De haber habido alguien allí, su idea era la de decir que acababa de subir por invitación de Selfe y le había encontrado muerto. Pero aquello era mejor todavía: sólo tenía unas manchas de sangre y las lavó en la habitación de Wadham, vaciando el agua en el cubo. Después, dejando abierta la puerta del piso, bajó las escaleras y se marchó.</p>
<p>Me contó eso con pocas frases, tal como se lo he contado a usted, y me miró con rostro sonriente.</p>
<p>-¿Qué hay que hacer ahora, venerable padre? -preguntó alegremente.<br />
-¡Ah, gracias a Dios que ha confesado! -dije- Todavía estamos a tiempo de salvar a un inocente. Debe entregarse a la policía enseguida.</p>
<p>Incluso mientras le decía eso, sentí la duda en mi corazón. El se levantó limpiándose las rodillas de los pantalones.<br />
-Qué idea tan pintoresca. No hay nada tan lejos de mi pensamiento. -dijo.<br />
Me puse en pie de un salto y añadí:<br />
-Entonces iré yo mismo.<br />
Ante eso él se echó a reír:<br />
-Oh no, no lo hará. ¿Qué me dice del secreto de confesión? Ciertamente creo que es un pecado mortal incluso que un sacerdote piense en violar ese secreto. Realmente me avergüenzo de usted, mi querido Denys. ¡Es usted un malvado! Aunque quizás fuera sólo una broma, y no pensara hacerlo.<br />
-Claro que pensaba hacerlo. Ya verá si lo pensaba o no. -Pero incluso mientras estaba hablando sabía que no iba a hacerlo- Todo está permitido para salvar de la muerte a un hombre inocente.</p>
<p>Él se echó a reír de nuevo.<br />
-Perdóneme: sabe perfectamente bien que no es así. En nuestra creencia hay una cosa que es peor que la muerte, y es la condenación del alma. Usted no tiene ninguna intención de condenar la suya. Yo no corría ningún riesgo cuando me confesé.<br />
-Pero si no salva a ese hombre será un asesinato -dije.<br />
-Oh, ciertamente, pero ya tengo un asesinato en mi conciencia. Uno se acostumbra a eso rápidamente. Y habiéndome acostumbrado, otro asesinato no parece importar mucho. Pobre Wadham: mañana, ¿no es así? No estoy seguro de que no sea una especie de justicia por aproximación. El chantaje es un delito repelente.</p>
<p>Fui al teléfono y lo sostuve en la mano.</p>
<p>-Realmente esto es de lo más interesante. -dijo él- Walton Street es la comisaría de policía más cercana. Ni siquiera necesita decir el número; simplemente diga comisaría de Walton Street. Pero no puede hacerlo. No puede decir que ahora está acompañado de un hombre, Horace Kennion, que ha confesado que asesinó a Selfe. Entonces, ¿a qué viene ese farol? Además, aunque usted pudiera hacerlo, a mí me bastaría con decir que no he hecho nada semejante. Su palabra, la palabra de un sacerdote que ha roto el voto más sagrado, contra la mía. ¡Absurdo!</p>
<p>-Kennion, por el amor de Dios y por el miedo al infierno: ¡entregúese! ¿Qué importancia tiene que usted o yo vivamos algunos años menos, si al final pasamos al vasto infinito con nuestros pecados confesos y perdonados? Día y noche rezaré por usted.<br />
-Qué amable por su parte. Pero ahora no tengo duda de que dará a Wadham la plena absolución. Así que&#8230; ¿qué importa si es él el que entra en el&#8230; en el vasto infinito a las ocho en punto de mañana por la mañana?<br />
-Entonces, ¿por qué me lo confesó, si no tenía intención de salvarle y expiar su pecado?<br />
-Bueno, no hace mucho tiempo usted fue muy desagradable conmigo. Usted me dijo que ningún hombre decente podría asociarse conmigo. Así que de repente, hoy, se me ocurrió que sería agradable verle en el agujero más horrible. Me atrevo a decir que tengo tendencias sádicas, y que me están permitiendo disfrutar maravillosamente. Como ve, está en una situación atormentadora: preferiría sufrir cualquier agonía física antes de hallarse en esta cámara de tortura del alma. Es maravilloso, me encanta. Se lo agradezco mucho, Denys.</p>
<p>Se levantó.</p>
<p>-Mi taxi está esperando. Sin duda esta noche estará atareado. ¿Puedo dejarle en algún sitio? ¿En Pentonville?</p>
<p>No hay palabras para describir determinadas oscuridades y éxtasis que llegan al alma, y sólo puedo decirle que no puedo imaginar un infierno del remordimiento que pueda igualar al infierno en el que yo me encontraba. Pues en la amargura del remordimiento podemos ver que nuestro sufrimiento es una experiencia necesaria y saludable: sólo mediante él puede limpiarse nuestro pecado. Pero yo me enfrentaba a una tortura vacía y carente de significado&#8230; y entonces mi cerebro se conmocionó y empecé a preguntarme si no podría hacer algo sin romper el secreto de confesión.</p>
<p>Desde mi ventana vi que estaba encendida la luz en la torre del reloj de Westminster: por tanto había allí alguien y me pareció posible que, sin violar el secreto, podría decirle al Secretario de Interior que me habían hecho una confesión por la cual sabía que Wadham era inocente. Me preguntaría detalles que pudiera darle, y podría decirle&#8230; y entonces me di cuenta de que no podía decirle nada: no podía decir que el asesino había subido con Selfe a su habitación, pues mediante esa información podría descubrirse que Kennion había cenado con él. Antes de hacer nada necesitaba consejo y fui a la casa del cardenal, junto a nuestra catedral. Él se había acostado, pues pasaba ya de la media noche, pero respondiendo a la urgencia de mi petición, bajó a verme. Le conté lo que había sucedido sin darle pista alguna, y su veredicto fue el que en mi corazón había anticipado. Ciertamente podía ver al Secretario de Interior y decirle que me habían hecho esa confesión, pero no podía dejar escapar ninguna palabra o indicación que pudiera conducir a la identificación del confeso.</p>
<p>Personalmente no veía que con la información que yo podía dar fuera posible posponer la ejecución.<br />
-Y sea cual sea su sufrimiento, hijo mío -me dijo- esté seguro de que sufre no por haber hecho el mal, sino por haber hecho lo correcto. En la posición en la que se encuentra, su tentación de salvar a un hombre inocente procede del diablo, y también tendrá ese origen toda fuerza a la que invoque para que le ayude a soportarlo.</p>
<p>Vi al Secretario de Interior en sus habitaciones una hora después. Pero a menos que le dijera algo más, y él comprendía que yo no podía hacerlo, no podría hacer nada.</p>
<p>-En el juicio le declararon culpable -me dijo-. Y su apelación fue rechazada. Sin nuevas pruebas, nada puedo hacer.</p>
<p>Se quedó sentado un momento, pensativo, y después se puso en pie de un salto.<br />
-Buen Dios, es fantasmal. Creo verdaderamente, no es necesario que se lo diga, que ha oído usted esa confesión, pero eso no demuestra que sea cierto. ¿No puede ver de nuevo a ese hombre? ¿No puede meter en él el miedo a Dios? Si hasta el momento de caer el telón puede usted hacer algo que me dé una justificación para actuar, ordenaré inmediatamente una suspensión de la pena. Éste es mi número de teléfono: llámeme aquí o a mi casa a cualquier hora.</p>
<p>Estaba de vuelta en la prisión antes de las seis de la mañana. Le dije a Wadham que creía en su inocencia y le di la absolución por todo lo demás. Recibió de mis manos el sagrado sacramento y se dirigió a su muerte sin pestañear.</p>
<p>El padre Denys se detuvo.</p>
<p>-He tardado mucho en llegar al punto de mi relato que concierne a la sesión de espiritismo de la que me habló, pero era necesario que conociera todo esto para poder entender lo que voy a contarle ahora. Afirmé que los mensajes de los muertos no proceden de ellos, sino de algún poder maligno y horrible que los encarna. Usted me respondió, me acuerdo bien, que no entendía la razón de que hubiera que meter al diablo en esto. Le explicaré el motivo.</p>
<p>Cuando todo terminó, cuando la compuerta sobre la que estaba en pie aquel hombre se abrió, y la cuerda crujió, regresé a casa. Era una mañana invernal oscura, apenas iluminada todavía, y a pesar de la escena trágica que acababa de presenciar me sentía sereno y en paz. No pensaba en Kennion en absoluto, sólo en el muchacho que había sufrido injustamente, y aquello me pareció un error lamentable, pero no más. Aquello no le había conmovido, a su alma viva y esencial, era como si hubiera sufrido la expiación sagrada del martirio. Y yo agradecía humildemente haber sido capaz de actuar correctamente, pues si por algún acto mío Kennion estuviera entonces en manos de la policía, y Wadham viviera, yo habría cometido el crimen más terrible que puede cometer un sacerdote.</p>
<p>Había estado en pie toda la noche, y tras decir mis oficios me acosté en el sofá para dormir un poco. Soñé que me encontraba en la celda con Wadham, y que él sabía que tenía yo prueba de su inocencia. Faltaban unos minutos para la hora de su muerte, y en el corredor de losetas de piedra del exterior se oían los pasos de los que venían a por él. Él también los oyó y se puso en pie señalándome.</p>
<p>-Va a permitir que muera un hombre inocente, cuando podría salvarle -me dijo-. No puede consentirlo, padre Denys. ¡Padre Denys! -gritó, y el grito se convirtió en una boqueada, falto de respiración, mientras la puerta se abría.</p>
<p>Desperté sabiendo que lo que me había despertado era mi propio nombre gritado desde algún lugar cercano, y supe de quién era esa voz. Pero estaba solo en mi habitación tranquila y vacía, en la que penetraba el día poco luminoso. Vi que sólo había dormido unos minutos, pero ahora había huido todo deseo o capacidad de dormir, pues en algún lugar junto a mí, invisible pero horriblemente presente, estaba el espíritu del hombre a quien había permitido perecer. Y me llamaba.</p>
<p>Acabé por convencerme de que la voz que me llamó mientras dormía no era más que un sueño, y pasaron varios días con suficiente tranquilidad. Pero un día en el que caminaba por una calle soleada y repleta de gente sentí un cambio claro y terrible en lo que podría denominar la atmósfera psíquica que nos rodea a todos, y mi alma se ennegreció por el miedo y por imágenes malvadas. Y allí estaba Wadham, que venía hacia mí por la acera, elegante y alegre. Me miró y su rostro se convirtió en una máscara de odio. Espero que nos encontremos a menudo, padre Denys, me dijo al pasar.</p>
<p>Al día siguiente regresaba a casa a la hora del crepúsculo y de pronto, al entrar en la habitación, oí el crujido de una cuerda que se tensaba, y su cuerpo, con la cabeza cubierta por la capucha de la muerte, colgaba en la ventana contra el sol poniente. Y a veces, cuando estaba leyendo mis libros, la puerta se abría y cerraba, y yo sabía que él estaba allí. Ni la aparición ni sus signos eran frecuentes quizás porque mi resistencia se había fortalecido al saber que tenía un origen diabólico. Pero sucedía con largos intervalos cuando había bajado la guardia, pensando que lo había vencido, y entonces sentía a veces que mi fe se tambaleaba. Siempre era precedida por esa sensación de poder maligno que bajaba sobre mí, y rápidamente buscaba el abrigo de la elevada casa de defensa. Pero este último domingo&#8230;</p>
<p>Se detuvo y se tapó los ojos con las manos, como si quisiera evitar un  espectáculo horrible.</p>
<p>-Llevaba predicando en favor de una de nuestras misiones. La iglesia estaba llena, y no creo que existiera otro pensamiento o deseo en mi alma si no el de potenciar la sagrada causa acerca de la cual estaba hablando. Era el servicio de la mañana y el sol penetraba por las vidrieras brillando con luces de colores. Pero en medio del sermón se elevó un banco de nubes, y con él la advertencia horrible de que se aproximaba una tempestad del mal. Se puso tan oscuro que cuando llegaba al final del sermón tuvieron que encender las luces de la iglesia, que así se llenó de brillo. Había una lámpara en la mesa del pulpito sobre la que había colocado mis notas, y al encenderse iluminó plenamente el banco que tenía justo debajo. Y allí estaba Wadham sentado, con la cabeza alzada hacia mí, el rostro morado, los ojos saltones y el nudo corredizo alrededor del cuello.</p>
<p>Mi voz me falló un segundo y me aferré a la barandilla del pulpito mientras él me miraba fijamente, y yo a él. Me rodeó un horror del espíritu, negro como la noche eterna de los perdidos, pues le había permitido que, inocente, fuera hacia su muerte, y mi castigo era justo&#8230; y entonces, como una estrella que brillara a través de una piadosa hendidura en aquella tormenta anímica, brotó otra vez el rayo de la convicción de que yo, como sacerdote, no podía haber actuado de otra manera, y se acompañó del conocimiento seguro de que esa aparición no podía venir de Dios, sino del diablo, y había de resistirme a ella y desafiarla lo mismo que desafiamos con desprecio las tentaciones dulces e insidiosas. No podía ser el espíritu del hombre lo que estaba mirando, sino alguna falsificación diabólica.</p>
<p>Volví a posar mi mirada en las notas y seguí con el sermón, pues sólo eso me interesaba. Aquella pausa me había parecido eterna: tenía la cualidad de lo intemporal, pero después me enteré de que apenas había resultado perceptible. Y en mi propio corazón supe que no era un castigo lo que estaba sufriendo, sino el fortalecimiento de una fe que había vacilado.</p>
<p>Interrumpió de pronto su historia. Fijó los ojos en la puerta y no fue una mirada de miedo lo que brotó en ellos, sino de salvaje e implacable antagonismo.</p>
<p>-Se acerca -me dijo-. Y si ahora escucha o ve algo, desprécielo, pues es maligno.</p>
<p>La puerta se abrió y se cerró, y aunque no entró nada que fuera visible, supe que había ahora en la habitación una inteligencia viva distinta de mí y del padre Denys; y afectó a mi propio ser de la misma manera que un olor horrible a putrefacción nos afecta físicamente: mi alma sintió náuseas. Después, todavía sin ver nada, percibí que la habitación, hasta entonces cálida y confortable, con un fuego vivo de carbón en la rejilla, se estaba quedando fría, y que algún eclipse extraño estaba velando la luz. Cerca de mí, sobre la mesa, había una lámpara eléctrica: la sombra de ésta se agitó en la corriente helada que se movió en el aire, y el alambre luminoso dejó de ser incandescente, tornándose rojizo y oscuro como las ascuas sobre la rejilla. Escruté la semioscuridad, pero ninguna forma material se manifestó en ella.</p>
<p>El padre Denys estaba sentado muy erguido en su silla, con los ojos fijos y concentrados en algo que para mi era invisible. Sus labios se movían y murmuraban y con las manos aferraba el crucifijo que colgaba sobre su pecho. Entonces vi lo que sabía que él estaba viendo también: un rostro que se perfilaba en el aire delante de él, un rostro hinchado y morado, con la lengua colgando desde la boca, ahorcado allí y agitándose a un lado y a otro.</p>
<p>Fue haciéndose más y más claro, suspendido por la cuerda que ahora se me hizo visible, y aunque era la aparición de un hombre colgado por el cuello, éste no estaba muerto, sino vivo y activo, y el espíritu que lo animaba no era humano, sino algo diabólico.<br />
De pronto el padre Denys se puso en pie y acercó el rostro a cuatro o cinco centímetros del horror suspendido.<br />
Alzó las manos llevando en ellas el sagrado emblema.</p>
<p>-Regresa a tu tormento hasta que los tiempos de éste hayan terminado y la piedad de Dios te conceda la muerte eterna -gritó.</p>
<p>Brotó en el aire una lamentación, mientras una corriente sacudía la habitación estremeciendo sus esquinas, y entonces regresaron la luz y el calor y allí no estábamos más que nosotros dos. El rostro del padre Denys estaba ojeroso y sudoroso por la lucha que había experimentado, pero brillaba en él una radiación como no había visto nunca en un semblante humano.</p>
<p>-Ha terminado -dijo-. Le he visto marchitarse y secarse ante el poder de Su presencia&#8230; y sus ojos me dicen que también usted lo vio, y que sabe ahora que lo que se presentaba con el semblante de la humanidad era puramente maligno. Apenas sí hablamos un poco más, y se levantó para irse.</p>
<p>-Ah, me olvidaba -dijo-. Querrá saber por qué he podido revelarle lo que se me contó en confesión. Horace Kennion se suicidó aquella misma mañana. Había dejado a su abogado un paquete que había que abrir a su muerte, con instrucciones de que se publicara en la prensa diaria. Lo leí en un periódico de la tarde y era un relato detallado de cómo había matado a Gerald Selfe. Deseaba que se le diera toda la publicidad posible.</p>
<p>-Pero ¿por qué? -pregunté.<br />
-Imagino que se glorificaba en su perversidad -contestó el padre Denys tras una pausa-. La amaba por sí misma, tal como le había dicho, y quería que todo el mundo la conociera en cuanto él se hubiera ido y estuviera a salvo.</p>
<p><strong>E.F. Benson</strong></p>

<div class="sociable">

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		<pubDate>Fri, 06 Nov 2009 04:08:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gotico]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Al final del callejon]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[Rudyard Kipling]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuatro hombres, cada uno con derecho «a la vida, a la libertad y a la conquista del bienestar», jugaban al whist sentados a una mesa. El termómetro señalaba –para ellos– ciento un grados de temperatura. La habitación estaba tan oscurecida que apenas era posible distinguir los puntos de las cartas y las pálidas caras de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_2746" class="wp-caption alignright" style="width: 320px"><a  href="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2009/11/CALLEJON-OSCURO.jpg" class="thickbox no_icon" rel="gallery-2745" title="Al final del callejon"><img class="size-full wp-image-2746 " title="Al final del callejon" src="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2009/11/CALLEJON-OSCURO.jpg" alt="CALLEJON OSCURO" width="310" height="400" /></a><p class="wp-caption-text">Al final del callejon</p></div>
<p style="text-align: justify;">Cuatro hombres, cada uno con derecho «a la vida, a la libertad y a la conquista del bienestar», jugaban al whist sentados a una mesa. El termómetro señalaba –para ellos– ciento un grados de temperatura. La habitación estaba tan oscurecida que apenas era posible distinguir los puntos de las cartas y las pálidas caras de los jugadores. Un punkah viejo, roto, de calicó blanco, removía el aire caliente y chirriaba, lúgubre, a cada movimiento.</p>
<p>Fuera reinaba la lobreguez de un día londinense de noviembre. No había cielo ni sol ni horizonte: nada que no fuese una calina marrón y púrpura. Era como si la tierra se estuviese muriendo de apoplejía. De vez en cuando, del suelo se alzaban nubes de polvo rojizo, sin viento ni advertencia, que, como si fueran manteles, se lanzaban sobre las copas de los árboles resecos para bajar después. Entonces un polvo demoníaco y arremolinado se precipitaba por la llanura a lo largo de un par de millas, se quebraba y caía, aún cuando nada había que le impidiese volar, excepto una larga hilera de traviesas de ferrocarril blanqueadas por el polvo, un racimo de cabañas de adobe, raíles condenados y lonas, y un único bunalow bajo, de cuatro habitaciones, que pertenecía al ingeniero ayudante a cargo de la sección de la línea del estado de Gaudhari, por entonces en construcción. Los cuatro, desnudos bajo sus pijamas ligerísimos, jugaban al whist con mal talante, discutiendo acerca de quién era mano y quién devolvía. No era un whist óptimo, pero se habían tomado cierto trabajo para llegar hasta allí. Mottram, del Servicio Indio de Topografía, desde la noche anterior, había cabalgado treinta millas y recorrido en tren otras cien más desde su puesto solitario en el desierto; Lowndes, del Servicio Civil, que llevaba a cabo una tarea especial en el departamento político, había logrado escapar por un instante de las intrigas miserables de un estado nativo empobrecido, cuyo soberano ya adulaba, ya vociferaba para obtener más dinero que el aportado por los lamentables tributos de labriegos exprimidos y criadores de camellos desesperados; Spurtstow, el médico del ferrocarril, había dejado que un campamento de culis azotado por el cólera se cuidara por sí mismo durante cuarenta y ocho horas mientras él, una vez más, se unía a los blancos. Hummil, el ingeniero ayudante, era el anfitrión. No se arredraba y recibía a su amigos cada sábado, si podía acudir.<br />
<span id="more-2745"></span><br />
Cuando uno de ellos no lograba llegar, el ingeniero enviaba un telegrama a su última dirección, a fin de saber si el ausente estaba muerto o con vida. Hay muchos lugares en Oriente donde no es bueno ni considerado permitir que tus amistades se pierdan de vista ni aún durante una breve semana. Los jugadores no tenían conciencia de que existiese un especial afecto mutuo. Discutían en cuanto estaban juntos, pero experimentaban un deseo ardiente de verse, tal como los hombres que no tiene agua desean beber. Eran personas solitarias que conocían el significado terrible de la soledad. Todos tenían menos de treinta años: una edad demasiado temprana para que un hombre posea ese conocimiento.</p>
<p>–¿Pilsener? -dijo Spurstow, después de la segunda mano, secándose la frente.<br />
–No queda cerveza, lo siento, y apenas si hay soda para esta noche –dijo Hummil<br />
–¡Qué organización tan lamentable! rezongó Spurstow.<br />
–No tiene remedio. He escrito y telegrafiado, pero los trenes todavía no llegan con regularidad. La semana pasada se acabó el hielo, como bien lo sabe Lowndes.<br />
–Me alegra no haber venido. Sin embargo, podría haberte enviado un poco, si lo hubiese sabido. ¡Uf! Hace demasiado calor para estar jugando tan poco científicamente –dijo eso con una expresión de burla salvaje contra Lowndes, que sólo rió. Era difícil agraviarle. Mottran se apartó de la mesa y echó una mirada por una hendija del postigo.<br />
–¡Qué día tan bonito! –dijo.</p>
<p>Sus compañeros bostezaron todos a la vez y se dedicaron a una investigación sin objetivo de todas las posesiones de Hummil: armas, novelas viejas, guarniciones, espuelas y cosas similares. Las habían manoseado docenas de veces antes, pero por cierto que no había nada más que hacer.</p>
<p>–¿Has recibido algo nuevo? –dijo Lowndes.<br />
–La Gazette of India de la semana pasada y un recorte de un periódico inglés. Mi padre me lo ha enviado; es bastante divertido.<br />
–Otra vez uno de esos remilgados que se llaman a sí mismos miembros del Parlamento, ¿verdad? –dijo Spurstow que leía los periódicos cuando podía conseguirlos.<br />
-Sí. Escuchad esto. Se refiere a tu zona, Lowndes. El hombre estaba diciendo un discurso a sus votantes y exageró. Aquí hay un ejemplo: «Y afirmo sin vacilaciones que la Administración en India es la reserva, la más preciada de las reservas, de la aristocracia inglesa. ¿Qué obtiene la democracia, qué obtienen las masas, de ese país que, paso a paso, nos hemos anexado de modo fraudulento?. Yo respondo: nada, absolutamente nada. Es cultivado por los vástagos de la aristocracia con el ojo puesto tan sólo en sus propios intereses. Ellos se toman buen trabajo para mantener su espléndida escala de ingresos, para evitar o sofocar cualquier investigación sobre la índole y el comportamiento de sus administraciones, en tanto que ellos mismos obligan al labriego desgraciado a pagar con el sudor de su frente todo el lujo en que se sumergen». –Hummil agitó el recorte por encima de su cabeza.<br />
–¡Bravo! ¡Bravo! –dijeron sus oyentes. Entonces Lowndes, meditabundo, dijo:<br />
–Daría&#8230; daría tres meses de mi paga para conseguir que ese caballero pasase un mes conmigo y viera cómo hace las cosas un príncipe nativo libre e independiente. El viejo Timbersides––ése era el apelativo irrespetuoso de un honrado y condecorado príncipe feudal– me ha hecho la vida imposible la semana pasada pidiéndome dinero. ¡Por Júpiter! ¡Su última proeza ha sido enviarme a una de sus mujeres como soborno!<br />
–¡Mejor para ti! ¿Aceptastes? –dijo Mottram.<br />
–No, pero ahora pienso que tendría que haberlo hecho. Era una personita muy guapa, que no paró de contarme cuentos sobre la indigencia horrible que hay entre las mujeres del rey. Esos encantos hace casi un mes que no se compran ningún vestido nuevo, mientras el viejo quiere comprarse una carrindanga nueva en Calcuta, con adornos de plata maciza y faros de plata y chucherías de esa clase. He procurado hacerle entender que ya se ha jugado el desempate con los ingresos de los últimos veinte años y tiene que ir despacio. Es incapaz de comprenderlo.<br />
–Pero tiene las cámaras del tesoro familiar para seguir adelante. Ha de haber por lo menos tres millones en joyas y monedas debajo de su palacio –dijo Hummil. ¡Encuentra tú a un rey nativo que perturbe su tesoro familiar! Los sacerdotes lo prohiben, como no sea a modo de recurso externo. El viejo Timbersides ha sumado algo así como un cuarto de millón al depósito a lo largo de su reinado.<br />
–¿De dónde sale la cosa? –dijo Mottram.<br />
–Del pueblo. La situación de la gente bastaría para ponerte enfermo. He visto recaudadores que esperaban a que una camella lechera pariese su cría para llevarse a la madre como pago por atrasos. ¿Y yo qué puedo hacer? No consigo que los empleados judiciales me entreguen ninguna cuenta; no le arranco más que una sonrisa tonta al comandante en jefe cuando descubro que los soldados no cobran sus pagas desde hace tres meses, y el viejo Timbersides se echa a llorar cuando le hablo. Se ha dado a la bebida como un rey: coñac por whisky y Heidsieck en lugar de soda.<br />
–Lo mismo que toma el Rao de Jubela. Hasta un nativo es incapaz de resistirlo por mucho tiempo –dijo Spurstow–. Se va a morir.<br />
–Y estará bien. Después, me figuro, habrá un consejo de regencia, un tutor del joven príncipe, y se le devolverá su reino con lo acumulado en diez años.<br />
–Con lo cual el joven príncipe, tras haber adquirido todos los vicios de los ingleses, jugará a hacer rebotes en el agua con el dinero, y en dieciocho meses destruirá el trabajo de diez años. Ya he visto esto mismo antes –dijo Spurstow–. Si estuviese en tu lugar, Lowndes, yo manejaría al rey con mano suave. Te odiarán lo bastante en cualquier caso.<br />
–Eso está bien. El hombre que mira de lejos puede hablar de mano suave; pero no puedes limpiar la pocilga con una pluma mojada en agua de rosas. Se cuáles son mis riesgos, aunque nada ha ocurrido aún. Mi sirviente es un viejo patán y me prepara la comida. Es difícil que quieran sobornarle y yo no acepto comestibles de mis verdaderos amigos, como ellos se denominan a sí mismos. ¡Oh, es un trabajo pesado! Más me gustaría estar contigo, Spurstow. Hay caza cerca de tu campamento.<br />
–¿De veras? Creo que no. Unas quince muertes por día no inducen a un hombre a disparar contra otra cosa que no sea él mismo. Y lo peor es que esos pobres diablos te miran como si debieses salvarles. Sabe Dios que lo he intentado todo. Mi última prueba ha sido empírica, pero le salvó la vida a un viejo. Me lo trajeron aparentemente desahuciado, y le di ginebra con salsa de Worcester y cayena. Se curó con eso, pero no lo recomiendo.<br />
–¿Cuál es el tratamiento, en general? –dijo Hummil.<br />
–Muy sencillo, por cierto. Clorodine, un comprimido de opio, clorodine, un colapso, nitrato, ladrillos en los pies y a continuación&#8230; la pira funeraria. Esto último parece ser lo único que termina con el problema. Se trata del cólera negro, ya sabéis. ¡Pobres diablos! Pero he de reconocer que Bunsee Lal, mi boticario, trabaja como un condenado. He recomendado que le asciendan si sale con vida de esto. –– ¿Y qué posibilidades tienes, amigo? –dijo Mottram.<br />
–No lo se ni me importa demasiado; pero ya he enviado la carta. ¿Cómo te va a ti?.<br />
–Sentado ante una mesa en la tienda y escupiendo encima del sexante para enfriarlo –dijo el topógrafo.<br />
-Me lavo los ojos para evitar oftalmías, que sin duda me pillaré, y trato de lograr que un ayudante comprenda que un error de cinco grados en un ángulo no es tan pequeño como parece. Estoy completamente solo, ya sabéis, y así estaré hasta que terminen los calores. Hummil es un hombre de suerte –dijo Lowndes, echándose en una tumbona–. Tiene un techo de verdad–, aunque la lona del techo estaba rasgada, pero aún así era un techo su cabeza. Ve un tren cada día. Puede comprar cerveza, soda y hielo cuando Dios es clemente. Tiene libros, cuadros –eran recortes del Graphic– y la compañía del excelente subcontratista Jevins, además del placer de recibirnos todas las semanas. Hummil sonrió con una mueca torva.<br />
–Sí. Ha muerto. El lunes pasado.<br />
–¿Se suicidó? –dijo Spurstow con rapidez, señalando la sospecha que estaba en la mente de todos. No había cólera en torno a la sección de Hummil. Hasta la fiebre otorga a un hombre, al menos, una semana de gracia y la muerte repentina por lo común implica el suicidio.<br />
–No enjuicio a ningún hombre con estas temperaturas –dijo Hummil–. Supongo que le afectó el sol, porque la semana pasada, después de marcharos vosotros, se acercó a la galería y me dijo que esa noche pensaba ir a su casa, a ver su mujer, en Market Street, Liverpool.<br />
–Llamé al boticario para que le examinara y tratamos de acostarle. Al cabo de una hora o dos se restregó los ojos, y dijo que creía que le había dado un ataque y que esperaba no haber dicho nada poco cortés. Jevins tenía mucho interés en mejorar su situación social. Se parecía a Chucks en la forma de hablar.<br />
–¿Y entonces?<br />
–Entonces se fue a su bungalow y empezó a limpiar su rifle. Le dijo al sirviente que iba a cazar por la mañana. Como es natural tocó el gatillo y se disparó una bala en la cabeza&#8230; por accidente. El boticario envió un informe a mi jefe y Jevins está enterrado por allí. Te hubiera telegrafiado, Spurstow, si hubiese sido posible que hicieras algo.<br />
–Eres un tipo especial –dijo Mottram–. Si tú mismo hubieses asesinado al hombre, no podrías haber permanecido más callado al respecto. ¡Dios santo! ¿Qué importa? –dijo Hummil con calma–. Tengo que hacer buena parte de su trabajo de supervisión además del mío. Soy la única persona perjudicada. Jevins está fuera del tema, por puro accidente, desde luego, pero fuera al fin. El boticario iba a escribir una larga perorata sobre el suicidio. Nadie mejor que un babu para escribir tonterías interminables cuando se le presenta la ocasión.<br />
–¿Por qué no has permitido que se supiera que fue un suicidio? –dijo Lowndes. No había ninguna prueba concluyente. En este país un hombre no tiene muchos privilegios, pero al menos hay que permitirle que haga un manejo torpe de su propio rifle. Además, algún día puede que yo necesite de un hombre que disimule algún accidente mío. Vive y deja vivir. Muere y deja morir.<br />
–Tomo un comprimido –dijo Spurstow, que había observado de cerca la cara pálida de Hummil–. Toma un comprimido y no seas borrico. Este tipo de conversación es un simple juego. De todas formas, el suicidio se desentiende de tu trabajo. Si yo fuese Job multiplicado por diez, tendría que estar tan interesado en lo que vaya a ocurrir de inmediato que me quedaría para verlo.<br />
–¡Ah! He perdido esa curiosidad –dijo Hummil.<br />
–¿El hígado te funciona mal? –dijo Lowndes con interés.<br />
–No. No puedo dormir, que es peor.<br />
–¡Por Júpiter que sí! –dijo Mottram–. A mí me ocurre de cuando en cuando, y el ataque tiene que irse por sí solo. ¿Tú qué tomas?<br />
–Nada. ¿Para qué? No he dormido ni siquiera diez minutos desde el viernes por la mañana.<br />
–¡Pobre muchacho! Spurstow, tú deberías ocuparte del asunto –dijo Mottram–. Ahora que lo mencionas, tus ojos están algo irritados e hinchados. Spurstow, que no había dejado de observar a Hummil, rió con ligereza.<br />
–Ya le arreglaré después. ¿Os parece que hace demasiado calor para salir a cabalgar?<br />
–¿Para ir a dónde? -dijo Lowndes, fatigado Tendremos que marcharnos a las ocho y ya cabalgaremos lo suficiente entonces. Detesto cabalgar cuando tengo que hacerlo por necesidad. ¡Cielos! ¿Qué se puede hacer por aquí?<br />
–Empezar otra partida de whist, cada punto un chick (se supone que un chick equivale a ocho chelines) y un mohur de oro la partida –dijo Spurstow con presteza.<br />
–Póker. La paga de un mes entero para la banca, sin límites, y cincuenta rupias la apuesta. Alguien estará en la ruina antes que nos marchemos –dijo Lowndes.<br />
–No puedo decir que me de gusto arruinar a ninguno de los de esta reunión –dijo Mottram–. No es muy estimulante y es una tontería –cruzó el cuarto hacia un viejo, deteriorado y pequeño piano de campaña, residuo del matrimonio que viviera en tiempos en el bungalow, y lo abrió.<br />
–Hace mucho que no funciona –dijo Hummil–. Los sirvientes lo han hecho pedazos. El piano estaba, en efecto, desafinado sin esperanzas, pero Mottram se ingenió para que las notas rebeldes llegaran a una especie de acuerdo, y de las teclas desniveladas surgió algo que podía haber sido alguna vez el fantasma de una canción popular de musichall.<br />
Los hombres, desde sus tumbonas, se volvieron con evidente interés mientras Mottram aporreaba con entusiasmo cada vez mayor.<br />
-¡Eso está bien! –dijo Lowndes–. ¡Por Júpiter! La última vez que oí esa canción fue en el 79 aproximadamente, justo antes de partir.<br />
–¡Ah! –dijo Spurstow con orgullo–. Yo estaba en nuestra tierra en el 80 –y nombró una canción popular muy conocida por entonces. Mottram la tocó bastante mál. Lowndes hizo una crítica y sugirió correcciones. Mottram pasó a otra cancioncilla, no de las de musichall e hizo ademán de levantarse.<br />
–Siéntate –dijo Hummil–, no sabía que la música entrara en tu composición. Sigue tocando hasta que no se te ocurra nada más. Haré que afinen el piano para la próxima vez que vengas. Toca algo alegre.</p>
<p>Muy simples en verdad eran las melodías que el arte de Mottram y las limitaciones del piano podían concretar, pero los hombres escuchaban con placer, y en las pausas hablaban todos a la vez de lo que habían visto u oído la última vez que habían estado en su tierra. Una densa tormenta de polvo se alzó fuera y barrió la casa, rugiendo y envolviéndola en una oscuridad asfixiante de medianoche, pero Mottram continuó sin prestar atención, y el tintineo loco llegaba a los oídos de los oyentes por encima del aleteo de la tela rota del techo. En el silencio posterior a la tormenta, se deslizó desde las más personales canciones escocesas, que tarareaba a medias al tocar, hasta un himno vespertino.</p>
<p>–Domingo –dijo mientras asentía con la cabeza.<br />
–Continúa. No te disculpes –dijo Spurstow. Hummil se rió larga y estentóreamente.<br />
–Tócalo, sea como sea. Hoy eres todo sorpresas. No sabía que tuvieses tal don de sarcasmo sutil. ¿Cómo es?</p>
<p>Mottram comenzó a tocar la melodía.</p>
<p>–El tiempo, al doble. Así pierdes el matiz de gratitud –dijo Hummil–. Tendría que ser como el tiempo de la Polka del saltamontes, así –y comenzó a cantar prestissimo: Mi Dios, gloria a ti esta noche por todas las bendiciones de la luz.<br />
–Esto demuestra que sentimos cuán bendecidos somos. ¿Cómo sigue? Si de noche estoy tendido en mi lecho, sin dormir, que mi alma siempre tenga su potencia puesta en ti, y ningún sueño maligno mi descanso turbará&#8230;<br />
–¡Más rápido, Mottram! ¡Ni las fuerzas me molesten de esa hosca oscuridad!<br />
–¡Bah! ¡Qué viejo hipócrita eres! No seas borrico –dijo Lowndes–. Estás en libertad de burlarte de cualquier otra cosa, pero no te metas con ese himno. En mi cabeza se asocia con los recuerdos más sagrados&#8230;<br />
–Tardes de verano en el campo, vidrieras, la luz que se desvanece y tú y ella juntando vuestras cabezas sobre el libro de himnos –dijo Mottram.<br />
–Sí, y un abejorro gordo que te daba en el ojo cuando volvíais a casa. El olor del heno y una luna grande como una sombrerera encima del pajar; murciélagos, rosas, leche y mosquitos –dijo Lowndes.<br />
–También madres. Recuerdo a mi madre cantando para hacerme dormir cuando yo era un pequeñín –dijo Spurstow.</p>
<p>La oscuridad había invadido el cuarto. Podían oír cómo se removía Hummil en su silla.</p>
<p>–Por consiguiente –dijo con malhumor–, tú cantas el himno cuando estás a siete brazas de profundidad en el infierno. Es un insulto a la inteligencia de la divinidad pretender que somos algo más que rebeldes torturados.<br />
–Toma dos comprimidos –dijo Spurstow–, es un hígado torturado.<br />
–Hummil, el que siempre se muestra plácido, hoy está de mal humor. Lo siento por sus culis, mañana –dijo Lowndes, mientras los sirvientes traían las luces y preparaban la mesa para la cena.</p>
<p>Cuando estaban a punto de ocupar sus puestos ante miserables chuletas de cabra y un pudin ahumado de tapioca, Spurstow aprovechó la ocasión para susurrar a Mottram: ¡Bien hecho, Davi!.</p>
<p>–Cuida de Saúl, pues –fue la respuesta.<br />
–¿Qué estáis murmurando? –dijo Hummil, suspicaz.<br />
–Sólo decíamos que como anfitrión eres condenadamente pobre. Este pájaro no se puede cortar –respondió Spurstow con una sonrisa dulce–. ¿Tú llamas cena a esto?<br />
–No tiene remedio. ¿O acaso esperas un banquete?</p>
<p>Durante aquella comida, Hummil se aplicó con laboriosidad a insultar de modo directo y agudo a todos sus huéspedes, uno tras otro, y a cada insulto Spurstow daba un puntapié al ofendido por debajo de la mesa, pero no se atrevió a cambiar miradas de inteligencia con ninguno de ellos. La cara de Hummil se veía pálida y contraída, en tanto que sus ojos estaban dilatados de forma poco natural. Ninguno de los hombres soñó siquiera por un momento en responder a sus salvajes agresiones personales, pero tan pronto como terminó la cena se dieron prisa en partir.</p>
<p>–No os marchéis. Ahora os empezáis a animar, muchachos. Espero no haber dicho nada que os haya molestado. Sois unos demonios de susceptibilidad –después, cambiando la tesitura a una súplica casi abyecta, Hummil agregó–: ¿no iréis a marcharos, verdad? En la lengua del bendito Jorrocks, donde ceno, duermo –dijo Supurstow–. Quiero echarles un vistazo a tus colis mañana, si no te importa. ¿Puedes hacerme un lugar para dormir, me figuro?</p>
<p>Los otros arguyeron la urgencia de sus diversas obligaciones del día siguiente y, tras ensillar, partieron juntos, al tiempo que Hummil les rogaba que volvieran el domingo siguiente. Mientras se alejaban al trote, Lowndes abrió su pecho a Mottram.</p>
<p>–&#8230; Jamás en mi vida he tenido tantas ganas de patear a un hombre en su propia mesa. Dijo que yo había hecho trampas en el whist y me recordó las deudas. ¡A ti te dijo en la cara que eres un mentiroso! No estás tan indignado como deberías.<br />
–Oh, no –dijo Mottram–. ¡Pobre diablo! ¿Alguna vez habías visto al bueno de Hummil comportarse así o de una manera remotamente parecida?<br />
–No es excusa. Spurstow me pateó las espinillas durante toda la cena, y por eso me controlé. De otro modo hubiese&#8230;<br />
–No, no hubieses. Tendrían que haber hecho lo que ha hecho Hummil con respecto a Jevins: no juzgar a un hombre con estos calores. ¡Por Júpiter. El metal de las bridas me quema las manos. Galopemos un poco, y cuidado con las madrigueras de las ratas.</p>
<p>Diez minutos de galope extrajeron de Lowndes una observación sensata cuando se detuvo, sudando por todos los poros:</p>
<p>–Sí. Bueno hombre, Spurstow. Nuestros caminos se separan aquí. Nos veremos otra vez el domingo próximo, si el sol no me destruye.<br />
–Me figuro que sí, a menos que el ministro de finanzas del viejo Timbersides se arregle para envenenarme alguna comida. Buenas noches y&#8230; ¡que Dios te bendiga!<br />
–¿Y qué pasa ahora?<br />
–Oh, nada –Lowndes recogió la fusta y al tiempo que con ella rozaba el flanco de la yegua de Mottram, agregó–: tampoco tú eres mal muchacho, eso es todo y tras esas palabras, su yegua se lanzó al galope durante media milla y a través de la arena.</p>
<p>En el bungalow del ingeniero ayudante, Spurstow y Hummil fumaban juntos la pipa del silencio, observándose uno a otro con mucha atención. La capacidad de dar albergue de un soltero es tan elástica como simple su instalación. Un sirviente se llevó la mesa de la cena, trajo un par de rústicos camastros nativos, hechos de tiras entrelazadas dentro de un ligero marco de madera, puso sobre cada uno una estera de tela fresca de Calcuta, los colocó uno junto a otro, prendió con alfileres dos toallas al punkah, para que sus flecos no llegasen a tocar la nariz y la boca de los durmientes y anunció que las camas estaban preparadas. Los hombres se acostaron, y pidieron a los culis que se ocupaban del punkah que, por todas las potencias del infierno, lo mantuviesen en movimiento. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas porque fuera el aire era un horno. Dentro, el ambiente estaba sólo a ciento cuatro grados, tal como lo probaba el termómetro, y pesado, a causa del olor de las lámparas de petróleo mal despabiladas; y ese hedor, sumado al del tabaco del país, los ladrillos de horno y la tierra reseca pone el corazón del hombre más vigoroso a la altura de sus pies, porque es el olor del Gran Imperio Indio cuando se convierte durante seis meses en una sola de tormento. Spurstow ahuecó las almohadas con habilidad, para estar reclinado y no tendido, con la cabeza a una altura mayor que la de sus pies. No es bueno dormir con una almohada baja en tiempo de calor, si tienes un cuello muy robusto, ya que se puede pasar de los ronquidos y gorgoteos vivos del sueño natural a la honda somnolencia del golpe de calor.</p>
<p>–Ahueca tus almohadas –dijo el médico, tajante, al ver que Hummil se preparaba para tenderse en posición horizontal.</p>
<p>La luz de la mariposa era tenue, la sombre del punkah ondulaba a través de la habitación, y el roce de las toallas y el gemido leve de la cuerda que pasaba por un agujero de la pared la seguían. De pronto el punkah flaqueó, casi se detuvo. El sudor caía por la frente de Spurstow. ¿Debía salir a estimular al culi? El ventilador volvió a moverse con un salto brusco y un alfiler cayó de las toallas. Cuando estuvo otra vez en su lugar, un tam––tam comenzó a sonar en las líneas culis, con el latido firme de una arteria congestionada dentro de un cerebro febril. Spurstow se volvió y soltó un juramento suave. No hubo movimiento por parte de Hummil. El hombre se había acomodado con tanta rigidez como un cadáver, con los puños cerrados junto al cuerpo. Su respiración era demasiado rápida como para sospechar que dormía. Spurstow observó la cara rígida. Tenía las mandíbulas apretadas y una arruga en torno a los párpados temblorosos. «Está lo más rígido que puede», pensó Spurstow. «¿Qué diablos le ocurre?».</p>
<p>–¡Hummil!<br />
–Sí –con la voz pastosa y forzada. ¿Puedes dormir?<br />
–No.<br />
–¿Frente ardorosa? ¿La garganta hinchada o qué?<br />
–Nada de eso, gracias. No duermo mucho, sabes.<br />
–¿Te encuentras mal? Bastante mal, gracias. Se oye un tam tam fuera ¿verdad? Al principio pensé que era mi cabeza&#8230; ¡Oh, Spurstow, por piedad, dame algo que me haga dormir&#8230; dormir profundamente, siquiera durante seis horas! –se enderezó de un salto, temblando de la cabeza a los pies- No logro dormir desde hace días y no lo puedo soportar&#8230; ¡no lo puedo soportar!<br />
–¡Pobre amigo!<br />
–Eso no sirve. Dame algo que me haga dormir. Te aseguro que me estoy volviendo loco. No sé lo que digo durante la mayor parte del día. Hace tres semanas que tengo que pensar y deletrear cada palabra que me viene a los labios antes de atreverme a decirla. ¿No basta eso para enloquecer a un hombre? Ahora no veo con claridad y he perdido el sentido del tacto. Me duele la piel&#8230; ¡Me duele la piel! Haz que duerma. ¡Oh, Spurstow, por el amor de Dios, hazme dormir profundamente! No basta con adormilarme. ¡Haz que duerma!<br />
–De acuerdo, muchacho, de acuerdo. Tranquilo, que no estás tan mal como piensas.</p>
<p>Rotos los diques de la reserva, Hummil se agarró a él como un niño aterrado.</p>
<p>–Me estás partiendo el brazo a pellizcos.<br />
–Te partiré el cuello si no haces algo por mí. No, no he querido decir eso. No te enfades, amigo –se enjugó el sudor a la vez que luchaba por recobrar la compostura–. Estoy nervioso y desganado, tal vez tú puedas recetarme alguna mezcla soporífera&#8230; bromuro de potasio.<br />
–¡Bromuro de bobadas! ¿Por qué no me lo has dicho antes? Suéltame el brazo y veré si tengo algo en la cigarrera para aliviar tus males –Spurstow buscó entre sus ropas de calle, subió la luz de la mariposa, abrió una pequeña cigarrera y se acercó al expectante Hummil con la más pequeña y frágil de las jeringas. El último atractivo de la civilización –dijo– y algo que detesto usar. Extiende el brazo. Bien, tus insomnios no te han estropeado la musculatura. ¡Qué piel tan dura! Es como si le estuviera poniendo una inyección subcutánea a un búfalo. Ahora, en unos pocos minutos empezará a obrar la morfina. Échate y espera. Una sonrisa de gusto puro y estúpido comenzó a invadir la cara de Hummil.<br />
–Creo –susurró–, creo que me estoy yendo. ¡Dios! ¡Es realmente celestial! Spurstow, tienes que darme esa cigarrera para que te la guarde. Tú&#8230; –la voz calló mientras la cabeza caía hacia atrás.<br />
–Ni por todo el oro del mundo –dijo Spurstow a la forma inconsciente–. Pues bien, amigo mío, los insomnios de esta clase son muy adecuados para debilitar la fibra moral en los pequeños asuntos de la vida y la muerte, de modo que me tomaré la libertad de inutilizar tus armas.</p>
<p>Descalzo, fue hasta el cuarto en que Hummil guardaba los arneses; sacó de su caja un rifle del calibre doce, un fusil automático y un revólver. A primero le quitó el disparador y lo escondió en el fondo de un baúl de arreos; al segundo le sacó el alza y de un puntapié la mandó bajo un gran armario. Abrió el tercero y le partió la mira de la empuñadura con el tacón de una bota de montar.</p>
<p>–Ya está –dijo mientras sacudía el sudor de las manos. Estas pequeñas precauciones al menos te darán tiempo para arrepentirte. Sientes demasiada simpatía por los accidentes con armas de fuego.</p>
<p>Cuando se levantaba del suelo, la voz pastosa y ronca de Hummil exclamó desde la puerta:</p>
<p>–¡Idiota!</p>
<p>Era el tono de quienes hablan a sus amigos, en los intervalos de lucidez, poco antes de morir. Spurstow se sobresaltó y dejó caer la pistola. Hummil estaba en el vano de la puerta, meciéndose entre carcajadas sin control.</p>
<p>-Has estado muy bien, sin duda –dijo con lentitud, eligiendo cada palabra–. Por ahora, no me propongo darme la muerte con mis propias manos. Mira, Spurstow, eso no funciona. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? –y un terror pánico le anegaba los ojos.<br />
–Échate y aguarda un poco. Échate ahora mismo.<br />
–No me atrevo. Sólo me dormiré a medias otra vez y ya no podré ir más allá. ¿Sabes? He tenido que hacer un esfuerzo para volver ahora. En general soy veloz como el rayo, pero tú me habías trabado los pies. Estuve a punto de quedarme.<br />
–Oh, sí, comprendo. Ve y acuéstate.<br />
–No, no es delirio, pero ha sido un truco despreciable para usarlo contra mí. ¿No sabes que podría haber muerto?</p>
<p>Tal como una esponja deja limpia una pizarra, así algún poder desconocido para Spurstow había borrado todo lo que definía como la cara de un hombre el rostro de Hummil, que, desde el vano, mostraba una expresión de inocencia perdida. Había vuelto en el sueño a una infancia amedrentada. « ¿Irá a morirse ahora mismo? », pensó Spurstow, para agregar en voz alta:</p>
<p>–Bien, hijo. Vuelve a la camay cuéntamelo todo. No podías dormir. ¿Pero qué era todo el resto de disparates?<br />
–Un lugar&#8230; un lugar allá abajo –dijo Hummil con simple sinceridad.</p>
<p>La droga obraba sobre él en oleadas, llevándole del temor de un hombre fuerte al miedo de un niño, según recuperara el sentido o se embotase.</p>
<p>–¡Dios mío! He temido eso durante meses, Spurstow. Me ha convertido las noches en un infierno y sin embargo no soy consciente de haber hecho nada malo.<br />
–Tranquilo; te daré otra dosis. Les pondremos fin a tus pesadillas, ¡tonto consumado!<br />
–Sí, pero has de darme lo suficiente como para que no pueda alejarme. Hazme dormir profundamente, no dormitar. Porque entonces es difícil correr.<br />
–Lo sé, lo sé. Yo mismo he pasado por eso. Los síntomas son tal como los describes.<br />
–¡Oh, no te burles de mí, maldito seas! Antes de tener este insomnio horrible, trataba de dormir sobre mi codo, y ponía una espuela en la cama para que pinchara si caía sobre ella. ¡Mira!<br />
–¡Por Júpiter! ¡El hombre está espoleado como un caballo! ¡El jinete ha sido la pesadilla con una venganza! Y todos le creíamos bastante sensato. ¡Que el cielo nos permita comprender! Quieres hablar, ¿verdad?<br />
–Sí, a veces. No cuando tengo miedo. Entonces quiero correr. ¿A ti no te pasa eso?<br />
–Siempre. Antes que te de la segunda dosis dime exactamente qué te sucede.</p>
<p>Hummil habló con susurros entrecortados casi diez minutos, durante los cuales Spurstow le miró las pupilas y pasó su mano ante ellas una o dos veces. Al final del relato, reapareció la cigarrera de plata y las últimas palabras que dijo Hummil, mientras se echaba por segunda vez, fueron:</p>
<p>–¡Hazme dormir profundamente, porque si me pillan, ¡me muero&#8230;! ¡Me muero! Sí, sí, a todos nos pasa, tarde o temprano&#8230;, demos gracias al Cielo que ha establecido un límite para nuestras miserias –dijo Spurstow, a la vez que acomodaba las almohadas bajo la cabeza–. Se me ocurre que a menos que beba algo me iré yo antes de tiempo. He dejado de sudar, aunque el cuello de la camisa es un diecisiete.</p>
<p>Se preparó un te bien caliente, que es un buen remedio para los golpes de calor, si se toman tres o cuatro tazas en el momento oportuno. Después observó al dormido.<br />
Una cara ciega que llora y que no puede secarse los ojos, una cara ciega que le persigue por los corredores. ¡Hum! Está claro que Hummil tendría que obtener un permiso lo antes posible y, cuerdo o no, es evidente que se ha clavado esa espuela con crueldad. En fin, ¡que el cielo nos permita comprender!</p>
<p>A mediodía Hummil se levantó; tenía mal sabor de boca pero los ojos límpidos y el corazón alegre.</p>
<p>–Anoche estaba bastante mal, ¿verdad?<br />
–He visto hombres en mejores condiciones. Habrás cogido un principio de insolación. Oye: si te escribo un certificado médico estupendo, ¿pedirás un permiso de inmediato?<br />
–No.<br />
–¿Por qué no? Si lo quieres.<br />
–Sí, pero puedo aguantar hasta que el tiempo refresque.<br />
–¿Pero por qué, si te pueden reemplazar ahora mismo?<br />
–Burkett es el único al que pueden enviar y es tonto de nacimiento.<br />
–Oh, no te preocupes por el ferrocarril. Tú no eres imprescindible. Telegrafía para pedir un reemplazo, si es necesario.</p>
<p>Hummil se mostraba muy incómodo.</p>
<p>–Puedo esperar hasta, las lluvias –dijo Hummil, evasivo.<br />
–No puedes. Telegrafía a la central para que envíen a Burkett.<br />
–No lo haré. Si quieres saber de verdad por qué, Burkett está casado y su mujer acaba de tener un niño y está arriba, en Simia, por el fresco, y Burkett está en un buen puesto, que le permite ir a Simia de sábado a lunes. Esa pobrecita mujer no se encuentra del todo bien. Si Burkett fuese trasladado, ella procuraría seguirle. Si deja al niño, se morirá de preocupación. Si viene, y Burkett es uno de esos animalitos egoístas que siempre están hablando de que el lugar de la mujer está junto a su marido, se morirá. Es cometer un asesinato traer a una mujer hasta aquí ahora. Burkett no tiene la resistencia de una rata. Si viniese aquí, le perderíamos, y sé que ella no tiene dinero; además, estoy seguro de que también ella moriría. En cierto sentido, yo estoy vacunado y no tengo mujer. Espera hasta que lleguen las lluvias y entonces Burkett podrá adelgazar aquí, le vendrá muy bien.<br />
–¿Quieres decir que te propones enfrentarte con&#8230; lo que te has enfrentado hasta que lleguen las lluvias?<br />
–No será tan terrible, ahora que me has indicado el camino para salir de eso. Te puedo telegrafiar. Además, ahora que ya sé como meterme en el sueño, todo se arreglará. De todas formas, no puedo pedir un permiso. Eso es todo.<br />
–¡Mi excelente escocés! Pensaba que toda esa clase de cosas estaba muerta y enterrada. ¡Bobadas! Tú harías lo mismo. Me siento como nuevo, gracias a esa cigarrera. Te vas al campamento ahora, ¿verdad?<br />
–Sí, pero trataré de venir cada dos días, si puedo.<br />
–No estoy tan mal como para eso. No quiero que te molestes. Dales a los culis ginebra y ketchup.<br />
–¿O sea que te encuentras bien? Preparado para luchar por mi vida, pero no para quedarme al sol hablando contigo. En marcha, amigo, ¡y que Dios te bendiga!</p>
<p>Hummil giró sobre sus talones para enfrentarse con la desolación y los ecos de su bungalow, y lo primero que vio, de pie en la galería, fue su propia figura. Una vez, antes, había visto una aparición similar, en momentos en que estaba agobiado por el trabajo y agotado por el calor.</p>
<p>–Esto está muy mal –dijo, frotándose los ojos–. Si eso se aleja de mí de pronto, como un fantasma, sabré que lo único que ocurre es que mis ojos y mi estómago no van bien. Si camina&#8230;, he perdido la cabeza.</p>
<p>Se acercó a la figura que, naturalmente, se mantenía a una distancia invariable de él, como ocurre con todos los espectros que nacen del exceso de trabajo. El fantasma se deslizó a través de la casa para disolverse en manchas que nadaban en sus ojos, tan pronto como llegó la luz llameante del jardín. Hummil se ocupó de su trabajo hasta la noche. Cuando entró a cenar se encontró consigo mismo sentado ante la mesa. La visión se puso de pie y salió a toda prisa. Excepto en que no proyectaba sombra, era real en todos los demás rasgos. No hay persona viviente que sepa lo que esa semana reservó a Hummil. Un recrudecimiento de la epidemia mantuvo a Spurstow en el campamento, entre los culis, y todo lo que pudo hacer fue telegrafiar a Mottram, para pedirle que fuese al bungalow y durmiera allí. Pero Mottram estaba a cuarenta millas de distancia del telégrafo más cercano, y no supo nada de nada que no fuesen las necesidades de su tarea de topógrafo hasta que, a primera hora de la mañana del domingo, se encontró con Lowndes y Spurwtow, para dirigirse hacia el bungalow de Hummil y la reunión semanal.</p>
<p>–Espero que el pobre muchacho esté en mejores condiciones –dijo Mottram, desmontando en la puerta–. Supongo que no se ha levantado aún.<br />
–Le echaré una mirada –dijo el médico–. Si está dormido no hay necesidad de despertarle. Y un instante más tarde, por el tono de la voz de Spurstow al pedirles que entrasen, los hombres supieron lo que había sucedido.</p>
<p>No había necesidad de despertarle. El punkah todavía se agitaba sobre la cama, pero Hummil había dejado esta vida al menos tres horas antes. El cuerpo yacía de espaldas, con los puños a los lados, tal como Spurstow lo había visto siete noches antes. En los ojos abiertos y fijos estaba escrito un terror que supera la capacidad de expresión de cualquier pluma. Mottram, que había entrado por detrás de Lowndes, se inclinó sobre el muerto y le rozó la frente con los labios.</p>
<p>–¡Oh, hombre de suerte, hombre de suerte! –susurró. Pero Lowndes había observado los ojos, y se apartó temblando hasta el extremo opuesto del cuarto. ¡Pobre muchacho! ¡Pobre muchacho! Y la última vez que nos vimos me enfadé. Spurstow, tendríamos que haberle controlado. ¿Se ha&#8230;?<br />
Con habilidad, Spurstow seguía investigando, para terminar con una búsqueda en toda la habitación.<br />
–No, no lo ha hecho estalló–. No hay huellas de nada. Llamad a los sirvientes. Llegaron, era ocho o diez, murmurando y mirando uno por encima del hombro del otro.<br />
–¿A qué hora se fue a la cama vuestro sahib? –dijo Spurstow.<br />
–A las once o a las diez, creemos –dijo el sirviente personal de Hummil.<br />
–¿Se encontraba bien a esa hora? Pero tú no puedes saberlo.<br />
–No se le veía enfermo, tal como se entiende la palabra. Pero había dormido muy poco durante tres noches. Lo sé porque le vi caminando largo rato, sobre todo en medio de la noche.</p>
<p>Mientras Spurstow extendía la sábana, una gran espuela de caza, recta, cayó al suelo. El doctor gimió. El sirviente de Hummil observó el cuerpo.</p>
<p>–¿Qué piensas, Chuma? –dijo Spurstow al ver una expresión de la cara oscura.<br />
–Hijo del cielo, en mi humilde opinión, el que era mi amo ha bajado a los Lugares Oscuros y allí quedó atrapado porque no pudo escapar tan rápido como es necesario. Tenemos la espuela como prueba de que luchaba contra el Terror. También he visto a hombres de mi raza hacer esto mismo con espinas, cuando les habían hechizado de modo que algo podía sorprenderles durante las horas de sueño, y no se atrevían a dormir.<br />
–Chuma, eres tonto. Ve y prepara los sellos para ponerlos en las cosas del sahib.<br />
–Dios ha hecho al hijo del cielo. Dios me ha hecho a mí. ¿Quiénes somos nosotros para preguntar por los designios de Dios?. Ordenaré a los otros sirvientes que se mantengan apartados mientras tú preparas la lista de los bienes del sahib. Son todos ladrones y querrán robar.<br />
–Por lo que puedo deducir, ha muerto de&#8230;, oh, de cualquier cosa; paro cardíaco, golpe de calor o por alguna otra disposición divina –dijo Spurstow a sus compañeros–. Debemos hacer un inventario de sus efectos y demás cosas.<br />
–Estaba muerto de terror –insistió Lowndes– ¡Mirad esos ojos! ¡Por piedad, no dejes que le entierren con los ojos abiertos!<br />
–Fuera lo que fuese, ahora se ha librado de todos los problemas –dijo Mottram con suavidad.</p>
<p>Spurstow observaba los ojos abiertos.</p>
<p>–Venid –dijo–. ¿No véis algo allí?<br />
–¡No puedo mirar! –sollozó Lowndes–. ¡Tápale la cara! ¿Cual es el miedo que puede haber en el mundo capaz de convertir a un hombre en algo así? Es horrible. ¡Oh, Spurstow, tápalo!<br />
–Ningún miedo&#8230; en la tierra –dijo Spurstow.</p>
<p>Mottram se inclinó por encima del hombro de su amigo y miro con atencion.</p>
<p>–Lo único que veo es una mancha gris en las pupilas. Ya sabes que no puede haber nada allí.<br />
–Así es. Bien, pensemos. Llevará medio día preparar cualquier clase de ataúd y debe de haber muerto hacia medianoche. Lowndes, amigo, ve fuera y diles a los culis que caven la tierra junto a la tumba de Jevins. Mottram, recorre la casa con Chuma y comprueba que se pongan los sellos en todas las cosas. Mándame un par de hombres aquí y yo me ocuparé del resto.</p>
<p>Cuando los sirvientes de brazos fornidos regresaron junto a los suyos, narraron una extraña historia acerca del sahib doctor que en vano había tratado de devolver la vida al amo mediante artes mágicas; por ejemplo, el sahib doctor, sosteniendo una cajita verde que hacía ruido delante de cada uno de los ojos del muerto, susurraba algo, desconcertado, antes de llevarse consigo la cajita verde.</p>
<p>El martillar resonante sobre la tapa de un ataúd no es algo agradable de oír, pero los que han pasado por la experiencia aseguran que es mucho más terrible el crujido suave de las sábanas, el roce repetido de las tiras de tela con que el que ha caído en el camino es preparado para su entierro, y se hunde poco a poco, mientras se deslizan las cuerdas, hasta que la forma amortajada toca el suelo, y no protestas por la indignidad de una ceremonia apresurada. A último momento, Lowndes se vio asaltado por escrúpulos de conciencia.</p>
<p>–¿Tienes que leer tú el servicio, del principio al fin? –dijo Spurstow- Pensaba hacerlo. Tú eres mi superior como funcionario. Hazlo tú, si quieres.<br />
–No se me había pasado por la cabeza. Sólo he pensado que tal vez podría venir un capellán de alguna parte&#8230; Me ofrezco a ir a buscarle ahora adonde sea, para ofrecerle algo mejor al pobre Hummil. Eso es todo.<br />
–¡Bobadas! –dijo Spurstow, mientras preparaba sus labios para decir las palabras tremendas que dan comienzo al oficio de difuntos.<br />
Después del desayuno, fumaron una pipa en silencio, en memoria del muerto. Entonces Spurstow dijo, ausente: -No está en la ciencia médica.<br />
–¿Qué?<br />
–Lo de cosas en los ojos de un muerto.<br />
–¡Por el amor de Dios, no hables de ese horror! –dijo Lowndes–. He visto morir de puro pánico a un nativo perseguido por un tigre. Yo sé qué es lo que ha matado a Hummil. ¡Qué sabes tú! Yo trataré de verlo –y el doctor se encerró en el cuarto de baño con una cámara Kodak. Después de unos minutos se oyó el ruido de algo que era destrozado a golpes y Spurstow reapareció, extremadamente pálido.<br />
–¿Tienes la foto? –dijo Mottram–. ¿Qué se ve?<br />
–Era imposible, claro. No tienes por qué mirar, Mottram. He destruido los negativos. No había nada. Era imposible.<br />
–Eso –dijo Lowndes, subrayando las palabras, mientras observaba la mano temblorosa que luchaba por encender la pipa –es una condenada mentira. Mottram rió, incómodo.<br />
–Spurstow lleva razón –dijo–. Los tres nos encontramos en tal estado que creíamos cualquier cosa. Por piedad, procuremos ser racionales.</p>
<p>No se habló durante largo rato. El viento caliente silbaba afuera y los árboles resecos sollozaban. Por fin, el tren diario, bronce reluciente, acero pulido y vapor a chorros, subió jadeante en medio del resplandor intenso.</p>
<p>–Será mejor que nos marchemos en el tren dijo Spurstow–. De vuelta al trabajo. He extendido el certificado. No podemos hacer nada más aquí, y el trabajo nos dará calma. Vamos.</p>
<p>Ninguno se movió. No es agradable viajar en tren en un mediodía de junio. Spurstow cogió su sombrero y su fusta y, desde la puerta, dijo:</p>
<p>-Es posible que haya cielo, y sin duda hay un infierno, aunque aquí está nuestra vida, por ventura, ¿no es así?</p>
<p>Ni Mottram ni Lowndes tenían respuesta para esa pregunta.</p>
<p><span style="text-decoration: underline;"><strong>Rudyard Kipling</strong></span></p>

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		<title>Deja a los muertos en paz</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Sep 2009 03:09:47 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Walter suspiraba dolorosamente por el fallecimiento de su amada esposa Brunilda. Era medianoche y estaba junto a su tumba, en la hora en que el espíritu que brama en las tempestades lanza sus malditas legiones de monstruos. Se lamenta todas las noches junto a la cripta, balo los árboles helados, reclinando la cabeza sobre la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_2548" class="wp-caption alignright" style="width: 387px"><a  href="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2009/09/cementerio58.jpg" class="thickbox no_icon" rel="gallery-2547" title="cementerio58"><img class="size-full wp-image-2548 " title="cementerio58" src="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2009/09/cementerio58.jpg" alt="cementerio58" width="377" height="284" /></a><p class="wp-caption-text">Deja a los muertos en paz</p></div>
<p style="text-align: justify;">Walter suspiraba dolorosamente por el fallecimiento de su amada esposa Brunilda. Era medianoche y estaba junto a su tumba, en la hora en que el espíritu que brama en las tempestades lanza sus malditas legiones de monstruos. Se lamenta todas las noches junto a la cripta, balo los árboles helados, reclinando la cabeza sobre la lápida de su esposa.</p>
<p>Walter era un poderoso caballero de Burgundia. Se había casado con Brunilda en su juventud, cuando los dos se amaban con locura, pero la muerte se la arrebató de los brazos, y sufría todavía a pesar de que se casó otra vez con una bella mujer llamada Swanhilde, rubia, de ojos verdes y un tono rosado en las mejillas, que le había dado un varón y una niña y que era todo lo contrario de la esposa muerta.</p>
<p>Walter no hallaba reposo, seguía amando a Brunilda y deseaba con toda su alma tenerla junto a él. Constantemente comparaba a su esposa viva con la muerta. Swanhilde notaba el cambio en su esposo y se esmeraba por atenderlo; pero de nada servía, ya que la obsesión de Walter era tener a Brunilda otra vez, y esa idea fija, constante, se había apoderado de su alma. Todas las noches visitaba la tumba de su hermosa esposa y le preguntaba con tristeza:<br />
<span id="more-2547"></span><br />
-¿Dormirás eternamente?</p>
<p>Ahí estaba Walter, acostado sobre la tumba. Era medianoche, cuando un hechicero de las montañas entró al cementerio para recoger las hierbas que sólo crecen en las tumbas y que están dotadas de un terrible poder. Se acercó a aquella en que Walter lloraba y le preguntó:</p>
<p>-¿Por qué, infeliz, te atormentas así? No debes lamentarte por los muertos, pues tu también morirás algún día. Al llorar por ellos no los dejas descansar.<br />
-El amor es la fuerza más grande que hay en el universo y yo amaba a la que aquí está pudriéndose. Quisiera que regresara conmigo. -le respondió Walter con pena y necedad.<br />
-¿Crees que va a despertar con tus lamentos? ¿No vez que perturbas su calma?<br />
-¡Vete, anciano, tu no conoces el amor! ¡Si yo pudiera abrir con mis manos la tierra y devolverle la vida a mi querida Brunilda, lo haría a cualquier precio! -le gritó Walter.<br />
-Ignorante, no sabes lo que dices, te estremecerías de horror ante la resucitada. ¿Piensas que el tiempo no degrada los cuerpos? Tu amor se convertiria en odio.<br />
-Antes se caerían las estrellas del cielo. Yo reventaría mis músculos y mis huesos si ella resucitara; jamás podría odiarla.<br />
-Hablas con el corazón caliente y la cabeza hirviendo. No quiero desafiarte a devolvértela: pronto te darías cuenta de que no miento -dijo el anciano.<br />
-¿Resucitarla? -Gritó Walter, arrojándose a los pues del mago- Si eres capaz de tal maravilla, ¡hazlo!, hazlo por estas lágrimas, por el amor que ya casi no vive sobre la Tierra. Harías la mejor obra de bien en tu vida.<br />
-Calma, si decides que así sea, regresa a medianoche; pero, te lo advierto: ¡Deja a los muertos en paz!</p>
<p>Walter regresó a su casa, pero no pudo conciliar el sueño. Al día siguiente, justo a medianoche, esperaba al hechicero junto a la tumba.</p>
<p>-¿Haz considerado lo que te dije? -Le pregunto el anciano.<br />
-Si, lo he pensado. Devuélveme a la dueña de mi corazón, te lo suplico. Podría morir esta noche si no cumples tu promesa.<br />
-Bien -Le dijo el viejo- sigue recapacitando y regresa aquí mañana a medianoche. Te daré lo que tu pides, sólo recuerda algo: ¡Deja a los muertos en paz!</p>
<p>A la noche siguiente apareció el hechicero y dijo:</p>
<p>-Espero que hayas pensado bien la situación. Regresar a un muerto a la vida no es cosa de juego. Esta será la última vez que te lo diga: ¡Deja a los muertos en paz!<br />
-¡Basta, mi amada no tendrá paz en esa tumba helada, tienes que regresármela, me lo haz prometido! -le gritó Walter lleno de ansiedad.<br />
-¡Recapacítalo, no podrás separarte de ella hasta la muerte, aunque la repugnancia y el odio se apoderen de tu corazón! Solo habría un medio espantoso de lograrlo y no creo que tu quieras oír hablar de eso.<br />
-¡Anciano imbécil, devuélveme a Brunhilda! ¿Cómo podría odiar lo que más he amado? -aulló Walter con desesperación.<br />
-Está bien. Puesto que así lo quieres, ¡sea!¡retrocede!</p>
<p>El hechicero dibujó un círculo alrededor de la tumba y una tempestad se desató. Alzó los brazos al cielo y comenzó a gritar frases en una lengua que no era humana. Los búhos comenzaron a volar de los árboles. Las estrellas se ocultaron detrás de las nubes. La lápida que cubría la tumba comenzó a moverse y se abrió paso hacia la superficie. En el hoyo, el anciano tiró varias hierbas mientras seguía murmurando con los ojos en blanco. Un viento rápido y helado salió del sepulcro al mismo tiempo que cientos de gusanos escalaban la tierra. De pronto las nubes se apartaron y la luna bañó la sepultura vacía. Sobre ella, el hechicero vertió sangre fresca contenida en una calavera y exclamó:</p>
<p>-Bebe, tú que duermes, bebe esta sangre caliente para que tu corazón pueda latir otra vez.</p>
<p>Como volcán que hace erupción, se levantó Brunilda, empujada por una fuerza invisible, de la noche eterna en la que estaba sepultada. Tenía el pelo negro como la tormenta, ojos azules y una piel muy blanca. El anciano hechicero la tomó de la mano y la llevó hasta Walter.</p>
<p>-Recibe otra vez a la que amas. ¡Espero que nunca vuelvas a necesitar mi ayuda! De ser así, me encontrarás en las noches de luna llena en las montañas, donde los caminos se cruzan -diciendo esto, se alejó con paso lento.<br />
-¡Walter! -exclamó Brunilda- llévame pronto al castillo en las montañas.</p>
<p>Walter saltó sobre el caballo y, tomando a su amada, galopó en dirección a las montañas solitarias, donde tenía un castillo oculto. Ahí había vivido con Brunilda. Sólo el viejo criado los vio llegar. Fue amenazado de inmediato por el patrón, quien le ordenó guardar silencio.</p>
<p>-Aquí estaremos bien -dijo Brunilda -hasta que mis ojos puedan ver la luz nuevamente.</p>
<p>Mientras residían en el castillo, los pocos criados ignoraban por completo que su antigua ama hubiera resucitado. Sólo el viejo sirviente sabía la verdad y era el que les llevaba agua y la comida. Los primeros siete días vivieron a la luz de las velas, con todas las cortinas cerradas; los siguientes siete se abrieron las ventanas más altas, de modo que sólo entraba la tenue claridad del amanecer o del anochecer. Walter nunca se apartaba de su querida Brunilda. No obstante, sentía un escalofrío que le impedia tocarla y no sabía por qué, pero tan grande era su amor que no le importaba. Estaba seguro de que esto era mejor que el pasado. Su esposa era aún mas bella que cuando estaba viva la primera vez, su voz era más dulce, sus palabras fluían con emoción y toda ella lo fascinaba hasta la locura.</p>
<p>Brunilda constantemente hablaba de los amores que habían tenido en el pasado, haciendo a Walter emocionantes promesas que pronto realizarían. Su amor sería el amor más grande que hubiera conocido el mundo. Así embriagaba a su amado de esperanzas para el futuro. Sólo cuando hablaba del cariño que sentía por él, dejaba aparecer la parte terrenal; de otro modo discutía sin cesar de asuntos espirituales, eternos y proféticos.</p>
<p>Todos los días dormían juntos. Walter sentía la necesidad de enamorar a su esposa, compenetrarse con ella como lo hacía antes, pero Brunilda se apartaba bruscamente de la cama y le explicaba:</p>
<p>-Así no querido. ¿Cómo podría yo, que he regresado de la muerte, para estar contigo, ser tu amante mientras tienes una sucia mujer que se hace llamar tu esposa?</p>
<p>Walter había enloquecido y estaba dispuesto a todo. Un día, arrebatado por la pasión, abandonó el castillo y cabalgó con furia por entre los bosques y las montañas hasta que llegó a su casa, donde su esposa Swanhilde lo recibió con cariños y palabras bellas, al igual que sus hijos. Pero nada pudo calmarlo ni reprimir su cólera. Expuso a su esposa que lo mejor era que se separaran para que cada quien pensara las cosas con calma y vieran si realmente se querían o no. Swanhilde, llena de comprensión, le dijo que estaba bien.</p>
<p>Al otro día, Walter había conseguido el acta de separación que decía que ella debería regresar a casa de sus padres. Los niños se quedarían en el castillo. Entonces Swanhilde le dijo:</p>
<p>-Sospecho que me dejas por el amor de Brunilda, a quien no puedes olvidar. Te he visto ir al cementerio y rondar su tumba. ¿No me digas Walter, que has osado juntar a los vivos con los muertos? ¡Eso causaría tu destrucción!</p>
<p>Walter recordó que lo mismo le había sentenciado el hechicero, pero no lo tomó en cuenta. Hizo redecorar el palacio al gusto de la nueva dueña. La resucitada ingresó por segunda vez a su mansión como esposa. Walter les dijo a todos los criados del palacio que era una nueva novia que había traído de tierras lejanas, pero los habitantes del castillo veían el extraño parecido que había entre la señora y su antigua ama Brunilda. Sus almas se llenaron de espanto, pues esperaban lo peor y, entre la servidumbre, corría el rumor de que su amo había desenterrado a la antigua esposa de su tumba y con poderes mágicos la había hecho vivir nuevamente.</p>
<p>La nueva ama nunca llevaba otro vestido que no fuera su túnica gris pálido, no usaba joyas de oro como las grandes señoras, sino turbias alhajas de plata de manera de cinturón y aretes; opacas perlas cubrían su pecho. Brunilda sólo salía en los atardeceres e impuso mano dura a todos los criados que la rodeaban. Era una mujer cruel que castigaba sin pretexto y por placer. Tenía el poder de la vida o la muerte sobre ellos.</p>
<p>En otro tiempo el castillo estuvo poblado de alegría, pero ahora sus moradores tenían la cara demacrada por el temor; se estremecían cada vez que se cruzaban con Brunilda. Muchos criados cayeron enfermos y murieron. Aquellos que la veían a los ojos se convertían en esclavos de sus caprichos. La mayoría intentó huir del castillo. Sólo algunos eran conservados con vida, los ancianos.</p>
<p>Los poderes que el hechicero había dado a Brunilda con el alimento humano había recompuesto su cuerpo corrupto. Sólo una bebida mágica podía conservarla con vida, una opción maldita: sangre humana, bebida aún caliente de venas jóvenes.</p>
<p>Ya deseaba comenzar a beber esa sangre, la de Walter, pero tenía que esperar hasta que fuera la noche de luna llena. Una tarde, repleta de ansiedad, vagaba por el bosque y se encontró con un pequeño niño de cachetes rosados. Lo atrajo hacia ella con caricias y regalos y lo llevó a una estancia apartada de la vista humana para succionar la sangre de su pecho. Después de esa indigna acción, ya nadie estuvo a salvo de sus ataques. Todo humano que se acercaba a ella era narcotizado con la fragancia de su aliento. Niños, jóvenes y doncellas se marchitaban como flores. Los padres resentían horror ante aquella plaga que hacía estragos en la vida de sus hijos.</p>
<p>Pronto empezaron a circular rumores. Se creía que ella era la causante de la peste mortífera, pero en las víctimas no había huella alguna que la incriminara y nadie la había visto haciendo esas aberraciones. Entonces el remedio radical: los padres abandonaron el pueblo, dejando sus casas vacías y las tierras sin trabajar. El castillo quedó desolado y el pueblo también, sólo permanecieron los ancianos decrépitos y sus esposas.</p>
<p>El único que no veía la muerte a su alrededor era Walter. Estaba entregado a su pasión, por sobre todas las cosas, por Brunilda, quien lo amaba con una ternura que nunca antes había mostrado. Hasta ahora no había necesitado de su sangre; pero ella no dejaba de advertir con pesadez que sus fuentes de vida se agotaban; pronto ya no habría sangre fresca y joven, excepto la de Walter y sus hijos. Al regresar al castillo, Brunilda había sentido el rechazo por los hijos de una extraña y los había dejado relegados a los cuidados de una sirvienta vieja. Pero la necesidad hizo que pronto se ganara el amor de los niños; los dejaba dormirse en su pecho, les contaba historias, jugaba con ellos y los adormecía con la mirada y el aliento.</p>
<p>Lentamente iba extrayendo de los infantes el flujo vital que la mantenía viva y hermosa. Poco a poco las fuerzas de los chiquillos fueron desapareciendo, sus risas alegres se habían transformado en débiles sonrisas. Las nodrizas estaban preocupadas y temían que todos los rumores fueran verdad. No se atrevían a decirle nada a su patrón. El varoncito murió primero. Después su hermanita lo acompañó a la tumba. Walter se llenó de pena por la muerte de sus hijos y su tristeza disgustó fuertemente a Brunilda, que lo regañaba:</p>
<p>-¿Por qué lamentarse tanto? ¡Seguramente te recuerdan a su madre! ¿O ya estás harto de mí? -le decía la hermosa mujer con los ojos inyectados de odio.</p>
<p>Walter era un esclavo. Perdonó las ofensas de su esposa y le pidió disculpas. Pronto volvían a vivir en la locura del amor de la muerte. Con todo, sólo quedaban él para saciar la sed de aquella bestia infernal. Las criadas eran demasiado viejas y su sangre no servía. Brunilda lo sabía y no le importaba, pues pensaba que al morir Walter, conquistaría a otros hombres e irían a nuevos pueblos en búsqueda de sangre jóven.</p>
<p>En las noches, cuando dormía profundamente narcotizado, ella adhería los colmillos a su pecho. Walter resentía la falta de sangre y salía a dar largos paseos por la montaña buscando reponer su salud. Atribuía su debilidad a la falta de alimentación; nada sospechaba. Un día estaba tumbado a la sombra de un árbol y un raro pájaro pasó volando, dejando caer una raíz seca, rosácea, a sus pies. Tenía un aroma delicioso e irresistible. La masticó y sintió que su boca se llenaba de hiel amarga, entonces arrojó lejos la raíz que pudo haberlo salvado del hechizo en el que lo sumía su esposa.</p>
<p>Esa misma tarde, Walter regresó al castillo. El mágico perfume de Brunilda no surtió efecto alguno sobre el hombre y por primera vez en muchos meses durmió un sueño natural. Comenzó a sentir un agudo dolor en el pecho, abrió los ojos y vio la imagen más horrible y aterradora de su vida: los labios de Brunilda succionando la sangre caliente que salía de su pecho. Gritó con horror y Brunilda se apartó con la sangre escurriéndole por la boca.</p>
<p>-¡Demonio! ¿Así es como me amas? -rugió Walter.<br />
-Te amo como aman los muertos -respondió con frialdad la mujer.<br />
-Sangriento monstruo, ahora lo comprendo. Tú mataste a mis hijos, tú eres esa peste de la que hablaba el pueblo.<br />
-Yo no los he asesinado. Tuve que sacrificar sus vidas para satisfacer tus placeres. ¡Tu eres el asesino! -gritó Brunilda con los ojos helados.</p>
<p>Las sombras amenazadoras de todos los muertos fueron convocadas ante los ojos de Walter por las terribles y verdaderas palabras de Brunilda.</p>
<p>-Querías amar a una muerta, acostarte con ella. ¿Que esperabas?<br />
-Maldita! -gritó y echó a correr fuera del cuarto mientras se maldecía.</p>
<p>Al amanecer, Walter despertó en los brazos de Brunilda. Una larga cabellera negra envolvía su cuerpo, la fragancia de su aliento lo condenaba al estupor. Enseguida se olvidó de todo y se dedicó al placer con la muerta en vida. Cuando el efecto del hechizo pasó, el terror era diez veces más fuerte. Como era de día, Brunilda dormía. El hombre se refugió en las montañas, lejos de la vampira. ¡Pero era en vano! Cuando despertó, estaba en brazos de Brunilda, comprendiendo que asi seria para siempre.</p>
<p>Sin embargo, intentaba huir todos los días, luchando contra la muerte. Walter se refugió en uno de los rincones mas oscuros del bosque, donde la luz nunca llega. Escaló una roca mientras llovía intensamente y las nubes le enseñaban las caras de las víctimas de su esposa. En ese instante la luna emergió de las altas montañas y aquella visión le recordó al hechicero. Se dirigió con decisión a aquel lugar donde se juntan los caminos; no estaba lejos. Cuando llegó, encontró al anciano sentado en una roca, lleno de paz. Walter le gritó, tirándose al piso:</p>
<p>-¡Sálvame, por piedad, sálvame de ese monstruo que sólo sabe sembrar la muerte!<br />
-¿Comprendes ahora cuán importante era mi advertencia de dejar a los muertos descansar? -le dijo el anciano.<br />
-¿Por qué no impusiste ante mis ojos todos los horrores que iban a suceder, todos los asesinatos y la maldad que estaban desencadenando? -preguntó Walter, sollozando.<br />
-¿Es que acaso escuchabas algo que no fuera tu propia voz, tu pasión desmedida?<br />
-Es verdad. Pero ahora te pido, por lo que más quieras, que me ayudes -suplicaba Walter agonizando.<br />
-Bien, te voy a decir lo que debes hacer. Es terrible. Sólo en las noches de luna llena duerme un vampiro el sueño humano. En ese momento pierde todos sus poderes y esa noche&#8230; ¡deberás matarla!.Lo harás con una afilada estaca que yo mismo te daré. Renunciarás para siempre a ella, jurando al cielo no volver a invocar su recuerdo ni mencionar su nombre o, de lo contrario, la maldición se repetirá, ¿esta claro? -preguntó el anciano hablando con autoridad.<br />
-Lo haré, noble hechicero, haré todo lo que tú me digas para librarme de ese monstruo, pero ¿cuando sera luna llena?<br />
-Faltan 15 días.<br />
-¡Oh, imposible! Sus poderes me arrastraran hasta ella y me matará.<br />
-Te esconderé en esta cueva, aquí te quedarás los quince días. En este tiempo tendrás techo y comida; por ningún motivo debes asomarte fuera de aquí. Yo volveré la noche de luna llena.</p>
<p>Pasó Walter el tiempo convenido en la cueva, sin moverse de su sitio, pues el inmenso temor que sentía paralizaba sus miembros. Todas las noches se le aparecía Brunilda como en sueños llamándolo por su nombre, prometiéndole que todo iba a cambiar, pidiéndole que regresara. De ese modo lo abrumaba, sumiendo a Walter en la locura. Hasta que por fin llegó la luna nueva. El hechicero entró en la caverna alumbrado por el astro y tomó a Walter por el brazo. Se dirigieron caminando al castillo en medio de la noche. Todas las puertas del palacio se abrían sin necesidad de tocarlas, tal era la magia del hechicero. Llegaron al aposento de Brunilda. Dormía, bella, hermosa, con un sueño ligero. ¿Quién podria pensar que aquella adorable criatura era un pavoroso vampiro?</p>
<p>Walter tenía los ojos llenos de amor. Levantó la estaca sobre su cabeza y, asestando un golpe tremendo, la hundió en el pecho de la vampira hasta atravesarla por completo, mientras le gritaba:</p>
<p>-¡Te condeno para siempre!<br />
Brunilda alcanzó a abrir los ojos y decirle a Walter.<br />
-Conmigo te condenas.</p>
<p>El hombre colocó su mano sobre el pecho de la mujer pronunciando el juramento que le había dicho el anciano:<br />
-Jamás evocaré tu amor, jamás pronunciaré tu nombre&#8230; te condeno.<br />
-Muy bien -le dijo el hechicero -todo ha terminado. Ahora debemos devolverla a donde pertenece y de donde no debió haber salido. Nunca olvides tu juramento. No volverás a verme jamás -y diciendo esto, desapareció de improviso ante los ojos del hombre.</p>
<p>La espantosa difunta estaba otra vez en su tumba, pero su imagen perseguía a Walter sin descanso, convirtiendo su vida en un eterno combate. La muerta le decía todo el tiempo:</p>
<p>-¿Perturbaste mi sueño eterno para asesinarme?</p>
<p>Walter siempre debía responderle: &#8220;Te condeno para siempre&#8221;. Pero la imagen no se iba y aquel juramento estaba todo el tiempo sobre sus labios. Vivía afligido por el miedo de despertar un día y verse en brazos de la vampira. Además de esto, las imágenes de las víctimas de Brunilda se le aparecían gritándole:</p>
<p>-¡Conmigo te condenas!</p>
<p>El castillo de Walter estaba desierto y en ruinas, como si la guerra y la peste hubieran pasado por ahí. En medio de su soledad, quiso pedir perdón a Swanhilde y regresar con ella, pero la bella dama sabía que sus hijos habían muerto y lo despreciaba con rencor. Así, Walter solo como un perro, vagaba día y noche por los alrededores del castilllo.</p>
<p>Una mañana vio pasar a varios jinetes cabalgando. A la cabeza iba una bella mujer montada en un caballo negro y detrás de ella venían con alegría damas y caballeros. Walter los llamó y, después de saludarlos con agrado, los invito a comer al castillo. Aceptaron gustosos. Parecía que la vida había regresado al palacio. Todo era júbilo y gozo. Walter insistió en que se quedaran con él una semana; ya había contratado un nuevo ejército de criados que cuidaban todos los caprichos de cada invitado, e igualmente no dudaron en decirle que sí. Walter sentía tanta confianza por la mujer del caballo negro, que le había contado su historia y la de Brunilda. Ella lo consoló con toda clase de palabras y frases de afecto. Así transcurrieron los días, hasta que le pidió a la extraña que se casara con él. Ella accedió de inmediato y siete días después celebró la boda con una gran fiesta, que duró cuatro días con sus noches.</p>
<p>El castillo se vio envuelto en un salvaje desenfreno de alcohol y lujuria. Parecía que el demonio mismo asistía a aquella celebración. Walter condujo a su mujer al cuarto. Cuando la recostó sobre la cama, ella transformó sus brazos en una gigantesca serpiente que con sus siete anillos envolvió el cuerpo del pobre hombre triturándole los huesos, al tiempo que comenzaba el fuego en la habitación.</p>
<p>Pronto quedó en llamas, la torre del castilllo se desmoronó sepultando bajo sus escombros al agonizante Walter y, cuando estaba a punto de morir, una voz atronadora gritó:</p>
<p>!Deja a los muertos en paz!</p>
<p><strong>Ernst Raupach</strong></p>

<div class="sociable">

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		<title>El hijo</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Sep 2009 03:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza plenamente abierta, se siente satisfecha de sí. Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.
-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo; [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_2518" class="wp-caption alignright" style="width: 369px"><img class="size-full wp-image-2518" title="padre e hijo dos jjj" src="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2009/09/padre-e-hijo-dos-jjj.jpg" alt="padre e hijo dos jjj" width="359" height="400" /><p class="wp-caption-text">El hijo</p></div>
<p>Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza plenamente abierta, se siente satisfecha de sí. Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.</p>
<p>-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo; abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.<br />
-Si, papá -responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.<br />
-Vuelve a la hora de almorzar. -observa aún el padre.<br />
-Sí, papá. -repite el chico.</p>
<p>Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte. Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño. Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil. No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.<br />
<span id="more-2517"></span><br />
Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de espartillo. Para cazar en el monte -caza de pelo- se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores.</p>
<p>Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá —menos aún— y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca. Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe&#8230;</p>
<p>No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas. Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!</p>
<p>El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas. De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.</p>
<p>Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.</p>
<p>Horrible caso&#8230; Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo, y seguro del porvenir.</p>
<p>En ese instante, no muy lejos suena un estampido.</p>
<p>-La Saint-Étienne&#8230; -piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas de menos en el monte&#8230;</p>
<p>Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.</p>
<p>El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire -piedras, tierra, árboles-, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.</p>
<p>El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte. Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el otro -el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años-, no se engañan jamás.</p>
<p>Cuando su hijo responde: &#8220;Sí, papá&#8221;, hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir.</p>
<p>Y no ha vuelto.</p>
<p>El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil&#8230;?</p>
<p>El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.</p>
<p>¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón. Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia&#8230;</p>
<p>La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.</p>
<p>Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.</p>
<p>Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un&#8230;</p>
<p>¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte!</p>
<p>¡Oh, muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano&#8230;</p>
<p>El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire&#8230; ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro&#8230;</p>
<p>Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama par él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.</p>
<p>-¡Chiquito! -se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz. Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.</p>
<p>-¡Hijito mío! ¡Chiquito mío! -clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.</p>
<p>Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque ve centellos de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su&#8230;</p>
<p>-¡Chiquito! ¡Mi hijo!</p>
<p>Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la mas atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.</p>
<p>A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.</p>
<p>-Chiquito&#8230; -murmura el hombre. Y, exhausto se deja caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.</p>
<p>La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:</p>
<p>-Pobre papá&#8230;<br />
En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres..<br />
Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.<br />
-¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora? -murmura aún el primero.<br />
-Me fijé, papá&#8230; Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí&#8230;<br />
-¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!<br />
-Piapiá&#8230; -murmura también el chico.</p>
<p>Después de un largo silencio:</p>
<p>-Y las garzas, ¿las mataste? -pregunta el padre.<br />
-No.</p>
<p>Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre devuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.</p>
<p>Sonríe de alucinada felicidad&#8230; Pues ese padre va solo.<br />
A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.</p>
<p><strong>Horacio Quiroga</strong></p>

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		<title>El Sueño</title>
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		<pubDate>Fri, 01 May 2009 08:34:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
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		<category><![CDATA[Mary Wollstonecraft Shelley]]></category>
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		<description><![CDATA[La época en la que aconteció esta pequeña leyenda que se va ahora a narrar, fue el comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuyo ascenso e ilícita apropiación, mientras los demás traían la paz al reino cuyo cetro él había empuñado, fueron inadecuados para cicatrizar las profundas heridas mutuamente infligidas por los bandos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_1825" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-full wp-image-1825" title="___sleeping_moon____by_christel_b1" src="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2009/04/___sleeping_moon____by_christel_b1.jpg" alt="___sleeping_moon____by_christel_b1" width="300" height="349" /><p class="wp-caption-text">El Sueño</p></div>
<p style="text-align: justify;">La época en la que aconteció esta pequeña leyenda que se va ahora a narrar, fue el comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuyo ascenso e ilícita apropiación, mientras los demás traían la paz al reino cuyo cetro él había empuñado, fueron inadecuados para cicatrizar las profundas heridas mutuamente infligidas por los bandos enemigos. Existían entre los que ahora parecían tan unidos, enemistades privadas y el recuerdo de daños mortales; y, a menudo, las manos que se habían apretado en aparente saludo amistoso, cuando soltaban su apretón, asían la empuñadura de su daga, haciendo más caso a sus pasiones que a las palabras de cortesía que acababan de salir de sus labios. Muchos de los más fieros católicos se retiraron a sus distantes provincias; y, mientras ocultaban en soledad su profundo descontento, anhelaban no menos ansiosamente el día en que pudieran mostrarlo abiertamente.</p>
<p>En un enorme y fortificado château, construido en una empinada ladera dominando el Loira, no lejos de la ciudad de Nantes, moraba la última de su raza y heredera de su fortuna, la joven y hermosa condesa de Villeneuve. El año anterior lo había pasado en completa soledad en su apartada mansión; y el luto que llevaba por su padre y dos hermanos, víctimas de las guerras civiles, era una gentil y buena razón para no aparecer en la corte, y mezclarse en sus festejos. Pero la huérfana condesa había heredado un título de alcurnia y extensas tierras; y pronto comprendió que el rey, su guardián, deseaba que ella otorgara ambos, junto con su mano, a algún noble cuyo nacimiento y talentos personales le dieran derecho a la dote. Constanza, como respuesta, expresó su intención de profesar votos y retirarse a un convento. El rey se lo prohibió seria y resueltamente, creyendo que semejante idea era el resultado de la sensibilidad sobreexcitada por la pena, y confiando en la esperanza de que, después de un tiempo, el genial espíritu de la juventud despejarla esta nube.<br />
<span id="more-1824"></span><br />
Había pasado un año y la condesa todavía persistía; y, finalmente, Enrique, partidario de no ejercer presión, y deseoso también de juzgar por sí mismo los motivos que habían conducido a una joven tan hermosa, y agraciada con los favores de la fortuna, a desear enterrarse en un claustro, anunció su intención de visitar su château, ahora que había expirado el período de su luto; y si no aportaba, dijo el monarca, suficientes atractivos para hacerla cambiar de plan, daría su consentimiento para su realización.</p>
<p>Constanza había pasado muchas horas tristes, muchos días de llanto, y muchas noches de doloroso insomnio. Había cerrado sus puertas a todos los visitantes; y, como la Lady Olivia de «TweIfth Night», hizo votos de soledad y llanto. Dueña de sí misma, fácilmente silenció los ruegos y protestas de sus subordinados, y alimentó su pesar como si fuera la única cosa que amara en este mundo. Con todo, era demasiado penetrante, demasiado amargo, demasiado ardiente, para ser un huésped favorecido. De hecho, Constanza, joven, ardiente y vivaz, luchaba, forcejeaba y anhelaba abandonarlo; pero todo lo que era alegre en sí mismo, o hermoso en su apariencia externa, servía únicamente para renovarlo; y con paciencia podía soportar mejor el peso de su aflicción, cuando, cediendo ante ella, la oprimía pero no la torturaba.</p>
<p>Constanza había abandonado el castillo para vagar por las tierras vecinas. Aun siendo excelsos y vastos los aposentos de su mansión, se sentía acorralada entre sus paredes, bajo los calados techos. Asociaba las extensas tierras altas y el viejo bosque con los queridos recuerdos de su vida pasada, lo que la inducía a pasar horas y aun días bajo sus frondosos abrigos. El movimiento y el cambio perpetuo, como el viento agitando las ramas, o el viajero sol esparciendo sus rayos sobre ellas, la calmaban y la disuadían a abandonar ese tedioso pesar que embargaba a su corazón con tan implacable agonía bajo el techo de su castillo.</p>
<p>Existía un lugar al borde del bien arbolado parque, un rincón de tierra, desde donde podía percibir el campo que se extendía más allá, todavía muy poblado de altos y umbrosos árboles; un lugar del que ella había abjurado, pero hacia donde, inconscientemente, todavía tendían siempre sus pasos, y en donde de nuevo, por veintava vez ese día, se encontró de improviso. Se sentó en un montículo herboso y contempló melancólicamente las flores que ella misma había plantado para adornar el frondoso escondrijo, templo de la memoria y del amor para ella. Cogió la carta del rey, que era para ella motivo de tanto desespero. El abatimiento se apoderó de sus facciones, y su noble corazón preguntaba al hado por qué, siendo tan joven, frágil y desamparada, tenía que enfrentarse a esta nueva forma de vileza.</p>
<p>«Únicamente deseo —pensó— vivir en la mansión de mi padre, lugar familiar a mi infancia, para rociar con mis frecuentes lágrimas las tumbas de los que amé; y aquí en estos bosques, donde me posee un loco sueño de felicidad que me induce a festejar eternamente las exequias de la Esperanza.»</p>
<p>Un crujido entre las ramas llegó a sus oídos; su corazón latió velozmente; todo de nuevo estaba en calma.</p>
<p>—¡Qué tonta soy! —medio murmuró—. Víctima de mi vehemente fantasía: porque aquí fue donde nos conocimos, aquí me senté a esperarle, y ruidos como éste anunciaban su deseada proximidad; cada conejo que se agita, cada pájaro que despierta de su silencio, hablan de él. ¡Oh, Gaspar, en una ocasión mío! ¡Nunca alegraréis de nuevo con vuestra presencia este amado lugar, nunca más!</p>
<p>De nuevo se agitaron las ramas, y se oyeron pasos entre los matorrales. Constanza se levantó; su corazón latía a gran velocidad; debía ser la tonta de Manon, con sus impertinentes súplicas para que regresara. Pero los pasos eran más firmes y más silenciosos que los de su doncella; y entonces, emergiendo de las sombras, pudo percibir directamente al intruso. Su primer impulso fue huir, y luego de nuevo verle, oír su voz, estar juntos antes de que ella interpusiera votos eternos entre arribos, y rellenar el inmenso abismo que la ausencia había abierto; eso ofendería a los muertos y suavizaría la fatal pena que hacía palidecer sus mejillas.</p>
<p>Y ahora él estaba frente a ella, el mismo ser querido con él que ella ha intercambiado promesas de felicidad. Parecía, como ella, triste. Constanza no pudo resistir la suplicante mirada que le imploraba que se quedara.</p>
<p>—Vengo, señora— dijo el joven caballero— sin ninguna esperanza de lograr doblegar vuestra inflexible voluntad. Vengo de nuevo a veros, y a despedirme antes de partir para Tierra Santa. Vengo a suplicaros que no os enterréis en vida en un oscuro claustro para evitar a alguien tan odioso como yo, alguien a quien nunca veréis más. Muera o no en el empeño, ¡Francia y yo partimos para siempre!</p>
<p>—Eso sería tremendo, si fuera cierto —dijo Constanza—. Pero el rey Enrique nunca perdería así a su cavallier favorito. El trono que le ayudasteis a edificar, todavía debéis protegerlo de sus enemigos. No, si alguna vez influí en vuestros pensamientos, no iréis a Palestina.</p>
<p>—Una sola palabra vuestra, Constanza, podría detenerme&#8230; una sonrisa&#8230; —Y el joven amante se arrodilló ante ella.</p>
<p>La intención más cruel de la dama fue anulada por la imagen antes tan querida y familiar, ahora tan extraña y prohibida.</p>
<p>—¡No os demoréis más aquí! —gritó—. Ninguna sonrisa, ninguna palabra mía, serán de nuevo para vos. ¿Por qué estáis aquí, donde vagan los espíritus de los muertos reclamando esas sombras como propias? ¡Maldita sea la falsa doncella que permita que el asesino disturbe el sagrado reposo de sus víctimas</p>
<p>—Cuando nuestro amor era reciente y vos amable —replicó el caballero— me enseñabais a penetrar las bifurcaciones de estos bosques, y me dabais la bienvenida a este querido lugar donde una vez os juré que seríais mía bajo estos mismos árboles vetustos.</p>
<p>—¡Fue un nefando pecado —dijo Constanza— abrir las puertas de la casa de mí padre al hijo de su enemigo, y abrumador debe ser el castigo!</p>
<p>El joven caballero recuperaba su valor al hablar; todavía no se atrevía a moverse, no fuera que ella, que parecía en todo momento lista para huir, le sorprendiera pese a su momentánea tranquilidad. Pero le replicó despacio.</p>
<p>—Aquellos fueron días felices, Constanza, llenos de terror y de profunda alegría cuando la tarde me traía a vuestros pies; y mientras el odio y la venganza se apoderaban de aquel torvo castillo, este frondoso cenador iluminado por las estrellas era el santuario del amor.</p>
<p>—¿Felices? ¡Días miserables! —repitió Constanza—, cuando pienso en el bien que podría reportar que faltara a mi deber, y en que esta desobediencia sería recompensada por Dios. ¡No me habléis de amor, Gaspar! ¡Un mar de sangre nos separa para siempre! ¡No os acerquéis! Los difuntos y los seres queridos permanecen con nosotros incluso ahora: sus pálidas sombras me advierten de mi falta, y me amenazan por escuchar a su asesino.</p>
<p>—¡Yo no soy eso! —exclamó el joven—. Mirad, Constanza, cada uno de nosotros somos los últimos de nuestras respectivas estirpes. La muerte nos ha tratado cruelmente y estamos solos. No era así cuando nos amamos por vez primera; cuando mi padre, mis parientes, mi hermano, más aún, mi propia madre, lanzaban maldiciones sobre la casa de Villeneuve, y yo la bendecía a pesar de todo. Os veía, adorable Constanza, y bendecía vuestra casa. El Dios de paz implantó el amor en nuestros corazones, y durante muchas noches de verano nos estuvimos viendo en secreto y con misterio en los valles bañados por la luz de la luna; y cuando llegaba el amanecer, en este dulce escondrijo eludíamos su escrutinio, y aquí, incluso aquí, donde ahora os suplico de rodillas, nos arrodillábamos juntos y nos hacíamos promesas. ¿Debemos romperlas?</p>
<p>Constanza lloró al recordar su amante las imágenes de horas felices.</p>
<p>—¡Nunca! —exclamó—. ¡Oh, nunca! Ya conocéis, o pronto las conoceréis, la fe y la resolución de alguien que se atreve a no ser vuestra. ¡Lo nuestro era hablar de amor y de felicidad, mientras la guerra, el odio y la sangre hacían furor en torno! Las efímeras flores que nuestras jóvenes manos esparcían eran pisoteadas en los mortíferos encuentros entre enemigos mortales. La mía a manos de vuestro padre; y poco importa saber sí, como juró mi hermano, y vos negasteis, vuestra mano fue o no la que asestó el golpe que le destruyó. Vos ibais con los que le mataron. No digáis más, no más palabras: escucharos es una impiedad hacia los muertos sin reposo eterno. Idos, Gaspar; olvidadme. A las órdenes del caballeresco y valiente Enrique vuestra carrera puede ser gloriosa; y algunas hermosas doncellas escucharán, como yo hice una vez, vuestras promesas, y serán felices por ello. ¡Adiós! ¡Que la Virgen os bendiga! En la celda del claustro no olvidaré el mejor precepto cristiano: rezar por nuestros enemigos. ¡Adiós Gaspar!</p>
<p>Constanza se deslizó con premura del cenador: a paso rápido se abrió camino por el claro del bosque y se dirigió al castillo. Una vez en la soledad de su propio aposento, se entregó al brote de pesar que desgarraba su gentil corazón como si fuera una tempestad; para ella era esta aflicción lo que borraba alegrías pasadas, haciendo que el remordimiento aplazase el recuerdo de la felicidad, y uniendo el amor y la culpa imaginada en una tan terrible asociación, como cuando un tirano encadena un cuerpo vivo a un cadáver. Súbitamente, un pensamiento afloró en su mente. Al principio lo rechazó por pueril y supersticioso; pero no lo ahuyentó. A toda prisa llamó a su doncella.</p>
<p>—Manon —dijo—, ¿has dormido alguna vez en el lecho de Santa Catalina?</p>
<p>—¡Que el Cielo no lo permita! —contestó Manon, persignándose—. Nadie lo hizo desde que yo nací, salvo dos personas: una se cayó al Loira y se ahogó; la otra, únicamente contempló la estrecha cama, y volvió a su casa sin decir palabra. Es un lugar atroz; y si el devoto no llevaba una vida piadosa y de provecho, ¡la calamidad acontece cuando su cabeza reposa sobre la sagrada piedra!</p>
<p>Constanza se persignó a su vez, añadiendo:</p>
<p>—En cuanto a nuestras vidas, solamente del Señor y de los benditos santos podremos esperar la virtud. ¡Dormiré en ese lecho mañana por la noche!</p>
<p>—¡Mi querida señora! Y el rey llega mañana.</p>
<p>—Mayor razón para tornar una resolución. No es posible albergar en el corazón un sufrimiento tan intenso, sin que se encuentren remedios. Esperaba ser la que llevase la paz a nuestras casas; y si la tarea ha de ser para mí una corona de espinas, el Cielo me dirigirá. Mañana por la noche descansaré en el lecho de Santa Catalina: y si, como he oído, los santos se dignan dirigir a sus devotos en sueños, ella me guiará; y, creyendo actuar según los dictados del Cielo, me resignaré a lo peor.</p>
<p>El rey venía de París hacia Nantes, y durmió esa noche en un castillo, distante solamente unas pocas millas, Antes del amanecer, un joven cavalier fue introducido en su cámara. Tenía un aspecto serio, o, mejor aún, triste; y aunque era hermoso de facciones y de figura, parecía fatigado y macilento Permaneció silencioso en presencia de Enrique, quien, activo y alegre, volvió sus animados ojos hacia su huésped, diciendo gentilmente:</p>
<p>—¿Así que tropezaste con su obstinación, no Gaspar?</p>
<p>—La encontré resuelta sobre nuestro mutuo sufrimiento. ¡Ay, mi señor! ¡No es, creedme, el menor de mis pesares que Constanza sacrifique su propia felicidad, destrozando la mía!</p>
<p>—Y ¿crees que rechazará al gallardo caballero que nosotros le presentemos?</p>
<p>—¡Oh, mi señor! ¡No pienso en eso! No puede ser. Mi corazón os agradece profundamente, muy profundamente, vuestra generosa condescendencia, Pero si no la ha podido persuadir la voz de su amante a solas, ni sus súplicas, cuando el recuerdo y la reclusión contribuyen al encanto, se resistirá incluso a las órdenes de vuestra majestad. Está decidida a entrar en un convento; y yo, si os place, me despediré ahora: de aquí en adelante seré un Cruzado.</p>
<p>—Gaspar —dijo el monarca—, conozco a la mujer mejor que tú. No es con sumisión ni con lacrimosos lamentos como se la puede conquistar. La muerte de sus parientes naturalmente sentó muy mal al corazón de la joven condesa; y, alimentando a solas su pesadumbre y su arrepentimiento, se imagina que el propio Cielo prohíbe vuestra unión. Deja que le llegue la voz del mundo, la voz del poder y la bondad terrenales, una ordenando y la otra suplicando, pero ambas encontrando respuesta en su propio corazón; y, por mí palabra y la Santa Cruz, ella será tuya. Deja nuestro plan tranquilo. Y ahora al caballo: la mañana se agota y el sol está alto.</p>
<p>El rey llegó al palacio del obispo, y se dirigió sin dilación a la misa de la catedral. Siguió un suntuoso almuerzo, y era ya por la tarde cuando el monarca atravesó la ciudad del Loira en dirección al lugar en donde estaba situado, un poco más alto que Nantes, el Château Villeneuve. La joven condesa le recibió en la puerta. Enrique buscó en vano sus mejillas pálidas por el sufrimiento, o el aspecto de desesperación y abatimiento que esperaba encontrar. En su lugar, sus mejillas estaban encendidas, sus modales eran animados, y su voz casi trémula. «No le ama — pensó Enrique —o su corazón ya ha dado su consentimiento.»</p>
<p>Se preparó una colación para el monarca; y, después de algunas pequeñas vacilaciones a causa de la alegría de su semblante, le mencionó el nombre de Gaspar. Constanza se sonrojó en lugar de palidecer, y replicó velozmente:</p>
<p>—Mañana, mi buen señor. Os pido un respiro sólo hasta mañana; entonces todo estará decidido. Mañana me consagraré a Dios o&#8230;</p>
<p>Parecía confusa, y el rey, a la vez sorprendido y complacido, dijo:</p>
<p>—Entonces no odias al joven De Vaudemont; le perdonaste la sangre enemiga que corre por sus venas.</p>
<p>—Nos han enseñado que debemos perdonar, que debemos amar a nuestros enemigos —replicó la condesa, ligeramente temblorosa.</p>
<p>—Por San Dionisio, que es una respuesta de la novicia favorablemente acogida—.dijo el rey, riendo—. ¿Qué? ¡Mi fiel servidor, Don Apolo, disfrazado! Adelántate y agradece a tu señora por su amor.</p>
<p>Disfrazado de manera que nadie le reconociera, el caballero había estado observando a sus espaldas, y contempló con infinita sorpresa el comportamiento y el semblante tranquilo de la dama. No pudo oír sus palabras, pero ¿era la misma que había visto temblando y sollozando la tarde anterior?, ¿la misma cuyo corazón estaba destrozado por la conflictiva pasión?, ¿la misma que vio los pálidos fantasmas de su padre y de su pariente interponerse entre ella y el amante a quien más adoraba en este mundo? Era un enigma difícil de resolver. La visita del rey llegó al unísono con su impaciencia, y se precipitó. Estaba a sus pies, mientras ella, todavía abrumada por la pasión pese a la tranquilidad que asumía profirió un grito al reconocerle, y se desplomó al suelo sin sentido.</p>
<p>Todo era inimaginable. Incluso cuando sus doncellas la devolvieron a la vida, siguió otro ataque y luego apasionados torrentes de lágrimas. El monarca, mientras, esperaba en el vestíbulo, mirando —de reojo la medio consumida colación, y tarareando algún romance en celebración de la tozudez de la mujer; no sabía cómo responder a la mirada de amarga desilusión y ansiedad de Vaudemont. Finalmente, el mayordomo de la condesa vino con una justificación.</p>
<p>—La dama está enferma, muy enferma. Mañana se postrará a los pies del rey, a la vez para solicitar su perdón y revelar su propósito.</p>
<p>—¡Mañana, otra vez mañana! ¿Hay previsto algún encanto para mañana, doncella? —dijo el rey—. ¿Puedes explicarnos el enigma, preciosa? ¿Qué extraño enredo ocurrirá mañana, que todo depende de su advenimiento?</p>
<p>Manon se sonrojó, miró hacia abajo, y vaciló. Pero Enrique no era un novicio en el arte de atraerse con halagos a las doncellas de las damas para descubrir sus propósitos. Manon estaba además asustada por el plan de la condesa, quien todavía se obstinaba en llevarlo adelante; así que era muy fácil inducirla a traicionarlo. Dormir en el lecho de Santa Catalina, descansar en un estrecho saliente por encima de los profundos rápidos del Loira, y, si como era lo más probable, el soñador sin suerte escapaba a todo eso, soportar las inquietantes visiones que ese turbador sueño pudiera producir al dictado del Cielo, era una locura de la que, incluso Enrique, apenas podía creer capaz a ninguna mujer. Pero, ¿podía Constanza, cuya belleza era tan sumamente espiritual, y a la cual él había oído constantemente elogiar su fortaleza de ánimo y sus talentos, podía ser tan extrañamente apasionada? ¿Puede tener la pasión semejantes caprichos? Como la muerte, nivelando incluso la aristocracia de las almas, y trayendo al noble y al campesino, al listo y al tonto, bajo la misma servidumbre. Era extraño. Sí, debía salirse con la suya. Que vacilase en su decisión era excesivo; y era de esperar que Santa Catalina no tuviese una mala actuación. Podría ser, de otra manera, que su intención, disuadida mediante un sueño, estuviera influenciada por pensamientos despiertos. Alguna defensa habrá que oponer al más material de los peligros.</p>
<p>No hay sentimiento más atroz que el que invade a un débil corazón humano, inclinado a satisfacer sus ingobernables impulsos en contradicción con los dictados de la conciencia. Está dicho que los placeres prohibidos son los más agradables; así debe ser para las naturalezas rudas, para aquellos que aman la lucha, el combate y la contienda, que encuentran la felicidad en una riña y gozan con los conflictos pasionales. Pero el gentil temple de Constanza era más suave y más dulce; y el amor y el deber contendían, abrumando y torturando su pobre corazón. Confiar su conducta a las inspiraciones de la religión, o de la superstición, si así se la puede llamar, es un bendito alivio. Los mismos peligros que amenazan su empresa le dan más sabor. Atreverse por su propio bien fue una bendición; la misma dificultad del camino que conducía al cumplimiento de sus deseos, complació su amor y, a la vez, distrajo sus pensamientos de la desesperación. Si se decretara que ella debería sacrificarlo todo, el riesgo de peligro, y aun de muerte, sería de insignificante importancia en comparación con la congoja, de la que siempre tendría su ración.</p>
<p>La noche amenaza tormenta; el violento viento sacudía los marcos de las ventanas, y los árboles agitaban sus descomunales y umbríos brazos, cual gigantes en fantástica danza y mortal pendencia. Constanza y Manon, sin comitiva, abandonaron el château por la poterna y comenzaron a descender la colina. La luna no había salido todavía; y aunque el camino le era familiar a ambas, Manon se tambaleaba y temblaba, mientras que la condesa bajaba con paso firme la empinada pendiente, arrastrando su capa de seda. Llegaron a orillas del río, donde una pequeña barca estaba amarrada, y, esperaba un hombre. Constanza se introdujo en ella, y ayudó a su temerosa compañera, En pocos segundos estuvieron en mitad de la corriente. El cálido y tempestuoso viento equinoccial las arrastraba. Por primera vez desde que se puso de luto, un escalofrío de placer llenó el pecho de Constanza; y ella acogió la emoción con doble regocijo. No puede ser, pensó, que el Cielo me prohíba amar a alguien tan valiente, tan generoso y tan bueno como el noble Gaspar. Nunca podría amar a otro; moriré si me separan de él; y este corazón, estos miembros tan radiantemente vivos, ¿están ya predestinados a una tumba prematura? ¡Oh, no! La vida clama dentro de ellos. Viviré para amar. ¿No aman todas las cosas? Los vientos cuando susurran a las impetuosas aguas; las aguas cuando besan los márgenes floridos y se apresuran a mezclarse con el mar. El cielo y la tierra se sostienen y viven por y para el amor. Si su corazón había sido siempre un profundo, efusivo y desbordante manantial de verdaderos afectos, ¿se vería obligada Constanza a taponarlo y cerrarlo definitivamente?</p>
<p>Estos pensamientos prometían sueños placenteros; y quizá por eso la condesa, adepta a la creencia popular en el dios ciego, se entregó a ellos con más facilidad. Pero mientras estaba absorbida por suaves emociones, Manon la agarró del brazo.</p>
<p>—¡Señora, mirad! —gritó—. Viene, aunque todavía no se oyen los remos. ¡Ahora que la Virgen nos ampare! ¡Ojalá estuviéramos en casa!</p>
<p>Un oscuro bote se deslizó junto a ellas. Cuatro remeros, cubiertos con capas negras, manejaban los remos, que, como dijo Manon, no hacían ruido; otro iba sentado junto al timón: como el resto, iba cubierto con un manto oscuro, pero no llevaba gorra; y aunque ocultó su rostro, Constanza reconoció a su amante.</p>
<p>—Gaspar —gritó en voz alta—. ¿Vivís todavía?</p>
<p>Pero la figura del bote ni volvía la cabeza ni contestó, y rápidamente se perdió en las sombrías aguas.</p>
<p>¡Cómo cambió ahora el ensueño de la bella condesa! El Cielo había iniciado ya su prodigio, y formas sobrenaturales la rodeaban, mientras forzaba la vista por entre las tinieblas. Primero vio, y luego perdió, a la barca que la había asustado; y le pareció que iba en ella otra persona, portadora de los espíritus de los muertos; y su padre le hacía señales desde la orilla, y sus hermanos la desaprobaban.</p>
<p>Mientras tanto se acercaron al embarcadero. Su barca fue amarrada en una pequeña ensenada, y Constanza tomó pie en la orilla. Temblaba, y casi se rindió a los ruegos de Manon por su regreso; hasta que la indiscreta suivanté mencionó los nombres del rey y de Vaudemont, y habló de la respuesta que mañana se les daría. ¿Qué respuesta si ella se volvía atrás en su intento?</p>
<p>Constanza corrió a lo largo del quebrado terreno que bordeaba el río hasta llegar a una colina que abruptamente surgía de. la corriente. Cerca había una pequeña capilla. Con dedos temblorosos, la condesa extrajo la llave y abrió la puerta. Entraron. Estaba a oscuras, salvo una pequeña lámpara, tremulante al viento, que ofrecía una incierta luz frente a la imagen de Santa Catalina. Las dos mujeres se arrodillaron y oraron; luego, se levantaron y la condesa, con acento complaciente, dio las buenas noches a su doncella. Luego abrió una pequeña y baja puerta de acero. Conducía a una angosta caverna. Más allá se oía el rugido de las aguas.</p>
<p>—No debes seguirme, mí pobre Manon —dijo Constanza—. Ni siquiera con el deseo: es una aventura para mí sola.</p>
<p>Fue extremadamente difícil dejar sola en la capilla a la temblorosa sirvienta, que no tenía esperanza, ni miedo, ni amor, ni pena que la entretuviera. Pero en aquellos días los escuderos y las criadas hacían, a menudo, de subalternos en el ejército, ganando golpes en lugar de fama. A su lado, Manon estaba segura en un recinto sagrado. Mientras tanto, la condesa seguía su camino a tientas en la oscuridad por el estrecho y tortuoso pasadizo. Finalmente, lo que parecía una luz oscureció por largo tiempo el juicio que se había manifestado en ella. Alcanzó una caverna abierta en la pendiente de la colina mirando hacia la impetuosa corriente de abajo Contempló la noche. Las aguas del Loira se daban prisa (como desde ese día se han apresurado siempre), cambiantes pero siempre lo mismo; los cielos estaban densamente velados por nubes, y el viento en los árboles era tan lúgubre y de tan mal agüero como si soplara alrededor de la tumba de un asesino. Constanza se estremeció un poco, y miró por encima de su lecho, una estrecha repisa de tierra y una musgosa piedra al borde mismo del precipicio. Se quitó el manto (era una de las condiciones del prodigio); inclinó la cabeza, y se soltó las trenzas de su cabello oscuro; se descalzó; y así, completamente preparada para sufrir a lo sumo la escalofriante influencia de la fría noche, se extendió a lo largo sobre la estrecha cama, que apenas le proporcionaba espacio para el descanso, y por tanto, si se movía en sueños, podía precipitarse a las frías aguas de debajo.</p>
<p>Al principio creyó que ya nunca más volvería a dormirse. No sería muy extraño que la exposición al soplo del viento y su peligrosa posición le impidieran cerrar los párpados. Por fin, cayó en una ensoñación tan delicada y sosegante, que deseó velar; y luego, sus sentidos se aturdieron gradualmente. Estaba en el lecho de Santa Catalina; el Loira se precipitaba debajo, y el salvaje viento arrasaba. ¿Qué tipo de sueños le enviaría la santa? ¿La conduciría a la desesperación, o le ofrecería su amparo para siempre?</p>
<p>Bajo la escarpada colina, sobre la oscura corriente, vigilaba otra persona, que temía a un millar de cosas y apenas se atrevía a tener esperanza. Su intención había sido preceder a la dama en su trayecto, pero cuando descubrió que se había demorado demasiado tiempo, con los remos silenciados y jadeante premura, se precipitó hacia la barca que contenía a su Constanza; y ni siquiera volvió la cabeza a su llamada, temeroso de incurrir en culpa ante ella, así como de sus órdenes de regresar. La había visto surgir del corredor, y se estremeció cuando ella se arrimó al precipicio. La vio seguir adelante, vestida de blanco como iba, y pudo advertir cómo se tumbaba en la repisa que sobresalía arriba. ¡Qué vigilia guardaron los amantes! Ella, entregada a pensamientos visionarios; y él, sabiendo —y el conocimiento conmovía su corazón con extraña emoción— que el amor, el amor por él, la había conducido a ese peligroso lecho; y que, mientras la rodeaban peligros del tipo que fueran, ella sólo vivía para la voz callada que susurraría a su corazón el sueño que iba a decidir su destino. Quizá ella durmiese, pero él veló y vigiló; y pasó la noche ora rezando, ora arrebatado por la esperanza y el miedo alternativamente, sentado en su, bote, con los ojos fijos en la vestidura blanca de la durmiente de arriba.</p>
<p>La mañana. ¿Está la mañana forcejeando con las nubes? ¿Vendrá la mañana a despertarla? ¿Se habrá dormido? Y ¿qué sueños de bienestar o de infortunio habrán poblado su dormir? Gaspar se impacientaba cada vez más. Ordenó a sus remeros que continuaran esperando, y él se arrojó al agua, intentando escalar el precipicio. En vano le advirtieron del peligro, y más aún, de la imposibilidad del empeño. Se pegó a la abrupta faz de la colina, y encontró puntos de apoyo donde parecía que no había. La ascensión no era, verdaderamente, muy elevada; los peligros de la cama de Santa Catalina provienen de la posibilidad que tiene cualquiera que duerma en un lecho tan estrecho, de precipitarse a las aguas de abajo. Gaspar continuó afanándose en la ascensión de la pendiente, y finalmente alcanzó las raíces de un árbol que crecía cerca de la cima. Ayudado por sus ramas, consiguió posarse —en el mismo borde de la repisa, cerca de la almohada sobre la que yacía la descubierta cabeza de su amada. Sus manos estaban recogidas sobre el pecho; su cabello oscuro le caía alrededor de la garganta y soportaba su mejilla; su rostro estaba sereno: dormía con toda su inocencia y todo su desamparo; sus más frenéticas emociones estaban silenciadas, y su corazón palpitaba regularmente. Podía verle latir por la elevación de sus hermosas manos cruzadas sobre él. Ninguna estatua labrada en mármol de efigie monumental fue nunca la mitad de hermosa; y dentro de esta incomparable forma moraba un alma verdadera, tierna, sacrificada y afectuosa, como jamás templó pecho humano.</p>
<p>¡Con qué profunda pasión miraba fijamente Gaspar, concibiendo esperanzas de la placidez de su angelical semblante! Una sonrisa ceñía sus labios; y él también sonrió involuntariamente al percibir el, feliz presagio. Súbitamente, sus mejillas se encendieron, su pecho palpitó, una lágrima se escabulló de sus oscuras pestañas, y entonces cayó un verdadero aguacero.</p>
<p>—¡No! —comenzó a gritar Constanza—. ¡No morirá! ¡Desataré sus cadenas! ¡Le salvaré!</p>
<p>La mano de Gaspar estaba allí. Cogió su ligera figura a punto de caerse de su peligroso lecho. Constanza abrió los ojos y contempló a su amante, que había velado su fatal sueño, y la había salvado.</p>
<p>Manon también durmió bien, soñando o no poco importa, y se sobrecogió por la mañana al descubrir que había despertado rodeada por una multitud. La pequeña y lúgubre capilla estaba adornada con tapices; el altar tenía cálices de oro; el sacerdote cantaba misa a una considerable formación de caballeros arrodillados. Manon vio que el rey Enrique estaba también; y buscó con la mirada a otro, que no pudo encontrar, cuando la puerta de acero del corredor de la caverna se abrió, y salió de él Gaspar de Vaudemont, delante de la hermosa Constanza, que, con sus ropas blancas y su oscuro cabello desgreñado, y un rostro en el que sonrisas y rubores contendían con emociones más profundas, se acercó al altar, y, arrodillándose con su amante, profirió los votos que los unirán para siempre.</p>
<p>Pasó mucho tiempo hasta que Gaspar consiguiera de su dama el secreto de su sueño. Pese a la felicidad de que ahora gozaba, Constanza había sufrido mucho al recordar con terror aquellos días en que pensó que el amor era un crimen, y que cada suceso conectado con ellos mostraba un aspecto atroz.</p>
<p>—Muchas visiones —dijo— tuvo ella aquella terrible noche. Vio en el Paraíso a los espíritus de su padre y de sus hermanos; contempló a Gaspar combatiendo victoriosamente entre los infieles; lo volvió a contemplar en la corte del rey Enrique, querido y favorecido; y a ella misma, ora lánguida en un claustro, ora de novia, ora agradecida al Cielo por haberla colmado de felicidad, ora llorando en sus días tristes, hasta que, súbitamente, pensó en tierra pagana; y a la misma santa, Santa Catalina, guiándola invisible a través de la ciudad de los infieles. Entró en un palacio y contempló a los herejes celebrando su victoria. Luego, descendiendo a las mazmorras de abajo, tantearon su camino a través de húmedas bóvedas, y corredores bajos y enmohecidos, hasta una celda más oscura y espantosa que el resto. Sobre el suelo yacía una forma humana vestida con sucios harapos, el pelo en desorden y una barba salvaje y enmarañada. Sus mejillas estaban consumidas; sus ojos habían perdido el brillo; su figura era un simple esqueleto; sus descarnados huesos pendían flojamente de unas cadenas</p>
<p>—Y ¿fue mi aspecto en aquella atractiva situación, y mi vestimenta victoriosa lo que ablandó el duro corazón de Constanza? —preguntó Gaspar, sonríen—, do por esta pintura de lo que nunca será.</p>
<p>—De veras —replicó Constanza—. Pues mi, corazón me susurró que debía hacer eso. ¿Quién podría hacer volver la, vida que mengua en vuestro pulso, restaurarla, sino la persona que la destruyó? Mi corazón nunca se apasionó tanto con el caballero, cuando estaba vivo y feliz, como lo hizo con su consumida imagen yaciendo, en sus visiones nocturnas, a mis pies. Un velo cayó de mis ojos la oscuridad se desvaneció ante mí. Me pareció entonces que sabía por vez primera lo que era la vida y la muerte. Me ordenaron creer que una vida feliz consistía en no ofender a los muertos; y sentí cuán inicua y cuán vana era esa falsa filosofía que colocaba a la virtud y al bien al lado del odio y la crueldad. Vos no moriríais; rompería vuestras cadenas y os liberaría, y os ofrecería una vida consagrada al amor. Me precipité, y la muerte que desaprobaba en vos, presumiblemente habría sido mía (justo cuando por vez primera sentía el verdadero valor de la vida), pero vuestro brazo estaba allí para salvarme, y vuestra querida voz para rogarme que sea feliz por siempre jamás.<br />
<strong><br />
Mary Wollstonecraft Shelley</strong></p>

<div class="sociable">

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		<title>El Rayo de Luna</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Mar 2009 04:03:44 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Gustavo Adolfo Becquer]]></category>
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		<description><![CDATA[Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un  cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo hay una  verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de los últimos en  aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación.
Otro, con esta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_1553" class="wp-caption alignright" style="width: 375px"><img class="size-full wp-image-1553" title="luna-4" src="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2009/03/luna-4.jpg" alt="luna-4" width="365" height="273" /><p class="wp-caption-text">El Rayo de Luna</p></div>
<p style="text-align: justify;">Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un  cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo hay una  verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de los últimos en  aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación.</p>
<p style="text-align: justify;">Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de  filosofía lacrimosa; yo he escrito esta leyenda que, a los que nada vean en su  fondo, al menos podrá entretenerles un rato.</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-1552"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Era noble, había nacido entre el estruendo de las  armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra no le hubiera hecho levantar  la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro pergamino en que  leía la última cantiga de un trovador.</p>
<p style="text-align: justify;">Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en  el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los potros,  los pajes enseñaban a volar a los halcones, y los soldados se entretenían los  días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor?  -preguntaba algunas veces su madre.</p>
<p style="text-align: justify;">-No sabemos -respondían sus servidores:- acaso estará  en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba,  prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los  muertos; o en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por  debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en  contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los  fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En  cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo.</p>
<p style="text-align: justify;">En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal  modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le  siguiese a todas partes.</p>
<p style="text-align: justify;">Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda  suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas  creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le  habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca  los había encerrado al escribirlos.</p>
<p style="text-align: justify;">Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban  espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro a lo largo  de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la  cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto  a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.</p>
<p style="text-align: justify;">Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los  musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas mujeres  misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros, o  cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio  intentando traducirlo.</p>
<p style="text-align: justify;">En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques,  en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas o escuchar sonidos  misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no  podía comprender.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para  sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a ésta porque era rubia, a  aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar  como un junco.</p>
<p style="text-align: justify;">Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de  quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un  vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los cambiantes  de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio,  exclamaba:</p>
<p style="text-align: justify;">-Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho,  que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo  de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas  serán las mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no  podré amarlas!&#8230; ¿Cómo será su hermosura?&#8230; ¿Cómo será su amor?&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le  siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente para hablar y gesticular a solas,  que es por donde se empieza.</p>
<p style="text-align: justify;">Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y  oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad  al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo  de la opuesta margen del río.</p>
<p style="text-align: justify;">En la época a que nos referimos, los caballeros de la  Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie  los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se veían, como en parte se  ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su  claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que  suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas.</p>
<p style="text-align: justify;">En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no  hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación,  abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del  hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían  encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de  álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de  césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados  caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a desplomarse, el jaramago,  flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y  azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos,  pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.</p>
<p style="text-align: justify;">Era de noche; una noche de verano, templada, llena de  perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena, en mitad de un  cielo azul, luminoso y transparente.</p>
<p style="text-align: justify;">Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía,  después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra  silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes  blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas  ruinas de los Templarios.</p>
<p style="text-align: justify;">La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había  ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar  en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del  Duero, Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de  temor y de júbilo.</p>
<p style="text-align: justify;">En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse  una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del  traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba  entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o  imposibles penetraba en los jardines.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Una mujer desconocida!&#8230; ¡En este sitio!&#8230;, ¡a  estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco -exclamó Manrique; y se lanzó en  su seguimiento, rápido como una saeta.</p>
<p style="text-align: justify;">Llegó al punto en que había visto perderse entre la  espesura de las ramas a la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde?  Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los  árboles como una claridad o una forma blanca que se movía.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye  como una sombra! -dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos las  redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos. Llegó  rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas hasta una especie de  rellano que iluminaba la claridad del cielo&#8230; ¡Nadie!</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Ah!, por aquí, por aquí va -exclamó entonces-. Oigo  sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra por el  suelo y roza en los arbustos; -y corría y corría como un loco de aquí para allá,  y no la veía. -Pero siguen sonando sus pisadas -murmuró otra vez;- creo que ha  hablado; no hay duda, ha hablado&#8230; El viento que suspira entre las ramas; las  hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír lo que ha dicho;  pero no hay duda, va por ahí, ha hablado&#8230; ha hablado&#8230; ¿En qué idioma? No sé,  pero es una lengua extranjera&#8230; Y tornó a correr en su seguimiento, unas veces  creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando que las ramas, por entre las  cuales había desaparecido, se movían; ya imaginando distinguir en la arena la  huella de sus propios pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume  especial que aspiraba a intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer  que se burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas  malezas. ¡Afán inútil!</p>
<p style="text-align: justify;">Vagó algunas horas de un lado a otro fuera de sí, ya  parándose para escuchar, ya deslizándose con las mayores precauciones sobre la  hierba, ya en una carrera frenética y desesperada.</p>
<p style="text-align: justify;">Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines  que bordaban la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas sobre que se  eleva la ermita de San Saturio.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tal vez, desde esta altura podré orientarme para  seguir mis pesquisas a través de ese confuso laberinto -exclamó trepando de peña  en peña con la ayuda de su daga.</p>
<p style="text-align: justify;">Llegó a la cima, desde la que se descubre la ciudad en  lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce a sus pies, arrastrando  una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que lo  encarcelan.</p>
<p style="text-align: justify;">Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la  vista a su alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no pudo  contener una blasfemia.</p>
<p style="text-align: justify;">La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que  dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a todo remo a la orilla opuesta.</p>
<p style="text-align: justify;">En aquella barca había creído distinguir una forma  blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer que había visto en los  Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas.  Se descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra,  cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose del  ancho capotillo de terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente.</p>
<p style="text-align: justify;">Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes que la  barca tocase en la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó jadeante y  cubierto de sudor a la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la  parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en  aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus  pardas almenas.</p>
<p style="text-align: justify;">Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar a los que  habían entrado por el postigo de San Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la  de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en su mente esta idea,  penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan, comenzó a  vagar por sus calles a la ventura.</p>
<p style="text-align: justify;">Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía,  estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo reinaba en ellas, silencio  que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro; ora el rumor de una  puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía sonar la  cadena que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas.</p>
<p style="text-align: justify;">Manrique, con el oído atento a estos rumores de la  noche, que unas veces le parecían los pasos de alguna persona que había doblado  ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de gentes  que hablaban a sus espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo  algunas horas, corriendo al azar de un sitio a otro.</p>
<p style="text-align: justify;">Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra,  oscuro y antiquísimo, y al detenerse brillaron sus ojos con una indescriptible  expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de aquel que  pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave que, pasando  a través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en el  negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente.</p>
<p style="text-align: justify;">-No cabe duda; aquí vive mi desconocida -murmuró el  joven en voz baja sin apartar un punto sus ojos de la ventana gótica;- aquí  vive. Ella entró por el postigo de San Saturio&#8230; por el postigo de San Saturio  se viene a este barrio&#8230; en este barrio hay una casa, donde pasada la media  noche aún hay gente en vela&#8230; ¿En vela? ¿Quién sino ella, que vuelve de sus  nocturnas excursiones, puede estarlo a estas horas?&#8230; No hay más; ésta es su  casa.</p>
<p style="text-align: justify;">En esta firme persuasión, y revolviendo en su cabeza  las más locas y fantásticas imaginaciones, esperó el alba frente a la ventana  gótica, de la que en toda la noche no faltó la luz ni él separó la vista un  momento.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que  daba entrada al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos los blasones de  su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y  agudo. Un escudero reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano,  restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de dientes capaces de  dar envidia a un cocodrilo.</p>
<p style="text-align: justify;">Verle Manrique y lanzarse a la puerta, todo fue obra de  un instante.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De  dónde es? ¿A qué ha venido a Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde, animal  -ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo violentamente, dirigió al  pobre escudero, el cual, después de mirarle un buen espacio de tiempo con ojos  espantados y estúpidos, le contestó con voz entrecortada por la sorpresa:</p>
<p style="text-align: justify;">-En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de  Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey, que herido en la guerra  contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus fatigas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero ¿y su hija? -interrumpió el joven impaciente;- ¿y  su hija, o su hermana; o su esposa, o lo que sea?</p>
<p style="text-align: justify;">-No tiene ninguna mujer consigo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡No tiene ninguna!&#8230; Pues ¿quién duerme allí en aquel  aposento, donde toda la noche he visto arder una luz?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que, como se  halla enfermo, mantiene encendida su lámpara hasta que amanece.</p>
<p style="text-align: justify;">Un rayo cayendo de improviso a sus pies no le hubiera  causado más asombro que el que le causaron estas palabras.</p>
<p style="text-align: justify;">-Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la  encuentro, estoy casi seguro de que he de conocerla&#8230; ¿En qué?&#8230; Eso es lo que  no podré decir&#8230; pero he de conocerla. El eco de sus pisadas o una sola palabra  suya que vuelva a oír, un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver,  me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar delante de mis  ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están  sonando aquí dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso  rumor de sus ininteligibles palabras&#8230; ¿Qué dijo?&#8230; ¿qué dijo? ¡Ah!, si yo  pudiera saber lo que dijo, acaso&#8230; pero aún sin saberlo la encontraré&#8230; la  encontraré; me lo da el corazón, y mi corazón no me engaña nunca. Verdad es que  ya he recorrido inútilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches y  noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado más de veinte  doblas en oro en hacer charlar a dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en  San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en su manto de anascote, que se  me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he  seguido como un tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus  holapandas era el del traje de mi desconocida; pero no importa&#8230; yo la he de  encontrar, y la gloria de poseerla excederá seguramente al trabajo de buscarla.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Cómo serán sus ojos?&#8230; Deben de ser azules, azules y  húmedos como el cielo de la noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son  tan expresivos, tan melancólicos, tan&#8230; Sí&#8230; no hay duda; azules deben de ser,  azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para que  floten&#8230; Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y eran  negros&#8230; no me engaño, no; eran negros.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y  adormidos, y una cabellera suelta, flotante y oscura, a una mujer alta&#8230;  porque&#8230; ella es alta, alta y esbelta como esos ángeles de las portadas de  nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso crepúsculo  las sombras de sus doseles de granito! ¡Su voz!&#8230; su voz la he oído&#8230; su voz  es suave como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar  acompasado y majestuoso como las cadencias de una música.</p>
<p style="text-align: justify;">Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis  sueños de adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que  odia lo que yo odio, que es un espíritu humano de mi espíritu, que es el  complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha  de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con  todas las facultades de mi alma?</p>
<p style="text-align: justify;">Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única  vez que le he visto&#8230; ¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y  el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las  ruinas, en el silencio de la noche?</p>
<p style="text-align: justify;">Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de  D. Alonso de Valdecuellos desengañó al iluso Manrique; dos meses durante los  cuales en cada hora había formado un castillo en el aire, que la realidad  desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había buscado en vano a  aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a  sus aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atravesar absorto en estas  ideas el puente que conduce a los Templarios, el enamorado joven se perdió entre  las intrincadas sendas de sus jardines.</p>
<p style="text-align: justify;">La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en  toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba con un rumor  dulcísimo entre las hojas de los árboles.</p>
<p style="text-align: justify;">Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su  recinto y miró a través de las macizas columnas de sus arcadas&#8230; Estaba  desierto.</p>
<p style="text-align: justify;">Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura alameda  que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella, cuando de sus labios se  escapó un grito de júbilo.</p>
<p style="text-align: justify;">Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo  del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya  amaba como un loco.</p>
<p style="text-align: justify;">Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha  visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el  suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros,  un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una  verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora,  estridente, horrible.</p>
<p style="text-align: justify;">Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a  brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un  instante.</p>
<p style="text-align: justify;">Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a  intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus  ramas.</p>
<p style="text-align: justify;">Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un  sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una  mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las  caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tú eres joven, tú eres hermoso -le decía aquélla;-  ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien ames, y  que amándote pueda hacerte feliz?</p>
<p style="text-align: justify;">-¡El amor!&#8230; El amor es un rayo de luna -murmuraba el  joven.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Por qué no despertáis de ese letargo? -le decía uno  de sus escuderos;- os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al  aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en la guerra se  encuentra la gloria.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡La gloria!&#8230; La gloria es un rayo de luna.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha  compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?</p>
<p style="text-align: justify;">-¡No! ¡No! -exclamó el joven incorporándose colérico en  su sitial-; no quiero nada&#8230; es decir, sí quiero&#8230; quiero que me dejéis  solo&#8230; Cantigas&#8230; mujeres&#8230; glorias&#8230; felicidad&#8230; mentiras todo, fantasmas  vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los  amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar un rayo de  luna.</p>
<p style="text-align: justify;">Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo  creía así. A mí, por el contrario, se me figuraba que lo que había hecho era  recuperar el juicio.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Gustavo Adolfo Bécquer</strong></p>

<div class="sociable">

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		<title>El Entierro Prematuro</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Mar 2009 04:10:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gotico]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Edgar Allan Poe]]></category>
		<category><![CDATA[El Entierro Prematuro]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Hay ciertos temas de interés  absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera  ficción. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o  desagradar. Sólo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la  verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por ejemplo, con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_1547" class="wp-caption alignright" style="width: 277px"><img class="size-full wp-image-1547" title="0898943235" src="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2009/03/0898943235.jpg" alt="0898943235" width="267" height="400" /><p class="wp-caption-text"> El Entierro Prematuro</p></div>
<p style="text-align: justify;">Hay ciertos temas de interés  absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera  ficción. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o  desagradar. Sólo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la  verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por ejemplo, con el más  intenso &#8220;dolor agradable&#8221; ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto  de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolomé o de la  muerte por asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero Negro de  Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la  historia. Como ficciones, nos parecerían sencillamente abominables. He  mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la  historia, pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es  lo que impresiona tan vivamente la imaginación. No necesito recordar al lector  que, del largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría haber escogido  muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera  de esos inmensos desastres generales. La verdadera desdicha, la aflicción  última, en realidad es particular, no difusa. ¡Demos gracias a Dios  misericordioso que los horrorosos extremos de agonía los sufra el hombre  individualmente y nunca en masa!</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-1546"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Ser enterrado  vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya  caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia,  con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que  separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e  indefinidos&#8230; ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro?  Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las  funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es más que una  suspensión, para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas temporales en el  incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso  principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas  fantásticas. La cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni  irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma?  Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión a priori de que tales  causas deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en  suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente entierros prematuros, aparte  de esta consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y  del vulgo que prueba que en realidad tienen lugar un gran número de estos  entierros. Yo podría referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos bien  probados. Uno de características muy asombrosas, y cuyas circunstancias igual  quedan aún vivas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurrió no hace mucho  en la vecina ciudad de Baltimore, donde causó una conmoción penosa, intensa y  muy extendida. La esposa de uno de los más respetables ciudadanos -abogado  eminente y miembro del Congreso- fue atacada por una repentina e inexplicable  enfermedad, que burló el ingenio de los médicos. Después de padecer mucho murió,  o se supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad no había motivos para  hacerlo, de que no estaba verdaderamente muerta. Presentaba todas las  apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído  y sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos no tenían  brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones. Durante tres días el cuerpo  estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. Resumiendo, se  adelantó el funeral por el rápido avance de lo que se supuso era descomposición.</p>
<p style="text-align: justify;">La dama fue depositada en la cripta familiar, que  permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar ese plazo se  abrió para recibir un sarcófago, pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al  marido cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar los portones, un objeto  vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer  con la mortaja puesta.</p>
<p style="text-align: justify;">Una cuidadosa investigación mostró la evidencia de que  había revivido a los dos días de ser sepultada, que sus luchas dentro del ataúd  habían provocado la caída de éste desde una repisa o nicho al suelo, y al  romperse el féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que  accidentalmente se había dejado llena de aceite, dentro de la tumba; puede, no  obstante, haberse consumido por evaporación. En los peldaños superiores de la  escalera que descendía a la espantosa cripta había un trozo del ataúd, con el  cual, al parecer, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la  puerta de hierro. Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o quizás murió  de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que  sobresalía hacia dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.</p>
<p style="text-align: justify;">En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de  inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen mucho a justificar la  afirmación de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la  historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade, una joven de ilustre  familia, rica y muy guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba Julien  Bossuet, un pobre littérateur [literato] o periodista de París. Su talento y su  amabilidad habían despertado la atención de la heredera, que, al parecer, se  había enamorado realmente de él, pero el orgullo de casta la llevó por fin a  rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y  diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio, sin embargo, este  caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a pegarle. Después de pasar unos  años desdichados ella murió; al menos su estado se parecía tanto al de la muerte  que engañó a todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una cripta, sino en  una tumba común, en su aldea natal. Desesperado y aún inflamado por el recuerdo  de su cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a la lejana provincia  donde se encontraba la aldea, con el romántico propósito de desenterrar el  cadáver y apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la tumba. A medianoche  desenterró el ataúd, lo abrió y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo  ante los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había sido enterrada viva.  Las pulsaciones vitales no habían desaparecido del todo, y las caricias de su  amado la despertaron de aquel letargo que equivocadamente había sido confundido  con la muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento en la aldea.  Empleó unos poderosos reconstituyentes aconsejados por sus no pocos  conocimientos médicos. En resumen, ella revivió. Reconoció a su salvador.  Permaneció con él hasta que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón no  era tan duro, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a  Bossuet. No volvió junto a su marido, sino que, ocultando su resurrección, huyó  con su amante a América. Veinte años después, los dos regresaron a Francia,  convencidos de que el paso del tiempo había cambiado tanto la apariencia de la  dama, que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer  encuentro monsieur Rénelle reconoció a su mujer y la reclamó. Ella rechazó la  reclamación y el tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias  y el largo período transcurrido habían abolido, no sólo desde un punto de vista  equitativo, sino legalmente la autoridad del marido.</p>
<p style="text-align: justify;">La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran  autoridad y mérito, que algún editor americano haría bien en traducir y  publicar, relata en uno de los últimos números un acontecimiento muy penoso que  presenta las mismas características.</p>
<p style="text-align: justify;">Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura  y salud excelente, fue derribado por un caballo indomable y sufrió una contusión  muy grave en la cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera fractura de  cráneo pero no se percibió un peligro inmediato. La trepanación se hizo con  éxito. Se le aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios comunes.  Pero cayó lentamente en un sopor cada vez más grave y por fin se le dio por  muerto.</p>
<p style="text-align: justify;">Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno  de los cementerios públicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo  siguiente, el parque del cementerio, como de costumbre, se llenó de visitantes,  y alrededor del mediodía se produjo un gran revuelo, provocado por las palabras  de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, había sentido  removerse la tierra, como si alguien estuviera luchando abajo. Al principio  nadie prestó demasiada atención a las palabras de este hombre, pero su evidente  terror y la terca insistencia con que repetía su historia produjeron, al fin, su  natural efecto en la muchedumbre. Algunos con rapidez consiguieron unas palas, y  la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que  dejó al descubierto la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de que estaba  muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en furiosa  lucha, había levantado parcialmente. Inmediatamente lo llevaron al hospital más  cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia. Después de unas  horas volvió en sí, reconoció a algunas personas conocidas, y con frases  inconexas relató sus agonías en la tumba.</p>
<p style="text-align: justify;">Por lo que dijo, estaba claro que la víctima mantuvo la  conciencia de vida durante más de una hora después de la inhumación, antes de  perder los sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse, con una tierra  muy porosa, sin aplastar, y por eso le llegó un poco de aire. Oyó los pasos de  la multitud sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El tumulto en el  parque del cementerio, dijo, fue lo que seguramente lo despertó de un profundo  sueño, pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror de su situación.  Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando y parecía encaminado  hacia un restablecimiento definitivo, cuando cayó víctima de la charlatanería de  los experimentos médicos. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto  en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.</p>
<p style="text-align: justify;">La mención de la batería galvánica, sin embargo, me  trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, en que su acción  resultó ser la manera de devolver la vida a un joven abogado de Londres que  estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en 1831, y entonces causó profunda  impresión en todas partes, donde era tema de conversación.</p>
<p style="text-align: justify;">El paciente, el señor Edward Stapleton, había muerto,  aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada de unos síntomas anómalos que  despertaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente fallecimiento,  se pidió a sus amigos la autorización para un examen postmórtem (autopsia), pero  éstos se negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas, los médicos  decidieron desenterrar el cuerpo y examinarlo a conciencia, en privado.  Fácilmente llegaron a un arreglo con uno de los numerosos grupos de ladrones de  cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después del entierro el  supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y  depositado en el quirófano de un hospital privado.</p>
<p style="text-align: justify;">Al practicársele una incisión de cierta longitud en el  abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la idea de aplicar la  batería. Hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada  de particular en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia  de vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.</p>
<p style="text-align: justify;">Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno, al  fin, proceder inmediatamente a la disección. Pero uno de los estudiosos tenía un  deseo especial de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar la  batería a uno de los músculos pectorales. Tras realizar una tosca incisión, se  estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento  rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hacia el centro de la  habitación, miró intranquilo a su alrededor unos instantes y entonces habló. Lo  que dijo fue ininteligible, pero pronunció algunas palabras, y silabeaba  claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente al suelo.</p>
<p style="text-align: justify;">Durante unos momentos todos se quedaron paralizados de  espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se  vio que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido. Después de  administrarle éter volvió en sí y rápidamente recobró la salud, retornando a la  sociedad de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les ocultó toda noticia sobre  la resurrección hasta que ya no se temía una recaída. Es de imaginar la  maravilla de aquellos y su extasiado asombro.</p>
<p style="text-align: justify;">El dato más espeluznante de este incidente, sin  embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo señor Stapleton. Declaró que en  ningún momento perdió todo el sentido, que de un modo borroso y confuso percibía  todo lo que le estaba ocurriendo desde el instante en que fuera declarado muerto  por los médicos hasta cuando cayó desmayado en el piso del hospital. &#8220;Estoy  vivo&#8221;, fueron las incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de  disección, había intentado pronunciar en aquel grave instante de peligro.</p>
<p style="text-align: justify;">Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero me  abstengo, porque en realidad no nos hacen falta para establecer el hecho de que  suceden entierros prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces en que,  por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de descubrirlos, debemos  admitir que tal vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos. En realidad,  casi nunca se han removido muchas tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin  que aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la más espantosa de las  sospechas. La sospecha es espantosa, pero es más espantoso el destino. Puede  afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de  la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La  insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra  húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la  oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible  pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos  del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos  amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la  conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la  de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún  palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la  imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra,  no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno.  Y por eso todos los relatos sobre este tema despiertan un interés profundo,  interés que, sin embargo, gracias a la temerosa reverencia hacia este tema,  depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto  narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi experiencia  efectiva y personal..</p>
<p style="text-align: justify;">Durante varios años sufrí ataques de ese extraño  trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre  que mejor lo defina. Aunque tanto las causas inmediatas como las  predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad siguen siendo  misteriosas, su carácter evidente y manifiesto es bien conocido. Las variaciones  parecen serlo, principalmente, de grado. A veces el paciente se queda un solo  día o incluso un período más breve en una especie de exagerado letargo. Está  inconsciente y externamente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se  perciben débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve coloración persiste  en el centro de las mejillas y, al aplicar un espejo a los labios, podemos  detectar una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces  el trance dura semanas e incluso meses, mientras el examen más minucioso y las  pruebas médicas más rigurosas no logran establecer ninguna diferencia material  entre el estado de la víctima y lo que concebimos como muerte absoluta. Por  regla general, lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que saben que sufría  anteriormente de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo le  salva la ausencia de corrupción. La enfermedad, por fortuna, avanza  gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas.  Los ataques son cada vez más característicos y cada uno dura más que el  anterior. En esto reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación. El  desdichado cuyo primer ataque tuviera la gravedad con que en ocasiones se  presenta, sería casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi propio caso no difería en ningún detalle importante  de los mencionados en los textos médicos. A veces, sin ninguna causa aparente,  me hundía poco a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado,  sin dolor, sin capacidad de moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa  y letárgica conciencia de la vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama,  duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente, el perfecto  conocimiento. Otras veces el ataque era rápido, fulminante. Me sentía enfermo,  aterido, helado, con escalofríos y mareos, y, de repente, me caía postrado.  Entonces, durante semanas, todo estaba vacío, negro, silencioso y la nada se  convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor. Despertaba,  sin embargo, de estos últimos ataques lenta y gradualmente, en contra de lo  repentino del acceso. Así como amanece el día para el mendigo que vaga por las  calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta,  cansada, alegre volvía a mí la luz del alma. Pero, aparte de esta tendencia al  síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera podido percibir que sufría  esta enfermedad, a no ser que una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse  provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar en seguida el uso  completo de mis facultades, y permanecía siempre durante largo rato en un estado  de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades mentales en general y la  memoria en particular se encontraban en absoluta suspensión.</p>
<p style="text-align: justify;">En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico,  sino una infinita angustia moral. Mi imaginación se volvió macabra. Hablaba de  &#8220;gusanos, de tumbas, de epitafios&#8221;. Me perdía en meditaciones sobre la muerte, y  la idea del entierro prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante peligro  al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la  tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema, Cuando  las tétricas tinieblas se extendían sobre la tierra, entonces, presa de los más  horribles pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas plumas de un coche  fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una lucha  que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía pensando que, al despertar,  podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, por fin, me hundía en el sueño,  lo hacía sólo para caer de inmediato en un mundo de fantasmas, sobre el cual  flotaba con inmensas y tenebrosas alas negras la única, predominante y sepulcral  idea. De las innumerables imágenes melancólicas que me oprimían en sueños elijo  para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en un trance  cataléptico de más duración y profundidad que lo normal. De repente una mano  helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi  oído: &#8220;¡Levántate!&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la  figura del que me había despertado. No podía recordar ni la hora en que había  caído en trance, ni el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil,  intentando ordenar mis pensamientos, la fría mano me agarró con fuerza por la  muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo:</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y tú &#8211; pregunté- quién eres?</p>
<p style="text-align: justify;">-No tengo nombre en las regiones donde habito -replicó  la voz tristemente-. Fui un hombre y soy un espectro. Era despiadado, pero soy  digno de lástima. Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes cuando hablo, pero  no es por el frío de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es  insoportable. ¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan descansar los gritos  de estas largas agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo soportar.  ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja que te muestre las tumbas.  ¿No es este un espectáculo de dolor?&#8230; ¡Mira!</p>
<p style="text-align: justify;">Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome  la muñeca consiguió abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían  las irradiaciones fosfóricas de la descomposición, de forma que pude ver sus más  escondidos rincones y los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con  el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían, aunque fueran muchos millones,  eran menos que los que no dormían en absoluto, y había una débil lucha, y había  un triste y general desasosiego, y de las profundidades de los innumerables  pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y, entre  aquellos que parecían descansar tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en  mayor o menor grado, la rígida e incómoda postura en que fueron sepultados. Y la  voz me habló de nuevo, mientras contemplaba:</p>
<p style="text-align: justify;">-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?</p>
<p style="text-align: justify;">Pero, antes de que encontrara palabras para contestar,  la figura había soltado mi muñeca, las luces fosfóricas se extinguieron y las  tumbas se cerraron con repentina violencia, mientras de ellas salía un tumulto  de gritos desesperados, repitiendo: &#8220;¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un  espectáculo lastimoso?&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">Fantasías como ésta se presentaban por la noche y  extendían su terrorífica influencia incluso en mis horas de vigilia. Mis nervios  quedaron destrozados, y fui presa de un horror continuo. Ya no me atrevía a  montar a caballo, a pasear, ni a practicar ningún ejercicio que me alejara de  casa. En realidad, ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia de los  que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de esos  ataques, me enterraran antes de conocer mi estado realmente. Dudaba del cuidado  y de la lealtad de mis amigos más queridos. Temía que, en un trance más largo de  lo acostumbrado, se convencieran de que ya no había remedio. Incluso llegaba a  temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar  que un ataque prolongado era la excusa suficiente para librarse definitivamente  de mí. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les  exigía, con los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me  enterraran hasta que la descomposición estuviera tan avanzada, que impidiese la  conservación. Y aun así mis terrores mortales no hacían caso de razón alguna, no  aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie de complejas precauciones. Entre  otras, mandé remodelar la cripta familiar de forma que se pudiera abrir  fácilmente desde dentro. A la más débil presión sobre una larga palanca que se  extendía hasta muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los portones de  hierro. También estaba prevista la entrada libre de aire y de luz, y adecuados  recipientes con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme.  Este ataúd estaba acolchado con un material suave y cálido y dotado de una tapa  elaborada según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo resortes  ideados de forma que el más débil movimiento del cuerpo sería suficiente para  que se soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana,  cuya soga pasaría (estaba previsto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a  una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la precaución contra el destino  del hombre? ¡Ni siquiera estas bien urdidas seguridades bastaban para librar de  las angustias más extremas de la inhumación en vida a un infeliz destinado a  ellas!</p>
<p style="text-align: justify;">Llegó una época -como me había ocurrido antes a menudo-  en que me encontré emergiendo de un estado de total inconsciencia a la primera  sensación débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con paso de tortuga,  se acercaba el pálido amanecer gris del día psíquico. Un desasosiego aletargado.  Una sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación, ninguna esperanza,  ningún esfuerzo. Entonces, después de un largo intervalo, un zumbido en los  oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más largo, una sensación de hormigueo o  comezón en las extremidades; después, un período aparentemente eterno de  placentera quietud, durante el cual las sensaciones que se despiertan luchan por  transformarse en pensamientos; más tarde, otra corta zambullida en la nada;  luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado;  e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido,  que envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el  primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer intento de recordar. Y  entonces, un éxito parcial y evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado  tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia de mi estado. Siento  que no me estoy despertando de un sueño corriente. Recuerdo que he sufrido de  catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, el  único peligro horrendo, la única idea espectral y siempre presente abruma mi  espíritu estremecido.</p>
<p style="text-align: justify;">Unos minutos después de que esta fantasía se apoderase  de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué? No podía reunir valor para moverme. No me  atrevía a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi  corazón me susurraba que era seguro. La desesperación -tal como ninguna otra  clase de desdicha produce-, sólo la desesperación me empujó, después de una  profunda duda, a abrir mis pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo  oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía que la situación crítica de  mi trastorno había pasado. Sabía que había recuperado el uso de mis facultades  visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro, con la intensa y absoluta  falta de luz de la noche que dura para siempre.</p>
<p style="text-align: justify;">Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se  movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió de los cavernosos pulmones,  que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el  corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.  El movimiento de las  mandíbulas, en el esfuerzo por gritar, me mostró que estaban atadas, como se  hace con los muertos. Sentí también que yacía sobre una materia dura, y algo  parecido me apretaba los costados. Hasta entonces no me había atrevido a mover  ningún miembro, pero al fin levanté con violencia mis brazos, que estaban  estirados, con las muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida, que se  extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de  que reposaba al fin dentro de un ataúd.</p>
<p style="text-align: justify;">Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha, vino  dulcemente la esperanza, como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me  retorcí e hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no se movía. Me toqué  las muñecas buscando la soga: no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para  siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó triunfante pues no pude  evitar percatarme de la ausencia de las almohadillas que había preparado con  tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis narices el fuerte y peculiar  olor de la tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la  cripta. Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos, no podía  recordar cuándo y cómo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en  algún ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo tierra, bajo tierra y  para siempre, en alguna tumba común y anónima.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando este horrible convencimiento se abrió paso con  fuerza hasta lo más íntimo de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este  segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o alarido de  agonía resonó en los recintos de la noche subterránea.</p>
<p style="text-align: justify;">-Oye, oye, ¿qué es eso? -dijo una áspera voz, como  respuesta.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué diablos pasa ahora? -dijo un segundo..</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Fuera de ahí! -dijo un tercero.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato montés?  -dijo un cuarto.</p>
<p style="text-align: justify;">Y entonces unos individuos de aspecto rudo me sujetaron  y me sacudieron sin ninguna consideración. No me despertaron del sueño, pues  estaba completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron la plena  posesión de mi memoria.</p>
<p style="text-align: justify;">Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia.  Acompañado de un amigo, había bajado, en una expedición de caza, unas millas por  las orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una  tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de  tierra vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le sacamos el mayor  provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas;  no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta  toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Tenía una anchura de  dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era exactamente la  misma. Me resultó muy difícil meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente,  y toda mi visión -pues no era ni un sueño ni una pesadilla- surgió naturalmente  de las circunstancias de mi postura, de la tendencia habitual de mis  pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado, de concentrar mis  sentidos y sobre todo de recobrar la memoria durante largo rato después de  despertarme. Los hombres que me sacudieron eran los tripulantes de la chalupa y  algunos jornaleros contratados para descargarla. De la misma carga procedía el  olor a tierra. La venda en torno a las mandíbulas era un pañuelo de seda con el  que me había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.</p>
<p style="text-align: justify;">Las torturas que soporté, sin embargo, fueron  indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran de  un horror inconcebible, increíblemente espantosas; pero del mal procede el bien,  pues su mismo exceso provocó en mi espíritu una reacción inevitable. Mi alma  adquirió temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros. Respiré aire puro.  Pensé en más cosas que en la muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el libro  de Buchan. No leí más pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre  cementerios, ni cuentos de miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí en un  hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde aquella noche memorable descarté  para siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se desvanecieron los  achaques catalépticos, de los cuales quizá fueran menos consecuencia que causa.  Hay momentos en que, incluso para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra  triste humanidad puede parecer el infierno, pero la imaginación del hombre no es  Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de  los terrores sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria,  pero los demonios, en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen  que dormir o nos devorarán&#8230;, hay que permitirles que duerman, o pereceremos.</p>
<p><strong>Edgar Allan Poe</strong><span style="font-family: TimelessTLig;"><span style="color: #800000;"><br />
</span></span></p>

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		<title>El Gnomo</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Mar 2009 04:07:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gotico]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[El Gnomo]]></category>
		<category><![CDATA[Gustavo Adolfo Becquer]]></category>
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		<description><![CDATA[Las muchachas del lugar volvían de la fuente con sus cántaros en la cabeza, volvían cantando y riendo con un ruido y una algazara que sólo pudieran compararse a la alegre algarabía de una banda de golondrinas cuando revolotean espesas como el granizo alrededor de la veleta de un campanario.
En el pórtico de la iglesia, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_1508" class="wp-caption alignright" style="width: 381px"><img class="size-full wp-image-1508" title="david_el_gnomo" src="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2009/03/david_el_gnomo.jpg" alt="david_el_gnomo" width="371" height="264" /><p class="wp-caption-text">El Gnomo</p></div>
<p style="text-align: justify;">Las muchachas del lugar volvían de la fuente con sus cántaros en la cabeza, volvían cantando y riendo con un ruido y una algazara que sólo pudieran compararse a la alegre algarabía de una banda de golondrinas cuando revolotean espesas como el granizo alrededor de la veleta de un campanario.</p>
<p>En el pórtico de la iglesia, y sentado al pie de un enebro, estaba el tío Gregorio. El tío Gregorio era el más viejecito del lugar: tenía cerca de noventa navidades, el pelo blanco, la boca de risa, los ojos alegres y las manos temblonas. De niño fue pastor, de joven soldado; después cultivó una pequeña heredad, patrimonio de sus padres, hasta que, por último, le faltaron las fuerzas y se sentó tranquilo a esperar la muerte, que ni temía ni deseaba. Nadie contaba un chascarrillo con más gracia que él, ni sabía historias más estupendas, ni traía a cuento tan oportunamente un refrán, una sentencia o un adagio.<br />
<span id="more-1507"></span><br />
Las muchachas, al verle, apresuraron el paso con ánimo de irle a hablar, y cuando estuvieron en el pórtico, todas comenzaron a suplicarle que les contase una historia con que entretener el tiempo que aún faltaba para hacerse de noche, que no era mucho, pues el sol poniente hería de soslayo la tierra, y las sombras de los montes se dilataban por momentos a lo largo de la llanura. El tío Gregorio escuchó sonriendo la petición de las muchachas, las cuales, una vez obtenida la promesa de que les refería alguna cosa, dejaron los cántaros en el suelo, y sentándose a su alrededor formaron un corro, en cuyo centro quedó el viejecito, que comenzó a hablarles de esta manera:</p>
<p>-No os contaré una historia, porque aunque recuerdo algunas en este momento, atañen a cosas tan graves, que ni vosotras, que sois unas locuelas, me prestaríais atención para escucharlas, ni a mí, por lo avanzado de la tarde, me quedaría espacio para referirlas. Os daré en su lugar un consejo.<br />
-¡Un consejo! -exclamaron las muchachas con aire visible de mal humor- ¡Bah!, no es para oír consejos para lo que nos hemos detenido; cuando nos hagan falta ya nos los dará el señor cura.<br />
-Es -prosiguió el anciano con su habitual sonrisa y su voz cascada y temblona- que el señor cura acaso no sabría dárosle en esta ocasión tan oportuna como os lo puede dar el tío Gregorio; porque él, ocupado en sus rezos y letanías, no habrá echado, como yo, de ver que cada día vais por agua a la fuente más temprano y volvéis más tarde.</p>
<p>Las muchachas se miraron entre sí con una imperceptible sonrisa de burla: no faltando algunas de las que estaban colocadas a sus espaldas que se tocasen la frente con el dedo, acompañando su acción con un gesto significativo.</p>
<p>-¿Y qué mal encontráis en que nos detengamos en la fuente charlando un rato con las amigas y vecinas?&#8230; -dijo una de ellas-. ¿Andan acaso chismes en el lugar porque los mozos salen al camino a echarnos flores o vienen a brindarse para traer nuestros cántaros hasta la entrada del pueblo?<br />
-De todo hay -contestó el viejo a la moza que le había dirigido la palabra en nombre de sus compañeras-. Las viejas del lugar murmuran de que hoy vayan las muchachas a loquear y entretenerse a un sitio al cual ellas llegaban de prisa y temblando a tomar el agua, pues sólo de allí puede traerse; y yo encuentro mal que perdáis poco a poco el temor que a todos inspira el sitio donde se halla la fuente, porque podría acontecer que alguna vez os sorprendiese en él la noche.</p>
<p>El tío Gregorio pronunció estas últimas palabras con un tono tan lleno de misterio, que las muchachas abrieron los ojos espantadas para mirarle, y con mezcla de curiosidad y burla tornaron a insistir:<br />
-¡La noche! ¿Pues qué pasa de noche en ese sitio, que tales aspavientos hacéis y con tan temerosas y oscuras palabras nos habláis de lo que allí podría acontecernos? ¿Se nos comerán acaso los lobos?<br />
-Cuando el Moncayo se cubre de nieve, los lobos, arrojados de sus guaridas, bajan en rebaños por su falda, y más de una vez los hemos oído aullar en horroroso concierto, no sólo en los alrededores de la fuente, sino en las mismas calles del lugar; pero no son los lobos los huéspedes más terribles del Moncayo: en sus profundas simas, en sus cumbres solitarias y ásperas, en su hueco seno, viven unos espíritus diabólicos que durante la noche bajan por sus vertientes como un enjambre, y pueblan el vacío, y hormiguean en la llanura, y saltan de roca en roca, juegan entre las aguas o se mecen en las desnudas ramas de los árboles. Ellos son los que aúllan en las grietas de las peñas; ellos los que forman y empujan esas inmensas bolas de nieve que bajan rodando desde los altos picos y arrollan y aplastan cuanto encuentran a su paso; ellos los que llaman con el granizo a nuestros cristales en las noches de lluvia y corren como llamas azules y ligeras sobre el haz de los pantanos. Entre estos espíritus que, arrojados de las llanuras por las bendiciones y los exorcismos de la Iglesia, han ido a refugiarse a las crestas inaccesibles de las montañas, los hay de diferente naturaleza y que al parecer a nuestros ojos se revisten de formas variadas. Los más peligrosos, sin embargo, los que se insinúan con dulces palabras en el corazón de las jóvenes y las deslumbran con promesas magníficas, son los gnomos. Los gnomos viven en las entrañas de los montes; conocen sus caminos subterráneos, y, eternos guardadores de los tesoros que encierran, velan día y noche junto a los veneros de los metales y las piedras preciosas. ¿Veis? -prosiguió el viejo señalando con el palo que le servía de apoyo la cumbre del Moncayo, que se levantaba a su derecha, destacándose oscuro y gigantesco sobre el cielo violado y brumoso del crepúsculo-, ¿veis esa inmensa mole coronada aún de nieve?, pues en su seno tienen sus moradas esos diabólicos espíritus. El palacio que habitan es horroroso y magnífico a la vez.</p>
<p>Hace muchos años que un pastor, siguiendo a una res extraviada, penetró por la boca de una de esas cuevas, cuyas entradas cubren espesos matorrales y cuyo fin no ha visto ninguno. Cuando volvió al lugar, estaba pálido como la muerte; había sorprendido el secreto de los gnomos; había respirado su envenenada atmósfera, y pagó su atrevimiento con la vida; pero antes de morir refirió cosas estupendas. Andando por aquella caverna adelante, había encontrado al fin unas galerías subterráneas e inmensas, alumbradas con un resplandor dudoso y fantástico, producido, por la fosforescencia de las rocas, semejantes allí a grandes pedazos de cristal cuajado de en mil formas caprichosas y extrañas. El suelo, la bóveda y las paredes de aquellos extensos salones, obra de la Naturaleza, parecían jaspeados como los mármoles más ricos; pero las vetas que los cruzaban eran de oro y plata, y entre aquellas vetas brillantes se veían como incrustadas multitud de piedras preciosas de todos los colores y tamaños. Allí había jacintos y esmeraldas en montón, y diamantes, y rubíes, y zafiros, y qué sé yo, otras muchas piedras desconocidas que él no supo nombrar; pero tan grandes y tan hermosas, que sus ojos se deslumbraron al contemplarlas. Ningún ruido exterior llegaba al fondo de la fantástica caverna; sólo se percibían a intervalos unos gemidos largos y lastimosos del aire que discurría por aquel laberinto encantado, un rumor confuso de fuego subterráneo que hervía comprimido, y murmullos de aguas corrientes que pasaban sin saberse por dónde.</p>
<p>El pastor, sólo y perdido en aquella inmensidad, anduvo no sé cuantas horas sin hallar la salida, hasta que por último tropezó con el nacimiento del manantial cuyo murmullo había oído. Éste brotaba del suelo como una fuente maravillosa, con un salto de agua coronado de espuma, que caía firmando una vistosa cascada y produciendo un murmullo sonoro al alejarse resbalando por entre las quebraduras de las peñas. A su alrededor crecían unas plantas nunca vistas, con hojas anchas y gruesas las unas, delgadas y largas como cintas flotantes las otras. Medio escondidos entre aquella húmeda frondosidad discurrían unos seres extraños, en parte hombres, en parte reptiles, o ambas cosas a la vez, pues transformándose continuamente, ora parecían criaturas humanas, deformes y pequeñuelas, ora salamandras luminosas o llamas fugaces que danzaban en círculos sobre la cúspide del surtidor. Allí, agitándose en todas direcciones, corriendo por el suelo en forma de enanos repugnantes y contrahechos, encaramándose en las paredes, babeando y retorciéndose en figura de reptiles, o bailando con apariencia de fuegos fatuos sobre el haz del agua, andaban los gnomos, señores de aquellos lugares, cantando y removiendo sus fabulosas riquezas. Ellos saben dónde guardan los avaros esos tesoros que en vano buscan después los herederos; ellos conocen el lugar donde los moros, antes de huir, ocultaron sus joyas; y las alhajas que se pierden, las monedas que se extravían, todo lo que tiene algún valor y desaparece, ellos son los que lo buscan, lo encuentran y lo roban, para esconderlo en sus guaridas, porque ellos saben andar todo el mundo por debajo de la tierra y por caminos secretos e ignorados. Allí tenían, pues, hacinados en montón toda clase de objetos raros y preciosos. Había joyas de un valor inestimable, collares y gargantillas de perlas y piedras finas; ánforas de oro, de forma antiquísima, llenas de rubíes; copas cinceladas, armas ricas, monedas con bustos y leyendas imposibles de conocer o descifrar; tesoros, en fin, tan fabulosos e inmensos, que la imaginación apenas puede concebirlos. Y todo brillaba a la vez lanzando unas chispas de colores y unos reflejos tan vivos, que parecía como que todo estaba ardiendo y se movía y temblaba. Al menos, el pastor refirió que así le había parecido.</p>
<p>Al llegar aquí el anciano se detuvo un momento: las muchachas, que comenzaron por oír la relación del tío Gregorio con una sonrisa de burla, guardaban entonces un profundo silencio, esperando a que continuase, con los ojos espantados, los labios ligeramente entreabiertos y la curiosidad y el interés pintados en el rostro. Una de ellas rompió al fin el silencio y exclamó sin poderse contener, entusiasmada al oír la descripción de las fabulosas riquezas que se habían ofrecido a la vista del pastor:<br />
-Y qué, ¿no se trajo nada de aquello?<br />
-Nada -contestó el tío Gregorio.<br />
-¡Qué tonto! -exclamaron en coro las muchachas.<br />
-El cielo le ayudó en el trance -prosiguió el anciano-, pues en aquel momento en que la avaricia, que a todo se sobrepone, comenzaba a disipar su miedo, y alucinado a la vista de aquellas joyas, de las cuales una sola bastaría a hacerle poderoso, el pastor iba a apoderarse de algunas, dice que oyó, ¡maravillaos del suceso!, oyó claro y distinto en aquellas profundidades, y a pesar de las carcajadas y las voces de los gnomos, del hervidero del fuego subterráneo, del rumor de las aguas corrientes y de los lamentos del aire, oyó, digo, como si estuviese al pie de la colina en que se encuentra, el clamor de la campana que hay en la ermita de Nuestra Señora del Moncayo.</p>
<p>Al oír la campana que tocaba el Ave-María, el pastor cayó al suelo invocando a la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, y sin saber cómo ni por dónde se encontró fuera de aquellos lugares, y en el camino que conduce al pueblo, echado en una senda y presa de un gran estupor, como si hubiera salido de un sueño.</p>
<p>Desde entonces se explicó todo el mundo por qué la fuente del lugar trae a veces entre sus aguas como un polvo finísimo de oro; y cuando llega la noche, en el rumor que produce, se oyen palabras confusas, palabras engañosas con que los gnomos que la inficionan desde su nacimiento procuran seducir a los incautos que les prestan oídos, prometiéndoles riquezas y tesoros que han de ser su condenación.</p>
<p>Cuando el tío Gregorio llegaba a este punto de su historia, ya la noche había entrado y la campana de la iglesia comenzó a tocar las oraciones. Las muchachas se persignaron devotamente, murmurando un Ave-María en voz baja, y después de despedirse del tío Gregorio, que les tornó a aconsejar que no perdieran el tiempo en la fuente, cada cual tomó su cántaro, y todas juntas salieron silenciosas y preocupadas del atrio de la iglesia. Ya lejos del sitio en que se encontraron al viejecito, y cuando estuvieron en la plaza del lugar donde habían de separarse, exclamó la más resuelta y decidora de ellas:<br />
-¿Vosotras creéis algo de las tonterías que nos ha contado el tío Gregorio?<br />
-¡Yo no! -dijo una.<br />
-¡Yo tampoco! -exclamó otra.<br />
-¡Ni yo! ¡Ni yo! -repitieron las demás, burlándose con risas de su credulidad de un momento.</p>
<p>El grupo de las mozuelas se disolvió alejándose cada cual hacia uno de los extremos de la plaza. Luego que doblaron las esquinas de las diferentes calles que venían a desembocar a aquel sitio, dos muchachas, las únicas que no habían desplegado aún los labios para protestar con sus burlas de la veracidad del tío Gregorio, y que, preocupadas con la maravillosa relación, parecían absortas en sus ideas, se marcharon juntas y con esa lentitud propia de las personas distraídas, por una calleja sombría, estrecha y tortuosa. De aquellas dos muchachas, la mayor, que parecía tener unos veinte años, se llamaba Marta; y la más pequeña, que aún no había cumplido los dieciséis, Magdalena.</p>
<p>El tiempo que duró el camino, ambas guardaron un profundo silencio; pero cuando llegaron a los umbrales de su casa y dejaran los cántaros en el asiento de piedra del portal, Marta dijo a Magdalena: -¿Y tú crees en las maravillas del Moncayo y en los espíritus de la fuente?&#8230; -Yo -contestó Magdalena con sencillez-, yo creo en todo. ¿Dudas tú acaso? -¡Oh, no! se apresuró a interrumpir Marta; -yo también creo en todo, en todo lo que deseo creer.</p>
<p>II.<br />
Marta y Magdalena eran hermanas. Huérfanas desde los primeros años de la niñez, vivían miserablemente a la sombra de una parienta de su madre que las había recogido por caridad, y que a cada paso les hacía sentir con sus dicterios y sus humillantes palabras el peso de su beneficio. Todo parecía contribuir a que se estrechasen los lazos del cariño entre aquellas dos almas hermanas, no sólo por el vínculo de la sangre, sino por los de la miseria y el sufrimiento, y, sin embargo, entre Marta y Magdalena existían una sorda emulación, una secreta antipatía que sólo pudiera explicar el estudio de sus caracteres, tan en absoluta contraposición como sus tipos.</p>
<p>Marta era altiva, vehemente en sus inclinaciones y de una rudeza salvaje en la expresión de sus afectos: no sabía ni reír ni llorar, y por eso no había llorado ni reído nunca. Magdalena, por el contrario, era humilde, amante, bondadosa, y en más de una ocasión se la vio llorar y reír a la vez como los niños.</p>
<p>Marta tenía los ojos más negros que la noche, y de entre sus oscuras pestañas diríase que a intervalos saltaban chispas de fuego como de un carbón ardiente.</p>
<p>La pupila azul de Magdalena parecía nadar en un fluido de luz dentro del cerco de oro de sus pestañas rubias. Y todo era en ellas armónico con la diversa expresión de sus ojos. Marta, enjuta de carnes, quebrada de color, de estatura esbelta, movimientos rígidos y cabellos crespos y oscuros, que sombreaban su frente y caían por sus hombros como un manto de terciopelo: formaba un singular contraste con Magdalena, blanca, rosada, pequeña, infantil en su fisonomía y sus formas, y con unas trenzas rubias que rodeaban sus sienes, semejantes al nimbo dorado de la cabeza de un ángel.</p>
<p>A pesar de la inexplicable repulsión que sentían la una por la otra, las dos hermanas habían vivido hasta entonces en una especie de indiferencia, que hubiera podido confundirse con la paz y el afecto: no habían tenido caricias que disputarse, ni preferencias que envidiar; iguales en la desgracia y el dolor. Marta se había encerrado para sufrir en un egoísta y altivo silencio: y Magdalena, encontrando seco el corazón de su hermana, lloraba a solas cuando las lágrimas se agolpaban involuntariamente a sus ojos.</p>
<p>Ningún sentimiento era común entre ellas; nunca se confiaron sus alegrías y sus pesares, y sin embargo, el único secreto que procuraban esconder en lo más profundo del corazón, se lo habían adivinado mutuamente con ese instinto maravilloso de la mujer enamorada y celosa. Marta y Magdalena tenían efectivamente puestos sus ojos en un mismo hombre.</p>
<p>La pasión de la una era el deseo tenaz, hijo de un carácter indomable y voluntarioso; en la otra, el cariño se parecía a esa vaga y espontánea ternura de la adolescencia, que necesitando un objeto en qué emplearse, ama el primero que se ofrece a su vista. Ambas guardaban el secreto de su amor, porque el hombre que lo había inspirado tal vez hubiera hecho mofa de un cariño que se podía interpretar como ambición absurda en unas muchachas plebeyas y miserables. Ambas, a pesar de la distancia que las separaba del objeto de su pasión, alimentaban una esperanza remota de poseerle.</p>
<p>Cerca del lugar, y sobre un alto que dominaba los contornos, había un antiguo castillo abandonado por sus dueños. Las viejas, en las noches de velada, referían una historia llena de maravillas acerca de sus fundadores. Contaban que hallándose el rey de Aragón en guerra con sus enemigos, agotados ya sus recursos, abandonado de sus parciales y próximo a perder el trono, se le presentó un día una pastorcita de aquella comarca, y después de revelarle la existencia de unos subterráneos por donde podía atravesar el Moncayo sin que lo advirtiesen sus enemigos, le dio un tesoro en perlas finas, riquísimas piedras preciosas y barras de oro y plata, con las cuales el rey pagó sus mesnadas, levantó un poderoso ejército, y marchando por debajo de la tierra durante toda una noche, cayó al otro día sobre sus contrarios y los desbarató, asegurando la corona en su cabeza. Después que hubo alcanzado tan señalada victoria, cuentan que dijo el rey a la pastorcita:<br />
-Pídeme lo que quieras, que, aun cuando fuese la mitad de mi reino, juro que te lo he de dar al instante.<br />
-Yo no quiero más que volverme a cuidar de mi rebaño -respondió la pastorcita.- No cuidarás sino de mis fronteras -replicó el rey, y le dio el señorío de toda la raya, y le mandó edificar una fortaleza en el pueblo más fronterizo a Castilla, adonde se trasladó la pastora, casada ya con uno de los favoritos del rey, noble, galán, valiente y señor asimismo de muchas fortalezas y muchos feudos.</p>
<p>La estupenda relación del tío Gregorio acerca de los gnomos del Moncayo, cuyo secreto estaba en la fuente del lugar, exaltó nuevamente las locas fantasías de las dos enamoradas hermanas, completando, por decirlo así, la ignorada historia del tesoro hallado por la pastorcita de la conseja: tesoro cuyo recuerdo había turbado más de una vez sus noches de insomnio y de amargura, presentándose a su imaginación como un débil rayo de esperanza.</p>
<p>La noche siguiente a la tarde del encuentro con el tío Gregorio, todas las muchachas del lugar hicieron conversación en sus casas de la estupenda historia que los había referido. Marta y Magdalena guardaron un profundo silencio; y ni en aquella noche, ni en todo el día que amaneció después, volvieron a cambiar una sola palabra relativa al asunto, tema de todas las conversaciones y objeto de los comentarios de sus vecinas.</p>
<p>Cuando llegó la hora de costumbre, Magdalena tomó su cántaro y le dijo a su hermana: -¿Vamos a la fuente? -Marta no contestó, y Magdalena volvió a decirle: -¿Vamos a la fuente? Mira que si no nos apresuramos se pondrá el sol antes de la vuelta. -Marta exclamó al fin con un acento breve y áspero: -Yo no quiero ir hoy. -Ni yo tampoco -añadió Magdalena después de un instante de silencio, durante el cual mantuvo los ojos clavados en los de su hermana, como si quisiera adivinar en ellos la causa da su resolución.</p>
<p>III.<br />
Las muchachas del lugar hacía cerca de una hora que estaban de vuelta en sus casas. La última luz del crepúsculo se había apagado en el horizonte, y la noche comenzaba a cerrar de cada vez más oscura, cuando Marta y Magdalena, esquivándose mutuamente y cada cual por diverso camino, salieron del pueblo con dirección a la fuente misteriosa. La fuente brotaba escondida entre unos riscos cubiertos de musgo en el fondo de una larga alameda. Después que se fueron apagando poco a poco los rumores del día y ya no se escuchaba el lejano eco de la voz de los labradores que vuelven caballeros en sus yuntas cantando al compás del timón del arado que arrastran por la tierra; después que se dejó de percibir el monótono ruido de las esquilillas del ganado, y las voces de los pastores, y el ladrido de los perros que reúnen las reses, y sonó en la torre del lugar la postrera campanada del toque de oraciones, reinó ese doble y augusto silencio de la noche y la soledad; silencio lleno de murmullos extraños y leves que lo hacen aún más perceptibles.</p>
<p>Marta y Magdalena deslizaron por entre el laberinto de los árboles, y, protegidas por la oscuridad, llegaron sin verse al fin de la alameda. Marta no conocía el temor, y sus pasos eran firmes y seguros. Magdalena temblaba con sólo el ruido que producían sus pies al hollar las hojas secas que tapizaban el suelo. Cuando las dos hermanas estuvieron junto a la fuente, el viento de la noche comenzó a agitar las copas de los álamos, y al murmullo de sus soplos desiguales parecía responder el agua del manantial con un rumor compasado y uniforme.</p>
<p>Marta y Magdalena se prestaron atención a aquellos ruidos que pasaban bajo sus pies como un susurro constante, y sobre sus cabezas como un lamento que nacía y se apagaba para tornar y crecer y dilatarse por la espesura. A medida que transcurrían las horas, aquel sonar eterno del aire y del agua empezó a producirse una extraña exaltación, una especie de vértigo, que, turbando la vista y zumbando en el oído, parecía trastornarlas por completo. Entonces, a la manera que se oye hablar entre sueños con un eco lejano y confuso, les pareció percibir entre aquellos rumores sin nombre sonidos inarticulados como los de un niño que quiere y no puede llamar a su madre; luego palabras que se repetían una vez y otra, siempre lo mismo; después frases inconexas y dislocadas sin orden ni sentido, y por último&#8230; por último comenzaron a hablar el viento vagando entre los árboles y el agua saltando de risco en risco.<br />
Y hablaban así:</p>
<p>EL AGUA.- ¡Mujer!&#8230;, ¡mujer!&#8230;, óyeme&#8230;, óyeme y acércate para oírme, que yo besaré tus pies mientras tiemblo al copiar tu imagen en el foqdo sombrío de mis ondas ¡Mujer!&#8230;, óyeme, que mis murmullos son palabras.<br />
EL VIENTO.- ¡Niña!&#8230; niña gentil, levanta tu cabeza, déjame en paz besar tu frente, en tanto que agito tus cabellos. Niña gentil, escúchame, que yo sé hablar también y murmuraré al oído frases cariñosas.<br />
MARTA.- ¡Oh! ¡Habla, habla que yo te comprenderé porque mi inteligencia flota en un vértigo, como flotan tus palabras indecisas!<br />
Habla misteriosa corriente.<br />
MAGDALENA.- Tengo miedo. ¡Aire de la noche, aire de perfumes, refrescan mi frente que arde! Dime algo que me infunda valor porque mi espíritu vacila.<br />
EL AGUA.- Yo he cruzado el tenebroso seno de la tierra, he sorprendido el secreto de su maravillosa fecundidad, y conozco los fenómenos de sus entrañas, donde germinan las futuras creaciones.<br />
Mi rumor adormece y despierta: despierta tú, que lo comprendes.<br />
EL VIENTO.- Yo soy el aire que mueven los ángeles con sus alas inmensas al cruzar el espacio. Yo amontono en el Occidente las nubes que ofrecen al sol un lecho de púrpura, y traigo al amanecer, con las neblinas que se deshacen en gotas, una lluvia de perlas sobre las flores, mis suspiros son un bálsamo: ábreme tu corazón y le inundaré de felicidad.<br />
MARTA.- Cuando yo oí por primera vez el murmullo de una corriente subterránea, no en balde me inclinaba a la tierra prestándole oído. Con ella iba un misterio que yo debía comprender al cabo.<br />
MAGDALENA.- Suspiros del viento, yo os conozco: vosotros me acariciabais dormida cuando, fatigada por el llanto, me rendía al sueño en mi niñez, y vuestro rumor se me figuraban las palabras de una madre que arrulla a su hija.<br />
El agua enmudeció por algunos instantes, y no sonaba sino como agua que se rompe entre peñas. El viento calló también, y su ruido no fue otra cosa que ruido de hojas movidas. Así pasó algún tiempo, y después volvieron a hablar, y hablaron así:<br />
EL AGUA.- Después de filtrarme gota a gota a través del filón de oro de una mina inagotable; después de correr por un lecho de plata y saltar como sobre guijarros entre un sin número de zafiros y amatistas, arrastrando en vez de arenas diamantes y rubíes, me he unido en misterioso consorcio a un genio. Rica con su poder y con las ocultas virtudes de las piedras preciosas y los metales, de cuyos átomos vengo saturada, puedo ofrecerte cuanto ambicionas. Yo tengo la fuerza de un conjuro, el poder de un talismán y la virtud de las siete piedras y los siete colores.<br />
EL VIENTO.- Yo vengo de vagar por la llanura, y, como la abeja que vuelve a la colmena con su botín de perfumadas mieles, traigo suspiros de mujer, plegarias de niños, palabras de casto amor y aromas de nardos y azucenas silvestres. Yo no he recogido a mi paso más que perfumes y ecos de armonías; mis tesoros son inmateriales, pero ellos dan la paz del alma y la vaga felicidad de sueños venturosos.</p>
<p>Mientras su hermana, atraída como por un encanto, se inclinaba al borde de la fuente para oír mejor, Magdalena se iba instintivamente separando de los riscos entre los cuales brotaba el manantial.<br />
Ambas tenían sus ojos fijos, la una en el fondo de las aguas, la otra en el fondo del cielo.<br />
Y exclamaba Magdalena mirando brillar los luceros en la altura: -Esos son los nimbos de luz de los ángeles invisibles que nos custodian.<br />
En tanto decía Marta, viendo temblar en la linfa de la fuente el reflejo de las estrellas: -Esas son las partículas de oro que arrastra el agua en su misterioso curso.<br />
El manantial y el viento, que por segunda vez habían enmudecido un instante, tornaron a hablar; y dijeron:</p>
<p>EL AGUA.- Remonta mi corriente, desnúdate del temor como de una vestidura grosera, y osa traspasar los umbrales de lo desconocido. Yo he adivinado que tu espíritu es de la esencia de los espíritus superiores. La envidia te habrá arrojado tal vez del cielo para revolcarte en el lodo de la miseria. Yo veo, sin embargo, en tu frente sombría un sello de altivez que te hace digna de nosotros, espíritus fuertes y libres&#8230; Ven, yo te voy a enseñar palabras mágicas de tal virtud, que al pronunciarlas se abrirán las rosas y te brindarán con los diamantes que están en su seno, como las perlas en las conchas que sacan del fondo del mar los pescadores. Ven, te daré tesoros para que vivas feliz; y más tarde, cuando se quiebre la cárcel que te aprisiona, tu espíritu se asimilará a los nuestros, que son espíritus humanos, y todos confundidos seremos la fuerza motora, el rayo vital de la creación, que circula como un fluido por sus arterias subterráneas.<br />
EL VIENTO.- El agua lame la tierra y vive en el cieno: yo discurro por las regiones etéreas y vuelo en el espacio sin límites. Sigue los movimientos de tu corazón, deja que tu alma suba como la llama y las azules espirales del humo. ¡Desdichado el que, teniendo alas, desciende a las profundidades para buscar el oro, pudiendo remontarse a la altura para encontrar amor y sentimiento!<br />
Vive oscura como la violeta, que yo te traeré en un beso fecundo el germen vivificante de otra flor hermana tuya, y rasgaré las nieblas para que no falte un rayo de sol que ilumine tu alegría. Vive oscura, vive ignorada, que cuando tu espíritu se desate, yo lo subiré a las regiones de la luz en una nube roja.</p>
<p>Callaron el viento y el agua, y apareció el gnomo.<br />
El gnomo era, como un hombrecillo transparente: una especie de enano de luz, semejante a un fuego fatuo, que se reía a carcajadas, sin ruido, y saltaba de peña en peña, y mareaba con su vertiginosa movilidad. Unas veces se sumergía en el agua y continuaba brillando en el fondo como una joya de mil colores; otras salía a la superficie y agitaba los pies y las manos, y sacudía la cabeza a un lado y a otro con una rapidez que tocaba en prodigio.</p>
<p>Marta vio al gnomo y le estuvo siguiendo con la vista extraviada en todas sus extravagantes evoluciones; y cuando el diabólico espíritu se lanzó al fin por entre las escabrosidades del Moncayo, como una llama que corre, agitando su cabellera de chispas, sintió una especie de atracción irresistible y siguió tras él con una carrera frenética.</p>
<p>-¡Magdalena! -decía en tanto el aire que se alejaba lentamente; y Magdalena, paso a paso y como una sonámbula, guiada en el sueño por una voz amiga, siguió tras la ráfaga, que iba suspirando por la llanura.<br />
Después todo quedó otra vez en silencio en la oscura alameda, y el viento y el agua siguieron resonando con los murmullos y los rumores de siempre.</p>
<p>IV.<br />
Magdalena tornó al lugar pálida y llena de asombro. A Marta la esperaron en vano toda la noche.<br />
Cuando llegó la tarde del otro día, las muchachas encontraron un cántaro roto al borde de la fuente de la alameda. Era el cántaro de Marta, de la cual nunca volvió a saberse. Desde entonces las muchachas del lugar van por agua tan temprano, que madrugan con el Sol. Algunas me han asegurado que de noche se ha oído en más de una ocasión el llanto de Marta, cuyo espíritu vive aprisionado en la fuente. Yo no sé qué crédito dar a esta última parte de la historia, porque la verdad es que desde entonces ninguno se ha atrevido a penetrar para oírlo en la alameda después del toque del Ave-María.</p>
<p><strong>Gustavo Adolfo Becquer</strong></p>

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		<title>Ratas</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Feb 2009 04:03:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[-Si tu caminaste a través del dormitorio, has visto las andrajosas y húmedas colchas revueltas como el mar.
-¿Revueltas? ¿Por qué? &#8211; dijo.
-¿Por qué? Por las ratas que hay debajo.
¿Por las ratas? pregunté, porque en otro caso no fue así. No puedo fechar a esta historia, pero yo era joven cuando la oí, y el narrador [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_1461" class="wp-caption alignright" style="width: 278px"><img class="size-full wp-image-1461" title="rata" src="http://www.elrincondekyra.es/wp-content/uploads/2009/02/rata.jpg" alt="rata" width="268" height="316" /><p class="wp-caption-text">Ratas</p></div>
<p style="text-align: justify;">-Si tu caminaste a través del dormitorio, has visto las andrajosas y húmedas colchas revueltas como el mar.<br />
-¿Revueltas? ¿Por qué? &#8211; dijo.<br />
-¿Por qué? Por las ratas que hay debajo.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Por las ratas? pregunté, porque en otro caso no fue así. No puedo fechar a esta historia, pero yo era joven cuando la oí, y el narrador era anciano. Es un extraño relato, pero por mi causa, no por él.<br />
Sucedió en Suffolk, cerca de la costa. Junto al camino zigzagueante había una casa. Una casa alta de ladrillo, un poco estrecha para su altura, quizás construida cerca de 1770. El frente tenía un pequeño frontispicio triangular con una ventana redonda en el centro. Detrás había habitaciones de servicio, cuartos, y jardines tales como los que habían delante. Unos abetos escoceses crecían cerca; la planicie se extendía más allá, presidiendo la vista del mar lejano. Un cartel pendía de la puerta, que instaba a pensar que se trataba de una posada de buena reputación.</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-1460"></span></p>
<p style="text-align: justify;">En esta posada comienza mi relato, el Sr. Thomson, cuando era joven, viniendo desde la Universidad de Cambridge, y deseoso de tener un poco de soledad en un cuarto tolerable y algún tiempo para leer. Tales cosas obtuvo, ya que el casero y su esposa realizaban un buen servicio y no había nadie más en la posada. Él tenía una gran habitación en el primer piso que daba al camino que llevaba hacia el este.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasó muchos días tranquilo y sin novedades: trabajando toda la mañana y realizando inspecciones por la tarde, alguna pequeña charla con vecinos del pueblo y por la noche con los demás huéspedes, tras un trago de brandy y agua, un poco más de lectura y escritura y a la cama; y se podía dar por satisfecho si esto continuaba por el resto del mes que se había tomado para realizar su trabajo, tan bien como fuera progresando el mes de Abril de ese año &#8211; al respecto tengo razones para creer que fue justamente ese mismo el que las crónicas meteorológicas de Orlando Whistlecraft refieren como &#8220;Encantador Año&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Una de sus caminatas lo llevó al norte, por el camino, que atraviesa una amplia zona de matorrales. En la brillante tarde su vista tornó hacia un objeto blanco, varias de yardas hacia la izquierda del camino, y sintió que era necesario realizar una comprobación. Pronto se encontró frente a un bloque cuadrado de piedra blanca sobre lo que parecía ser la base de un pilar, con un hueco en la parte superior. Justamente tales cosas se pueden ver hoy en día en Thetford Heath. Luego de contar las que se podían ver contemplando un par de minutos el panorama, se le ofrecieron a la vista un par de iglesias, algunos tejados de casas de campo y el mar extenso, también con ocasionales destellos, prosiguió su camino.<br />
En la charla casual de esa noche, en el bar, él preguntó acerca de la piedra blanca.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es algo viejo, es lo que es. -dijo el Sr. Betts, el casero- Ninguno de nosotros vivía cuando fue puesta ahí.<br />
-Es verdad -dijo un parroquiano.<br />
-Se levanta muy alto, -dijo la Sra. Thompson- me atrevo a decir que es una especie de señal para los barcos de hace tiempo.<br />
-¡Ah, si! -agregó el Sr. Betts- escuché que se puede ver desde el mar; pero cualquier cosa que sea, está ahí desde hace mucho.<br />
-Santo Job -dijo un tercero- los viejos solían decir que no traía buena suerte para los pescadores.<br />
-¿Por qué no? -pregunto Thomson.<br />
-Nunca lo supe, pero ellos tenían algunas ideas ridículas, o mejor dicho, peculiares.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue imposible de obtener nada más preciso que eso. Permanecieron en silencio, y cuando alguien volvió a hablar fue sobre otros temas. El Sr. Betts fue quien habló.<br />
No todos los días Thomson solía caminar por el condado. Una tarde muy especial se encontraba escribiendo a eso de las tres en punto. Se estiró y se levantó, salió de su habitación al pasillo. En frente a sí había otro cuarto, luego una escalera y dos cuartos más, uno que daba a la parte posterior de la casa, y el otro miraba hacia el sur. Hacia el sur del pasillo había una ventana, se acercó, considerándose a sí mismo como avergonzado de desperdiciar así tan estupenda tarde. A pesar de que el trabajo era más importante en ese momento, decidió tomarse cinco minutos para (los Betts no tendrían objeciones) en mirar las otras habitaciones en el pasillo, que él jamás había visto. Nadie las habitaba, probablemente, siendo un día de mercado, estaban todos fuera, excepto quizás la camarera del bar. La casa estaba muy quieta, algunas moscas zumbaban en los vidrios de las ventanas. Así que incursionó en aquellos cuartos. El que estaba frente al suyo era corriente y , a excepción de una vieja estampa del Cementerio de St. Edmunds; los dos siguientes al suyo eran más alegres y limpios, con una ventana por unidad (en tanto que su cuarto tenía dos). Quedaba el cuarto del lado suroeste, opuesto al último que había entrado. Estaba cerrado; pero Thomson tenía un talante de gran curiosidad, y creyó que no habría ningún secreto dañino en un lugar tan cercano, así que tomó la llave de su propio cuarto, y luego de golpear sin obtener respuesta, se introdujo de nuevo en las demás habitaciones, recolectando todas las llaves. Una de ellas era la adecuada y la puerta se abrió. La habitación tenía dos ventanas mirando al sur y al oeste, dado que el día estaba muy soleado, el ambiente estaba tan caluroso como afuera. No había alfombra, el piso era de madera, no había cuadros, no había más que una cama en la esquina más lejana, una cama de metal con travesaños y un colchón, cubierto con un cobertor de color azul. Esta habitación, sin más rasgos destacables, hubo algo extraño que hizo que Thomson cerrara rápidamente la puerta y se quedase silenciosamente reclinado contra la repisa de la ventana, en el pasillo, estremecido por completo. Fue que había algo bajo el cobertor, algo que yacía en la cama, y no solo yacía, sino que se revolvía. Fue alguien, y no algo, ya que la forma de una cabeza había sido inconfundible sobre la almohada; y habiendo sido una persona, teniendo la cabeza cubierta, no podía ser más que un muerto; pero esto no estaba muerto, no verdaderamente muerto, ya que se movía y temblaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Si lo hubiese visto al atardecer o iluminado por la luz de una fluctuante bujía, Thomson pudo haberse reconfortado, pensando en una ilusión de su mente. En esta brillante tarde era imposible. ¿Qué hizo? Primero, cerró la puerta como sea. Muy cautelosamente se acercó e intentó escuchar, reteniendo su aliento; quizás podría oír alguna pesada respiración, y una prosaica explicación. Hubo absoluto silencio. Pero a medida que, con mano temblorosa, ponía la llave en la cerradura y la giraba, rechinando, se escuchó algo como una pisada o un tropezón, desde dentro de la habitación. Thompson regresó saltando como un conejo a su habitación y la cerró con llave; algo fútil, lo sabía, ya que ¿podrían ser obstáculo las puertas o las cerraduras para lo que él sospechaba? Pero eso fue todo lo que pudo pensar en el momento, y de hecho nada ocurrió; únicamente un tiempo de agudo suspenso, seguido por una miserable cantidad de dudas. Su impulso, por supuesto, fue el de salir lo antes posible de una casa que tuviera tal inquilino. Pero lamentablemente el día antes él había contestado que pensaba permanecer en la casa al menos por una semana más, y ¿cómo explicar su cambio de planes sin explicar los motivos y porque había estado curioseando en lugares que no debía? Además, si los Betts sabían acerca del ocupante del cuarto, y aún no habían dejado la casa, o si no sabían nada en absoluto, lo que igualmente implicaba que no había nada que temer, o sabían lo necesario como para recluirlo en aquel cuarto sin tener ningún cargo de consciencia, no había razones para tener miedo; ciertamente hasta donde había visto, no había sido ninguna experiencia macabra.</p>
<p style="text-align: justify;">Él se quedó en la casa una semana más. Nada lo llevó a cruzar la puerta, y las veces que hubo pausado su trabajo en las tranquilas horas del día o de la noche, y se acercó a la puerta a escuchar, nada pudo oírse. Usted podrá pensar que Thomson intentó obtener alguna historia conectadas con la posada (difícilmente de Betts, pero no del párroco o de los viejos vecinos de la villa) pero no vio la típica reticencia en la que el común de la gente cae cuando tiene que narrar sus experiencias extrañas, y al final del día, su aspiración a tener una explicación lógica era más y más difícil. En su solitarias caminatas persistía en planear de alguna manera de echar un nuevo vistazo diurno en el cuarto, y eventualmente arribar a la resolución del misterio. Tendría que abordar el tren de la tarde, cerca de las cuatro de la tarde. Cuando estuviera esperando abajo, con su equipaje listo, haría una última expedición arriba, a su cuarto, en busca de algún implemento que se hubiera olvidado. Una vez arriba, con la llave, abriría una vez más la puerta, solo por un momento. Así que se puso a trabajar. Había pagado su cuenta, y la pequeña charla de despedida se realizó mientras su transporte era cargado con el equipaje:</p>
<p style="text-align: justify;">-He sido atendido muy bien, muchas gracias Sr. y Sra. Betts.<br />
-Espero vuelva alguna vez -se escuchó por un lado.<br />
-Hemos estado muy felices de poder atenderlo, lo hicimos lo mejor que pudimos, señor. -se escuchó por el otro.<br />
-Le agradecemos sus buenas palabras, pero nos hemos visto favorecidos mucho por el buen tiempo.<br />
-Echaré un vistazo arriba, para ver si no me olvido ningún libro o algo fuera. Volveré en un minuto -dijo Thomson.</p>
<p style="text-align: justify;">Y tan silenciosamente como le fue posible tomó la llave y abrió la puerta. ¡Su ilusión se hizo pedazos! Tendido, o sentado, al borde de la cama, había ¡un espantapájaros! Un espantapájaros del jardín, por supuesto, tirado en la habitación vacía&#8230; Claro; pero aquí terminó la diversión. ¿Tienen los espantapájaros pies huesudos? ¿Se repantigan sus cabezas sobre los hombros? ¿Tienen cadenas de metal alrededor de sus cuellos? ¿Pueden levantarse y moverse por el piso, agitando la cabeza y brazos? ¿Pueden temblequear?</p>
<p style="text-align: justify;">El portazo, el brusco salto hacia la escalera y el brinco de los últimos escalones fueron seguidos por su desfallecimiento. Al despertar, Thomson vio a Betts parado con la botella de brandy y una cara de reprobación.</p>
<p style="text-align: justify;">-Usted no debió hacer eso, señor, realmente no debió. No es una manera de agradecer a las personas que lo atienden tan bien y que hacen lo mejor por usted.</p>
<p style="text-align: justify;">Thomson escuchó palabras de ese tipo, pero no supo qué replicar. Al Sr. Betts, y más aún, a la Sra. Betts, le resultaban difícil de aceptar todo tipo de disculpas o de promesas de que no diría palabra alguna que pudiera dañar el buen nombre de la casa. Pero finalmente estas fueron aceptadas. Dado que el tren ya se había ido y que no podría alcanzarlo, Thomson arregló para ser conducido a la ciudad, donde pasaría la noche. Antes de marcharse los Betts le revelaron lo poco que sabían.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ellos dijeron que había sido un dueño de la casa, mucho tiempo atrás, y se topó con unos salteadores de caminos que estaba rondando cerca de los matorrales. Así fue como llegó a su fin; fue colgado con una cadena, según dijeron, desde donde usted ve esa piedra que tiene el gallo encima. Sí, los pescadores se ahuyentaron con esto, yo creo que porque lo veían desde el mar y no tenían suerte en la pesca, según su creencia. Sí, nosotros escuchamos los relatos de la gente que tuvo la casa antes de nuestra llegada. Guarde esa habitación bajo llave, nos dijeron, no vayan a mover de su lugar la cama, y no tendrán ningún problema. Nada ha pasado; ni una sola vez él salió del cuarto, a pesar que pudo haberlo hecho ahora. De cualquier manera, usted es el primero que sabemos que lo vio desde que vivimos aquí; nunca lo vi, ni tampoco quiero. Y desde el momento que hicimos las habitaciones de los criados en la parte de atrás, no tuvimos problemas con él. Solamente espero, señor, que usted será discreto, considerando como la gente habla de las casas.</p>
<p style="text-align: justify;">La promesa de silencio fue guardada por muchos años. La ocasión en la que me fue referida al final fue así: cuando el Sr. Thomson vino a quedarse con mi padre, me tocó mostrarle su cuarto, y en lugar de dejarme abrir la puerta para que él pudiera entrar, él se adelantó y la abrió por si mismo, quedándose parado por un instante en la entrada, teniendo alta su lámpara y mirando rápidamente en su interior. Solo entonces pareció darse cuenta de su acto y dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">- Le pido perdón. He actuado de manera muy absurda, pero no puedo evitarlo por una razón muy particular.</p>
<p style="text-align: justify;">Cual fuera esta razón, me lo contó algunos días después, y usted lo ha escuchado ahora.</p>
<p style="text-align: justify;">M.R. James</p>

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