
Ratas
-Si tu caminaste a través del dormitorio, has visto las andrajosas y húmedas colchas revueltas como el mar.
-¿Revueltas? ¿Por qué? – dijo.
-¿Por qué? Por las ratas que hay debajo.
¿Por las ratas? pregunté, porque en otro caso no fue así. No puedo fechar a esta historia, pero yo era joven cuando la oí, y el narrador era anciano. Es un extraño relato, pero por mi causa, no por él.
Sucedió en Suffolk, cerca de la costa. Junto al camino zigzagueante había una casa. Una casa alta de ladrillo, un poco estrecha para su altura, quizás construida cerca de 1770. El frente tenía un pequeño frontispicio triangular con una ventana redonda en el centro. Detrás había habitaciones de servicio, cuartos, y jardines tales como los que habían delante. Unos abetos escoceses crecían cerca; la planicie se extendía más allá, presidiendo la vista del mar lejano. Un cartel pendía de la puerta, que instaba a pensar que se trataba de una posada de buena reputación.

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