Archivo para el ‘Relatos’ Category

Cuando anochece en el parque

Escrito el Martes, 5 de Enero del 2010
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JohnTucker_blackmoonrising

Cuando anochece en el parque

Era la hora tardía y la noche clara. Me había detenido no lejos del Sheep’s Bridge, meditando sobre la quietud que tan sólo rompía el murmullo de la presa, cuando sonó encima de mí un aullido trémulo y prolongado que me produjo un sobresalto. Siempre resulta molesto recibir un susto, pero yo siento una gran simpatía por los búhos. Y éste, evidentemente, estaba muy cerca; miré a mi alrededor. Allí estaba, gordo como una pelota, posado sobre una rama, a unos doce pies de altura. Le apunté con mi bastón y le dije:

—Conque has sido tú.
—Baje eso —dijo el búho—. Ya sé que no es más que un bastón, pero no me gusta. Sí, por supuesto, he sido yo. ¿Quién iba a ser, si no?

Figuraos mis exclamaciones de asombro. Bajé el bastón.

—Bueno —dijo el búho—, ¿qué pasa? Si se le ocurre a usted venir aquí en una noche veraniega como ésta, ¿qué espera?
—Pues perdona —dije—, debí haberlo tenido en cuenta. Y permíteme decirte que considero una suerte haberme encontrado contigo esta noche. ¿Te importaría que charláramos un poco?
—Bueno —dijo el búho con desdén—; no tengo nada especial que hacer esta noche. Ya he cenado, y si no prolonga usted demasiado la conversación…, ¡aahhh!
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Carolina

Escrito el Martes, 22 de Diciembre del 2009
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Carolina

Una joven de dieciocho años, llamada Carolina, inspiró la más violenta pasión a un hombre de edad madura, y como a los cincuenta uno es, según se dice, más enamoradizo que a los veinte -aunque con muchos menos medios para complacer-, el herrumbroso pretendiente asediaba sin cesar a Carolina, que estaba lejos de corresponder a sus sentimientos. Pero esta muchacha cometió el más imperdonable de los errores: ponerle en ridículo y atormentarle, cuando debería haberse contentado con alejarse de él con frialdad y decencia. Al cabo de tres años de perseverancia por una parte y de malos tratos por la otra, el infortunado amante sucumbió a una enfermedad de la que aquel funesto amor fue en gran parte el origen.

Sintiendo cercano su fin, solicitó, como último deseo, que Carolina se dignase al menos ir a recibir su eterno adiós. La joven rechazó tajantemente este ruego. Una de sus amigas, que estaba presente, le dijo amablemente que haría bien en conceder este triste consuelo a un infeliz que moría por y para ella. Sus consejos fueron inútiles. Vinieron por segunda vez a hacerle el mismo ruego, añadiendo que el enfermo solicitaba ver a Carolina más por el interés de ella que por el suyo propio. Pero este segundo mensaje no corrió mejor suerte que el primero.
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El Ahorcamiento de Alfred Wadham

Escrito el Lunes, 21 de Diciembre del 2009
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El Ahorcamiento de Alfred Wadham

El Ahorcamiento de Alfred Wadham

Le estuve comentando al padre Denys Hanbuky sobre un la gran sesión de espiritismo a la que había asistido. La médium, en trance, había dicho cosas desconocidas para todos salvo para mí y un amigo mío que había muerto recientemente, y que según la médium, estaba presente. Naturalmente, desde el punto de vista científico, el único desde el que deberíamos abordar esos fenómenos, esa información no era una prueba de que el espíritu estuviera en contacto con ella, pues aquello ya lo conocía yo, y mediante algún proceso telepático pudo ser comunicado a la médium a través de mi cerebro, y no mediante la intervención del muerto.
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Al final del callejon

Escrito el Viernes, 6 de Noviembre del 2009
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CALLEJON OSCURO

Al final del callejon

Cuatro hombres, cada uno con derecho «a la vida, a la libertad y a la conquista del bienestar», jugaban al whist sentados a una mesa. El termómetro señalaba –para ellos– ciento un grados de temperatura. La habitación estaba tan oscurecida que apenas era posible distinguir los puntos de las cartas y las pálidas caras de los jugadores. Un punkah viejo, roto, de calicó blanco, removía el aire caliente y chirriaba, lúgubre, a cada movimiento.

Fuera reinaba la lobreguez de un día londinense de noviembre. No había cielo ni sol ni horizonte: nada que no fuese una calina marrón y púrpura. Era como si la tierra se estuviese muriendo de apoplejía. De vez en cuando, del suelo se alzaban nubes de polvo rojizo, sin viento ni advertencia, que, como si fueran manteles, se lanzaban sobre las copas de los árboles resecos para bajar después. Entonces un polvo demoníaco y arremolinado se precipitaba por la llanura a lo largo de un par de millas, se quebraba y caía, aún cuando nada había que le impidiese volar, excepto una larga hilera de traviesas de ferrocarril blanqueadas por el polvo, un racimo de cabañas de adobe, raíles condenados y lonas, y un único bunalow bajo, de cuatro habitaciones, que pertenecía al ingeniero ayudante a cargo de la sección de la línea del estado de Gaudhari, por entonces en construcción. Los cuatro, desnudos bajo sus pijamas ligerísimos, jugaban al whist con mal talante, discutiendo acerca de quién era mano y quién devolvía. No era un whist óptimo, pero se habían tomado cierto trabajo para llegar hasta allí. Mottram, del Servicio Indio de Topografía, desde la noche anterior, había cabalgado treinta millas y recorrido en tren otras cien más desde su puesto solitario en el desierto; Lowndes, del Servicio Civil, que llevaba a cabo una tarea especial en el departamento político, había logrado escapar por un instante de las intrigas miserables de un estado nativo empobrecido, cuyo soberano ya adulaba, ya vociferaba para obtener más dinero que el aportado por los lamentables tributos de labriegos exprimidos y criadores de camellos desesperados; Spurtstow, el médico del ferrocarril, había dejado que un campamento de culis azotado por el cólera se cuidara por sí mismo durante cuarenta y ocho horas mientras él, una vez más, se unía a los blancos. Hummil, el ingeniero ayudante, era el anfitrión. No se arredraba y recibía a su amigos cada sábado, si podía acudir.
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Esta mano viviente

Escrito el Jueves, 29 de Octubre del 2009
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mano en baja

Esta mano viviente

Esta mano viviente, ahora tibia y capaz
De agarrar firmemente, si estuviera fría
Y en el silencio helado de la tumba,
De tal modo hechizaría tus días y congelaría tus sueños
Que desearías tu propio corazón secar de sangre
Para que en mis venas roja vida corriera otra vez,
Y tú aquietar tu consciencia —la ves, aquí esta—
La sostengo frente a ti.

John Keats

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Deja a los muertos en paz

Escrito el Martes, 29 de Septiembre del 2009
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cementerio58

Deja a los muertos en paz

Walter suspiraba dolorosamente por el fallecimiento de su amada esposa Brunilda. Era medianoche y estaba junto a su tumba, en la hora en que el espíritu que brama en las tempestades lanza sus malditas legiones de monstruos. Se lamenta todas las noches junto a la cripta, balo los árboles helados, reclinando la cabeza sobre la lápida de su esposa.

Walter era un poderoso caballero de Burgundia. Se había casado con Brunilda en su juventud, cuando los dos se amaban con locura, pero la muerte se la arrebató de los brazos, y sufría todavía a pesar de que se casó otra vez con una bella mujer llamada Swanhilde, rubia, de ojos verdes y un tono rosado en las mejillas, que le había dado un varón y una niña y que era todo lo contrario de la esposa muerta.

Walter no hallaba reposo, seguía amando a Brunilda y deseaba con toda su alma tenerla junto a él. Constantemente comparaba a su esposa viva con la muerta. Swanhilde notaba el cambio en su esposo y se esmeraba por atenderlo; pero de nada servía, ya que la obsesión de Walter era tener a Brunilda otra vez, y esa idea fija, constante, se había apoderado de su alma. Todas las noches visitaba la tumba de su hermosa esposa y le preguntaba con tristeza:
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El hijo

Escrito el Jueves, 24 de Septiembre del 2009
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padre e hijo dos jjj

El hijo

Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza plenamente abierta, se siente satisfecha de sí. Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.

-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo; abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.
-Si, papá -responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.
-Vuelve a la hora de almorzar. -observa aún el padre.
-Sí, papá. -repite el chico.

Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte. Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño. Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil. No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.
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