Habrá estado esperando que la noche
cumpliera su sentencia contra el tiempo,
el terco maleficio que la habita
y que a solas padece
cada vez que en el sueño le despierta el temor
y, después, la vigilia se establece imponiendo
una extraña alianza de excepción y costumbre.
Habrá intentado acaso explicar el porqué
de aceptar sin ceder esa ciega amenaza
que le cerca y, no obstante, él espera implacable.
En la primera claridad tras la penumbra
que agota de la noche el cauce oscuro,
la realidad ordena en sus contornos
la tregua en que apagar otra conciencia.
Álvaro Valverde
¡Oh Sol! ¡noble gigante de hermosura,
y astro rey en un trono de volcanes!
¡Guerrero cuya nítida armadura
deslumbró en feroz lid a los Titanes!
Las águilas del Líbano altaneras,
cuando dorabas hoy la antigua Tiro,
te admiraron subiendo a las esferas,
yo que pierdo tu luz, también te admiro.
Su pupila tenaz osadamente
se fijó en tu cenit esplendoroso;
yo al morir en los mares de Occidente,
te saludo no mas, rey luminoso:
Faro inmortal del mundo a quien das vida,
eterno en juventud y en el encanto
sombra del Hacedor, piedra caída
de, la esmaltada fimbria de su manto!
De la muerte del día plañideras
le siguen al sepulcro largas sombras,
que borran la esmeralda en las praderas,
desatando sus tétricas alfombras.
Su tapiz vaporoso sin colores
enluta en fuente azul blancas espumas,
los pétalos de nácar en las flores,
y en las aves el iris de las plumas.
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Amor, no te culpo, pues mía ha sido la culpa, al no ser creado por la arcilla común
Escalé la mayor de las alturas, inalcanzable; ví el aire pleno, el día más grande.
Desde lo salvaje de mi desperdiciada pasión fui asaltado por una mejor, más clara canción.
Encendí una ligera luz de abnegada libertad, luché contra la envilecida cabeza de Hidra.
Han sido mis labios barridos hacia la música por tus besos, y han sangrado,
Y tu has caminado junto a los ángeles en aquella planicie verde y esmaltada.
He andado por el camino donde Dante contempló los soles brillando sobre siete círculos,
¡Ah! Tal vez observó a los cielos expandiéndose, como si se abriesen sobre Florencia.
Y las naciones poderosas que me han coronado, a mí, que sin corona yazgo sin nombre,
Y algún crepúsculo oriental me ha encontrado de rodillas sobre el umbral de la Fama.
Me he sentado en el círculo de mármol donde el viejo bardo es igual al joven,
Donde la pipa siempre gotea su miel, y las cuerdas de la lira siempre vibran.
Keats levantó los rizos de su himeneo desde el vino de las amapolas,
Con su boca de ambrosía besó mi frente, envolviendo el amor noble que hay en mí.
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La Rosa fue otorgada al hombre para esto:
Cuando la contemple en sus últimos años
Los besos del recuerdo surgirán del pasado,
Y del amor y la pena su llanto prolongado;
O siendo ciego deberá sentir el anhelo
De los viejos aromas que rondan su corazón,
Hasta que vea en el amplio lienzo de la memoria
Todas las rosas que conoció.
Quizás la tribulación guíe su dedo descuidado
Sobre el cristal frágil de la copa restante,
Entonces sentirá los labios muertos del infante
Sobre sus propios labios desgastados.
Tal vez sordo y enamorado de su estrella
Casi escuchará una fugaz alondra,
O el amor distante del ruiseñor
A través del oscuro rocío brillante.
El dolor perdido en caminos interminables,
Tumbas arcaicas en círculos y reflejos,
Su poderoso y vital aliento canta su suerte
Convocando las raíces del sombrío Tejo,
Atándolo a la vida, jamás a la muerte.
Isabella Valancy Crawford

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